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Un hombre de arraigada vocación poética

Por Matilde Salas Servando

El poeta Manuel Navarro Luna.
(Foto: Archivo)

El poeta Manuel Navarro Luna es de esos hombres que se recuerdan una y otra vez a lo largo de todo el año, y para hacerlo no hay que esperar a que se acerque la fecha de su natalicio o el aniversario de ese día en que, con su deceso, comenzó el reposo de su pluma.

Navarro Luna está presente entre quienes disfrutan de sus creaciones, con sus poemas de corte social, en los que cantó por igual a “la sangre joven que moría” en el Moncada, o al joven Pablo de la Torriente Brau, quien luchaba “en las trincheras de la muerte y de las lágrimas”.

El poeta matancero supo retratar con su límpido verso a Camilo Cienfuegos, el heroico Comandante de “voz limpia y alta de metal afilado y también destacó las hazañas del General Antonio Maceo, aquel que con valentía sin igual realizó de un extremo a otro del país, “el largo y cruento batallar sin reposo”.

Aunque nació en el municipio matancero de Jovellanos, el 29 de agosto de 1894, Manuel Navarro Luna sólo tenía cuatro años cuando su madre, doña Martina, lo llevó junto a sus tres hermanos para la ciudad de Manzanillo, en la zona oriental del país.

Su padre fue un oficial español a quien hacía poco las fuerzas reaccionarias hispanas habían asesinado por su decisión de unirse a quienes luchaban a favor de la libertad de Cuba.

Por haber quedado huérfano a tan temprana edad, Manuel sufrió una vida de privaciones que lo llevó a interrumpir sus estudios para ayudar al sostén del hogar, pero su fuerte vocación era la poesía y ya a los 21 años publicó por primera vez sus versos en Manzanillo, el lugar que lo acogió con calor y que él sentía como propio.

Luego de colaborar en las revistas Penacho, Céfiro y Orto, publicó sus primeros libros: “Ritmos Dolientes” (1919); “Corazón Adentro” (1922) y “Refugio” (1927), por lo que puede decirse, sin lugar a dudas, que su obra tuvo un profundo contenido social, que los críticos han llamado intimista y provinciana, con un fuerte acento modernista, que se rompió con la aparición de “Surco” en 1928

 

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