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(Publicado en 2014)
Quienes me conocen saben que soy perseverante. Pero en el caso de Luis Silva desistí de realizarle una entrevista luego de una buena cantidad de correos enviados. Entonces preparaba mi libro “Protagonistas de amores contrariados”, con realizadores y artistas en general de la televisión. Por supuesto que “olvidarme” de la entrevista no significó ni por asomo que dejara de disfrutar de su Pánfilo o de su animación en el programa “Lucas”.
La intervención de Silva en un foro del ciberespacio acerca de mi comentario sobre “Vivir del cuento” *, me posibilitó recordarle aquel cuestionario enviado hace cerca de tres años. Me dijo que se lo volviera a mandar porque se le habían borrado muchos mensajes, y lo hice sin muchas esperanzas.
Pero hoy cuando abrí la máquina y vi sus respuestas repetí para mí una frase cliché: “La vida sabe lo que hace”. Quizás cuando lo intenté la vez pasada ni Silva ni yo estábamos preparados totalmente para desmenuzar a Pánfilo ni a Luis. Hoy, este profesor universitario, amante de la Matemática, es el actor cómico más popular en Cuba, sin que su decir —incisivo con problemas muy serios de la sociedad— haga la más mínima concesión a la chabacanería.
¿Es cierto que los matemáticos y cibernéticos son personas lógicas por esencia? ¿Por qué?
“Sí, es muy cierto. Raro sería que no lo fuéramos. La Matemática lleva un alto contenido de lógica. Y la computación sin ella no pudiera existir. Si a eso le sumas que cuando estudias en una facultad como la de Matemática y Computación de la Universidad de La Habana, el genial claustro te enseña a deducir, a analizar, a pensar, a aplicar la lógica, y no a aprender algoritmos de memoria, te conviertes en una persona que para todo aplica la lógica. En mi caso, fue más allá. Me quedé en la Universidad impartiendo esa asignatura: Lógica Matemática. ¡Cómo me gusta! Disfrutaba cada turno de clases con mis alumnos”.
¿Por qué te decidiste por esas ciencias desde muy joven? ¿Alguna influencia familiar?
“Ni para las ciencias ni para el humor hubo influencia familiar. Mi papá: profesor de la Escuela de Automovilismo; mi mamá y mi abuela amas de casa, aunque trabajaban la costura. Y los demás miembros de la familia se dedicaban a otras tareas, pero nada con el arte ni las ciencias.
“Sin embargo, desde muy niño me encantaron las Matemáticas. Tenía facilidad para ellas. Iba a muchos concursos, aunque los que ganaba eran de Español, porque también me defendía con la gramática y haciendo composiciones. Pero, de manera general, no me gustaban las asignaturas donde el contenido se aprendía de memoria o de forma mecanizada, grave error que se comete hoy en muchos centros escolares. Si me decías: ‘esto es azul’, pues yo quería saber por qué era azul y conocer los pasos que seguiste para llegar a saber que eso era azul.
“Un día, estando en noveno grado en la secundaria Héroes de Yaguajay, de Poey, Arroyo Naranjo, llegaron unas computadoras, muy primitivas, con unos televisores Caribe y un teclado inteligente (teclados que hacían función de procesador). A partir de ahí descubrí el mundo de programar softwares. Ahí decidí que esa era la carrera que quería estudiar: Ciencias de la Computación”.
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