No por gusto me he extendido en citar a Alda, porque la lectura de sus criterios, reconocidos no solo en América Latina, sino en el contexto de las Naciones Unidas, ofrece una perspectiva de la importancia que tiene la serie Rompiendo el silencio. Se adentra en esta problemática latente en todos los países, sean del Primer Mundo o estén en la comunidad primitiva (que aún hay tribus en tal nivel de desarrollo). Y es que, como apunta Alda, vivimos en una sociedad patriarcal, incluso en Cuba, donde ha existido una revolución en las mujeres.
Uno de los aciertos de la propuesta televisiva es su canción tema (Amaury Ramirez Malberti y Telmari Diaz), porque sitúa al televidente en lo que verá en cada capítulo, concebido de forma independiente.
Lucía y Rolando Chiong se encargan del guion, mientras este último junto a Legna Pérez, asume la dirección. Tiene un buen y variado elenco tanto generacional como racial, que muestra el mosaico que es Cuba.
Pero ¿por qué tantos tipos de violencia en un solo programa, por ejemplo, cuando un hombre vivía y oprimía a dos mujeres a la vez, y también usó violencia contra la hija de una de ellas?¿Por qué dejar inconclusa la relación de las dos amigas? Esto sucedió en el primer capítulo, mientras en el segundo había un tío violador además de un padre violento con su hija invidente (circunstancialmente) y su mujer. En el tercero sólo hubo un tipo de violencia, el del músico que no acepta a su mujer en múltiples quehaceres con los que se realiza.
La solución en los tres —es decir, que las violentadas dejaran de serlo— no fue creíble, no existieron los parlamentos o imágenes precisas. Y además, ¿acaso siempre las mujeres se rebelan?
Faltan más capítulos. Por lo pronto me congratulo con Chiong por tratar este tema y con la Televisión por transmitirlo, pero necesito terminar cada historia con la certeza de que ese es el final. Volveré sobre Rompiendo el silencio, y espero que acompañada del criterio de estudiosas cubanas.
| (Tomado del Portal de la TV) |


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