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Un juicio bajo ametralladoras y bayonetas
Por Matilde
Salas Servando

Un joven abogado de activa vida
política estudiantil, asumió su propia defensa.
(Foto: Archivo) |
Cuando apenas se había apagado el
eco de los disparos ocurridos al amanecer del 26 de julio
de 1953, en los cuarteles Moncada,
de Santiago de
Cuba, y Carlos
Manuel de Céspedes, de Bayamo, ambos en la zona oriental
de la isla de Cuba, se produjo una verdadera orgía
de sangre.
A sólo 56 días de producirse
esos hechos, comenzaron las sesiones del juicio contra los
encartados en la causa 37 de 1953, que fueron celebradas en
el pequeño local destinado a las enfermeras, en el
hospital santiaguero Saturnino Lora, a partir del 21 de septiembre
y continuaron en días sucesivos.
El principal inculpado era un joven abogado
de activa vida política estudiantil, Fidel Castro Ruz,
quien entró esposado en la sala, al igual que el resto
de sus compañeros. Durante dos horas y media pronunció
su autodefensa, conocida en nuestros días como La
Historia me absolverá y desde ese momento se convirtió
de acusado, en acusador implacable y su puesto en una verdadera
tribuna de denuncia contra el régimen gubernamental,
que había tomado el poder por la fuerza el 10 de marzo
de 1952.
Después de subrayar las irregularidades
del juicio, el letrado destacó que más de cien
personas fueron sentadas en el sitio de los acusados “entre
un centenar de ametralladoras y bayonetas, que invadían
escandalosamente la sala de justicia”.
Más adelante se refirió al
asalto y dijo que “el ataque comenzó simultáneamente
a las 5 y 15 de la madrugada. Abel
Santamaría, con 21 hombres, había ocupado el Hospital
Civil; Raúl Castro, con 10 hombres, ocupó el
Palacio de Justicia y a mi me correspondió atacar el
campamento con el resto, 95 hombres. Muchos de ellos, detenidos
más tarde, recibieron la muerte con verdadero heroísmo”
y añadió, “la orden recibida era matar
diez prisioneros por cada soldado muerto (y) la matanza en
masa comenzó a las tres de la tarde”.
Una gran parte de los asaltantes procedían
de las filas del Partido Ortodoxo, liderado por Eduardo
Chibás y otros se habían sumado al movimiento revolucionario
atraídos por la visión de futuro que tenía
aquel mismo abogado que ahora estaba frente a un tribunal
que al concluir el juicio lo condenaría a quince años
de prisión.
El ejemplo de los heroicos asaltantes se
extendió por todo el país y luego del amañado
juicio, se inició una amplia campaña por la
libertad de Fidel y sus compañeros de presidio. Desde
entonces la Universidad
de La Habana fue cercada por las fuerzas represivas y
al día siguiente del asalto comenzó a regir
una férrea censura de prensa y se suspendieron las
garantías constitucionales.
El ataque a los cuarteles Moncada y Carlos
Manuel de Céspedes no tuvo éxito desde el punto
de vista militar, pero de alguna manera sirvió para
sacudir y fortalecer la conciencia de los revolucionarios
de entonces, hombres y mujeres honestos, que supieron ponerse
de pie frente a la tiranía imperante.
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