| De
poeta, maestro y enamorado
La viuda del singular poeta y relevante educador lo
recuerda en un apasionado ir y venir del tiempo…
Por Yarelis Rico

(Tomada de www.lajiribilla.cu)
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Raquel María Cuesta
no olvida el día que le dio el sí a su amado
Raúl. ¿Cómo no recordarlo? Fue en el
parque infantil de Caibarién. Él se acercó
al columpio donde ella se mecía y le pidió que
fuera su novia. Raquel tenía 13 años, Raúl
15. Ela asintió y él, loco de alegría,
la besó en la mejilla y después salió
disparado a preparar las maletas porque esa tarde se marchaba
de vacaciones a Yaguajay. Antes, prometió escribirle.
Y le escribió. Era una carta tras
otra, a veces solo para decirle: te quiero, te extraño…
Otras para regañarla, pues no respondía sus
mensajes: Escríbeme, lo necesito tanto…
“A veces dudo cómo lo conocí.
Raúl iba por las ventanas de la escuela donde yo estudiaba
allá, en Caibarién. ¿Por qué se
fijó en mí si había otras muchachas más
bonitas que yo? Eso nunca me lo dijo. Después descubrió
que una vecina mía era del mismo pueblo suyo y empezó
a visitarla. Claro, ese fue el pretexto para verme. Pasaba,
diariamente frente a mi casa en bicicleta. Me saludaba de
lejos, en ocasiones cuando me veía por el camino me
acompañaba un rato, conversábamos un poco. Nada
más. Éramos dos chiquillos que jugábamos
a enamorarnos, pero no conocíamos el amor.
“Él estudiaba bachillerato
en un colegio del pueblo y tenía fama de buen estudiante.
Enseguida se ganó la confianza de mis hermanos; salían
juntos, hablaban de geografía, literatura, historia…
y hasta de mujeres. Mi hermana daba clases de inglés
y Raúl, como el primero, se apuntó en el curso.
Se convirtió en uno más dentro de la familia
Cuesta Méndez. Ahora, después de tantos años,
sé por qué me enamoré de Raúl
desde el primer momento.
“Le decían el guajiro Ferrer.
Además de buen estudiante, tenía fama de poeta
y bailador. Lo buscaban para las fiestas y él no se
perdía ninguna. Físicamente era muy apuesto
y elegante. Hablaba muy bonito, imagínate, volvía
locas a las muchachas… Eso sí, me respetaba mucho.
Siempre tuvo muy buenos amigos. Cuando nos hicimos novios,
las novias de sus amigos se hicieron amigas mías y
las parejas formamos un grupo de seis que nos decían
los inseparables.
“Al terminar sus estudios se fue a
trabajar para Yaguajay, pero nuestra relación continuó.
Yo era vaga para escribir y él se disgustaba mucho,
pensaba que no lo quería; incluso llegó a preguntarme
si lo había olvidado. En las cartas me decía:
“No me gusta que vayas a los bailes sin mí. No
logro imaginarte en los brazos de otro que no sea yo. Me duele
pensarlo”. Sin embargo, él no dejo de ir a las
fiestas de su pueblo, ni de bailar como un trompo.
“Nos casamos a finales de la década
del 30, un 20 de agosto. Durante 15 años vivimos en
Yaguajay y allí comprendí que Raúl tenía
dos grades amores: uno era yo; el otro, su profesión.
Se entregó en cuerpo y alma a la labor de maestro;
pero no un maestro cualquiera, él se convirtió
en el maestro de los pobres.
“Dio clases en una escuela rural ubicada
en el central Narcisa. Los alumnos lo querían como
un padre y aquellos pequeños eran los hijos que siempre
quisimos tener y no pudimos. De esos tiempos en el central
Narcisa nacieron poesías inolvidables.”Romance
de la niña mala”, por ejemplo, a ratos me viene
a la memoria y es como si Raúl volviera a la vida y
lo tuviera sentado ahí, frente a mí, contándome:
“Un vecino del ingenio
dice que Dorita es mala.
Para probarlo me cuenta
Que es arisca y malcriada
Y que cien veces al día
Todo el batey la regaña.
Se recuesta entonces en el sillón,
se pasa sus gruesas manos por la cabeza y mirándome
fijo vuelve a la historia:
“Que el sábado y el domingo
se pierde en las guardarrayas
persiguiendo tomeguines
y recogiendo guayabas…
“Pero un hombre como Raúl tenía
siempre una respuesta. No perdía tiempo en pensar en
las injusticias, simplemente no las toleraba. Sabía
que por esas tonterías, Dorita no era mala. Como maestro,
conocía lo íntimo de su vida y de su alma.
“Y cuando explico Aritmética
le resulta tan abstracta,
que de flores y banderas
me llena toda la página.
Y prefiere en los recreos,
cuando juegan a las casas,
jugar con Luisa, la única
niña negra de mi aula.
A veces la llama Luisa,
a veces le dice hermana.
“Lo amé siempre, y lo amo aún
más cuando recuerdo sus anécdota. Allá,
en al escuela del central, algunos niños faltaban a
clases. Raúl averiguó y le dijeron que no tenían
zapatos. Como norma estableció entrar al aula descalzos
y justificaba aquello diciendo que las fuerzas telúricas
entraban en la planta del pie y al tenerlos libres asimilarían
mejor las asignaturas.
“Juanito Mier, profesor de la escuela,
se asombró y le preguntó a Raúl por qué
les decía esas cosas a los muchachos. Le respondió:
‘Lo hago para lograr que todos vengan’”.
“Y cuentan los que lo saben,
que en aquella tarde amarga
en que no vino el maestro,
era la que más lloraba”.
“De la noche a la mañana me
convertí en su secretaria personal. Lo acompañaba
a cualquier sitio, incluso llegaron a decir que yo era la
sombra de Raúl. No me molestaban los comentarios, por
el contrario, me satisfacían. El amor entre nosotros
nació, creció y se mantuvo para toda la vida.
Estaba muy apegado a mí y yo a él.
“En la década del 40 existía
mucha división entre los maestros y Raulí se
involucró en la lucha por la reunificación.
Esta batalla se ganó gracias a la creación del
Colegio de Maestros; no obstante, a mi esposo le seguían
preocupando otros asuntos, esta vez de índole política.
“Vinimos para La Habana en 1953 y
enseguida comenzó a dar clases en una escuela, también
para pobres. En la capital casi no vivíamos; a rato
venían esbirros de la dictadura y se lo llevaban detenido.
Saliendo él por una puerta, salía yo por la
otra. Lo buscaba en una estación, allí no estaba;
regresaba a otra, tampoco… Así hasta que lo encontraba
y esperaba a que lo dejaran en libertad.
“Después del triunfo de la
Revolución siguió trabajando y llegó
a ser viceministro de Educación. Seguimos también
amándonos. Aunque estoy en La
Habana y el tiempo ha pasado tan velozmente, me parece
verlo asomado en la ventana de mi colegio, haciéndome
señas y diciéndome que mañana me espera
en el parque infantil. Lo imagino impecablemente peinado y
con su siempre inseparable guayabera”.
Poemas de Raúl Ferrer
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