| Hollywood
en las calles del desencanto
Por Pavel
López
El actor británico Charles
Laughton interpretó al dr. Moreau en la primera
versión del filme, de 1932.
(Tomada de www.blogdecine.com) |
No se asuste. No se trata del declive de
una industria apuntalada por millonarios bolsillos, producciones
cada vez más aparatosas, actores resplandecientes y
escapismo al por mayor. Norteamérica nos continuará
premiando con sus consabidas píldoras para adormecer
la mente.
Ahora mismo estremecen las taquillas de
todo el mundo los mamuts y demás criaturas prehistóricas
de “10 000 AC”, y las más recientes peripecias
de Indiana Jones, el arqueólogo “más rentable”
que ha conocido el séptimo arte.
Hollywood ostenta sin recato, en pleno siglo
XXI, su etiqueta de “factoría de sueños”
y exhibe, hasta en sus más divertidas películas
de animación, un diabólico talento para la “cirugía
cerebral”. No obstante, más allá de la
sala oscura la realidad muestra su rostro menos amable: crisis
financiera, familias que no pueden hacer frente a sus hipotecas,
alimentos básicos encareciéndose hasta el infinito,
escepticismo y paranoia colectivos agudizados tras los sucesos
del 11 de septiembre de 2001, fracaso militar en Irak, todo
va dibujando un panorama nada alentador.
Ante el resquebrajamiento del sistema que
lo sustenta, un sector de la industria cinematográfica
no permanece indiferente. Cada vez son más comunes
las obras que nos entregan retratos asfixiantes y desesperanzadores
de una sociedad en franca descomposición. No por gusto
en la pasada ceremonia de los Oscar la cinta “No es
país para cobardes” se llevó a casa el
lauro de mejor película del año.
El triunfo de la violenta historia dirigida
por Joel y Ethan Cohen demostró la paulatina preocupación
de los estadounidenses por un presente donde se perpetúan
la irracionalidad y la barbarie.
Todo parece indicar que se abre una nueva
era en la cual Hollywood, además de sueños,
comenzará a exportar las más grotescas pesadillas.
Antecedentes cercanos:
monstruos Vs. Miseria
La situación financiera norteamericana de la recién
inaugurada centuria simplemente da continuidad a múltiples
períodos de crisis económica y política,
que ha experimentado “la nación más poderosa
del mundo” durante todo el siglo XX. Mas, no siempre
los artífices de la imagen en movimiento han generado
respuestas semejantes ante las envestidas de la adversidad.
Lejos de reproducir las penurias, el desempleo,
el hambre, en fin, la crisis aguda imperante en la década
del 30, la industria del cine coadyuvó el florecimiento
de un género de pura evasión durante esa etapa.
Justo cuando empezaban a explotarse las
ventajas del sonido, aparecían dos célebres
personajes en la pantalla grande. Drácula y Frankenstein
concretaban su entrada triunfal en el universo del celuloide,
seguidos por una galería de hombres lobos, momias y
gorilas gigantes. El cine de terror llegaba para quedarse.
Muchos lo asumieron como una efectiva fórmula
para ahuyentar el fantasma de la pobreza. El periodista y
profesor español Ignacio Ramonet (1943) así
lo atestigua en su libro “Propagandas silenciosas”:
“Al comparar el horror que destilaban esas películas,
la miseria resultaba casi tolerable, soportable (...) la realidad,
aunque difícil, nunca resultaba tan terrorífica
como el nivel imaginario de esas pesadillas filmadas”.
Sin embargo, otros autores vieron en el
género una alegoría del declive del sistema.
En efecto, muchos de estos filmes fueron agrupados dentro
de una nueva categoría: las películas anticiencia
(“El dr. Jekyll y Mr. Hyde”, “La isla del
doctor Moreau”, el propio “Frankenstein”),
las cuales hablaron, a su modo, de las nefastas consecuencias
del progreso, amparado en el desarrollo tecnológico
del capitalismo moderno.
Visto así, el cine de los años
30 terminó convirtiéndose, para el ojo atento,
en un reflejo levemente distorsionado del caos imperante.

En 1996 se hizo un remake de La
isla del dr. Moreau”, esta vez protagonizada por
Marlon Brando y Val Kilmer.
(Tomada de www.cineydvd.com) |
Nuevas recetas para
enfrentar la crisis
Bien avanzado el siglo XX el escenario norteamericano exhibía
un nuevo rostro, no precisamente más halagüeño.
En los años 70 Estados Unidos llevaba a sus espaldas
la frustración por la guerra de Vietnam, a la vez que
asistía el advenimiento de un nuevo “shock petrolero”.
Con el filme “La aventura del Poseidón”
(1972) Hollywood, ni corto ni perezoso, comenzó a explotar
un nuevo género que expresó, como ningún
otro, la “ideología de la crisis”. El catastrofismo
ofreció a los espectadores la felicidad de no sentirse
solos, al ver reflejado en la pantalla su temor más
recóndito: el miedo al Apocalipsis bíblico,
una amenaza que, al menos en el lienzo cinematográfico,
lograba repelerse.
A su vez, por aquella época comenzaron
a fraguarse cineastas, que algunos años después
dispensarían miradas nada complacientes sobre la sociedad
estadounidense de la década del 70. Woody Allen, Francis
Ford Coppola y Martin Scorsese, entre otros, consolidaron
poéticas que tuvieron como centro la crisis profunda
de su país y de los individuos que lo habitaban.
La frustración ciudadana, la inoperancia
del sistema político norteamericano, la irracionalidad
de la guerra, encuentran en estos talentos a sus cronistas
más efectivos. Su visionaria obra alertaba oportunamente
sobre futuros desencantos.
Cambio de siglo:
apología del fracaso
Siglo nuevo, vida nueva. De seguro no fue otra la filosofía
de aquellos que presenciamos el nacimiento del más
reciente milenio.
Sin embargo, Hollywood se enfrascaba hacia las postrimerías
de la centuria anterior en un reciclaje de clásicos
del género terrorífico. Se filmaban actualizadas
versiones de “Drácula”, “Frankenstein”
y “El hombre lobo”.
¿Mera coincidencia?
El catastrofismo se ponía de moda
una vez más a partir del éxito desmedido de
“Titanic” (1997) y se alimentaba el nacionalismo
más reaccionario con “El día de la independencia”
(1996), cinta en la cual una hostil invasión extraterrestre
era frenada por el propio presidente norteamericano.
Para empeorar el clima de desasosiego, hacia
el 2001 caían las torres gemelas y se desataba la histeria
colectiva. Casi de inmediato arrancaba la ofensiva militar
contra Irak.
En pleno 2008, las más renombradas
publicaciones del capitalismo (The Economist, Fortune, Business
Week, entre otras muchas), anuncian el afianzamiento de la
peor crisis financiera desde la gran depresión de 1930.
En las pantallas de cine se produce una explosión de
historias pesimistas, personajes fracasados, familias disfuncionales,
violencia que se multiplica hasta límites exorbitantes.
De la multipremiada “American Beauty”
(1999) a “No country for old men” (2007) han visto
la luz cientos de filmes, empeñados en develar el lado
más oscuro del “país de las oportunidades”.
El desencanto se pasea a sus anchas por
la industria del entretenimiento.
Ya sea hablando frontalmente de la crisis
o evadiéndola con fantasías virtuales, casi
todas las producciones hollywoodenses nos muestran abierta
o subrepticiamente los síntomas del fracaso de un sistema.
El sufrimiento y la locura continúan siendo el rostro
más creíble del atribulado país. Los
años que se avecinan prometen no ser la excepción.
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