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Charles Baudelaire: El aroma de las flores malditas

Por IWC

El poeta francés Charles Baudelaire.
Las traducciones que Baudelaire hizo de la obra de Edgar Allan Poe son antológicas.
(Tomada de www.danielcasado.com)

El patriarca de los poetas malditos, Charles Baudelaire, nació en París en 1821. A los seis años pierde a su padre. Su madre, que ejerció sobre él decisiva influencia, se casó en segundas nupcias con el general Jacques Auspick, hecho que desequilibró la sensibilidad de Baudelaire para bien de la poesía.

“Descontento de todos y descontento de mí”, la divisa íntima del poeta de la insatisfacción, resume el credo de un hombre en constante conflicto con el mundo exterior, un mundo donde para él, “la verdadera realidad no está más que en los sueños”, único ambiente en que la voluntad no puede capitular, reducto último en el cual se refugia la magia de la infancia para contener el asalto brutal de esa irrisión que llamamos realidad.

Cuando el ensueño flaquea, cuando sus brazos cálidos ya no pueden acogernos, no queda otro remedio que “estar siempre ebrio. Todo se resume en esto: es la única cuestión. Para no sentir el horrible fardo que os rompe los hombros y os inclina hacia la tierra, es menester embriagarse sin tregua. ¿De qué? De vino, de poesía o de virtud, como prefiráis. ¡Pero embriagaos!”

Decidido a “entrar en la posteridad como una bala de cañón”, ofrece sus primeros artículos a Tintimarra y la Démocratie Pacifique, pero ambas revistas, ante su audacia y espíritu satírico, temiendo ser perseguidas judicialmente por inmoralidad, le rechazan.

Los primeros síntomas de la sífilis, unido al abatimiento que le procura la incomprensión de su madre, lo llevan en 1845, con 24 años, a intentar el suicidio después de haber hecho testamento a favor de su amante, una mujer que tenía algo de divina y bestial.

En la selección de máximas consoladoras sobre el amor, Baudelaire traza el retrato de Jeanne Duval: “Hay gentes que se ruborizan de haber amado a una mujer el día en que se dan cuenta de que ella es idiota. No son, sino unos sabihondos vanidosos, hechos para pacer los cardos más impuros de la creación o para ramonear los favores de unas medias azules. La tontería es a menudo el ornamento de la belleza; es ella quien da los ojos esa limpidez tranquila de los estanques negruzcos, y esa calma aceitosa de los mares tropicales. La idiotez es siempre la conservadora de la belleza; aleja las arrugas, es un cosmético divino que preserva a nuestros ídolos de los mordiscos que el pensamiento nos reserva a nosotros, ¡viles sabios que somos!”.

“Las flores del mal” no son el anuncio de un fruto vegetal, sino la síntesis voluptuosa de la sensibilidad visual del poeta, de su alcance olfativo, de sus sensaciones táctiles, una síntesis que se despereza con una melodía evocadora a la vez de una actitud, de un clima, de una mirada que resume “todo un mundo lejano, ausente, casi difunto donde los perfumes, los colores y los sonidos se responden”, en una poesía en la cual se descubren “las relaciones íntimas y secretas de las cosas”.

La atracción de la mujer es tan tiránica para el poeta que ni pueden vencerla las “numerosas e innobles infidelidades, las bajas costumbres, los vergonzosos secretos descubiertos y que os inspiran horror hacia vuestro ídolo, llegando a veces a ocurrir que la propia alegría se manifiesta con un repeluco. Uno se queda bloqueado en sus razonamientos platónicos. La virtud y el orgullo le gritan: ¡Huye de ella! Y la naturaleza os dice al oído: ¿Huir? Alternativas terribles donde las almas más fuertes muestran toda la insuficiencia de nuestra educación filosófica…”

Poemas como este llevaron a que la sociedad de su época le condenara al silencio. Consideraron su obra “como un desafío a las leyes que protegen la religión y la moral” y prohibieron la venta del poemario.

A pesar de los esfuerzos de los editores, a través de los años los libros incautados fueron destruidos. Baudelaire no lo supo. A la edad de 46 años y víctima de la sífilis murió sin poder hablar ni escribir. Probablemente no le hubiese importado. Poeta maldito, lo único cierto en su vida era la poesía, siquiera en prosa:

“No hay entre los hombres más que el poeta, el sacerdote y el soldado. El hombre que canta, el hombre que bendice, el hombre que sacrifica y se sacrifica. Sé siempre poeta, aun en prosa”


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