Una
madre elegante
Por Joel García

Yordania disfruta tanto del cariño
de su pequeña hija como de sus glorias deportivas.
(Fotos: René
Pérez Massola)
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Es una de esas personas simples y tiernas.
Junto a ella, sin sentirlo, se fueron casi dos horas de conversación.
Alejada por minutos de un tapiz inmenso y hechicero, La Elegante
de nuestras gimnastas rítmicas descubrió el
regalo más preciado que le había hecho en el
Día de las Madres su pequeña niña de
año y medio de nacida, Abigaíl.
Desde 2003, Yordania Corrales
disfruta la primera medalla de oro que no conocía ―de
cientos que ha ganado en cu carrera deportiva―, aunque
muchos le habían contado cómo serían
estas “preseas de madre” después de su
retiro en la I
Olimpiada del Deporte Cubano.
Para la primera campeona centrocaribeña
de gimnasia rítmica ―esta disciplina se incluyó
en la cita de Maracaibo, Venezuela, 1998―, monarca panamericana
individual y por equipos ―Mar
del Plata 1995 y Winnipeg
1999―, y varias veces titular en eventos europeos,
el desafío de abrir este regalo es un sueño,
“el único sueño de paz que me faltaba”,
confiesa la atleta.
SJ: Abigaíl se acurruca en
brazo de su madre y parece dormida... ¿Qué pasó
con Yordania Corrales en el inicio del siglo XXI?
“Mi última
competencia oficial fue la Copa Yucatán, México,
en el 2000, donde gané cuatro oros. Al regresar decidí
retirarme por varios motivos: en el área panamericana
existían muchas figuras de nivel, lo cual haría
muy difícil revalidar el título obtenido en
Winnipeg; el cuatrienio competitivo hasta el 2004 era demasiado
fuerte para mi edad, y el más importante de todos:
quería tener mi hija.
“Vale más irse en la gloria
que en el ocaso y así lo colegiamos en el colectivo
de entrenadores, en especial mi preparadora Xiomara Ameller
y yo. Más tarde, el 21 de noviembre del 2003, nació
esta preciosa niña.
SJ: La pequeña abre los ojos
y sorprende con una risa inocente... ¿qué significó
Winnipeg ´99 en tu carrera deportiva?
“Una odisea,
y al mismo tiempo, lo más grande. Odisea, porque tuve
que competir en individuales y conjuntos y las norteamericanas
influyeron tanto en la mesa de calificación que me
pusieron de última competidora, por lo que solo tenía
cinco minutos para cambiarme entre un evento y otro. Quince
días antes monté la coreografía para
el conjunto, algo que no hacía desde 1991, pues a la
atleta que le correspondía no pudo asistir a última
hora. Sin embargo, fue grande por lo que logramos todas las
muchachas, por la severidad del arbitraje y porque el Comandante
en Jefe nos recibió y su frase no se me olvida jamás:
‘Esa pelotica me la tienes que regalar’. Se refería
a la pelota con la que competí allá.”
SJ: Un llanto corto avisa de sueño
y hambre... ¿Dónde quedan en la memoria tantos
años dedicados a un deporte tan bello, preciso y exigente?
“Vine de Matanzas
para La Habana siendo una niña, tenía solo ocho
años. Soy hija única y mi madre se sacrificó
tanto como yo en aquello tiempos. Imagínate que venía
todos los fines de semana a verme. A los 10 años pasé
al equipo nacional y a los 14 debuté en los Juegos
Panamericanos de La Habana 1991, donde ganamos el título
de conjunto; y
Lourdes Medina fue la reina en lo individual.
“Después las metas fueron duras,
porque tenía la responsabilidad de sustituirla a ella
como primera figura. En Mar del Plata 1995 nadie me conocía
y subestimaron lo que podía hacer Cuba allá
en la gimnasia rítmica. Gané tres oros y dos
platas y retuvimos el cetro continental. Luego vendrían
el Campeonato Mundial de Alemania 1997, en el que obtuve la
condición de atleta de clase mundial, y los Juegos
Centroamericanos y del Caribe de Maracaibo 1998, donde debutó
oficialmente este deporte.
“Quizás el momento más
amargo de esta época resultó la ausencia a los
Juegos
Olímpicos de Atlanta 1996 después de haber clasificado
en la cita continental. Cosas inexplicables en la distancia,
pero que dolieron muchísimo...”

Para Mario, el padre, Yordania es
mejor madre que atleta.
(Fotos: René
Pérez Massola)
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SJ: No muy contenta en su posición,
Abigail se reacomoda y mira asombrada a mamá... ¿Por
qué te decían La Elegante?¿Cómo
vivías un día de entrenamiento?
“Lo de La Elegante vino por varias
cosas. Mi estatura (1,73 m); por un premio que me dieron en
Europa que decía: A la más elegante
y expresiva, y porque cada vez que salía a
competir hacía algo inusual. Le daba toda la vuelta
al tapiz y después me presentaba ante los jueces para
comenzar la selección. Aquello se convirtió
en una costumbre.
“El entrenamiento era un placer para
mí. Todas mis preparadoras: Xiomara, Sonia Pedroso,
Carmen Valdés,Miriam Hernández y Juana Bravet
me inculcaron ese amor y entrega a la disciplina. Me entendía
muy bien con el aro, mi instrumento favorito, y nunca tuve
problemas de peso o de lesiones. Me hubiera gustado ser modelo,
bailarina o patinadora, pero me enamoré de la gimnasia
rítmica”.
SJ: Vuelve otra vez el llanto a
interrumpir las palabras, pero un beso en la frente basta...
¿La actualidad, la maternidad, el amor?
“Soy entrenadora del equipo nacional
y tengo grandes esperanzas de que Cuba vuelva a planos estelares
en este deporte a nivel panamericano. La puesta en marcha
de la nueva Escuela Nacional de Gimnasia contribuirá
sin duda, a los objetivos que nos hemos propuesto. A veces
siento nostalgia y me dan ganas de empezar…
“Ser madre es lo más grande
que puede pasarle a cualquier mujer. Por más que a
una se lo dicen, solo se vive con los hijos en los brazos.
Mis médicos del hospital González Coro y mi
familia me apoyaron mucho, y ahora solo espero que cumpla
tres años para buscar la pareja”.
La entrevista termina y no precisamente
por la niña, sino por el regalo de su esposo, el futbolista
Mario Rodríguez, quien sentencia que es mejor madre
que atleta. Un ramo de flores con otra postal, que resume
la respuesta a la última pregunta:
“Mamá, te queremos así
de grande”.
Y Cuba también.
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