| Música
y cine: una pasión fecunda
Por Pavel
López

(Foto: Archivo) |
Un portentoso matrimonio de más de
100 años han concretado la música y la imagen
en movimiento. Y como todo amor que se respete, el suyo arrancó
con coqueteos sinuosos en un rincón oscuro.
En efecto, cuando el cine silente aún
imponía su dictadura, un discretísimo piano
desde un extremo de la sala de proyecciones lanzaba los primeros
y melodiosos guiños a la pantalla grande, acompañándola
en su mutismo para el beneplácito de una multitud enardecida.
Un siglo después resulta imposible imaginar al séptimo
arte desligado de la música.
A duras penas podremos evocar la secuencia
final de “Titanic” (James Cameron, 1997), sin
la rotunda partitura de James Horner siguiendo a Di Caprio
en su trágico descenso a las profundidades.
Poco nos hubieran conmovido los fotogramas de un niño
y su amigo extraterrestre remontándose en bicicleta
hasta la luna (“E.T”, Steven Spielberg, 1982),
sin los certeros acordes del compositor John Williams deslizándose
por nuestros oídos.
Todo ello nos prueba la paulatina consolidación
de una especialidad de vital importancia dentro de la industria
del celuloide.
Componer para cine resulta hoy día
sofisticada labor, digna de auténticos artesanos del
pentagrama, aunque la más depurada banda sonora jamás
vendrá al mundo para el lucimiento exclusivo de su
autor.
Leo Brouwer, una autoridad cubana en la
materia, resumió en cierta ocasión la esencia
de este tipo de trabajo: “La primera virtud que debe
tener la música para cine es no estorbar el filme”
(1). José María Vitier, otro cubano enrolado
en estas lides, agregaba hace algunos años: “El
compositor de música para cine debe encontrar en cada
caso la clave requerida y el acierto de su elección
no ha de medirse, sino por el logro artístico global
que signifique la obra cinematográfica” (2).
Ambos talentos dejaban sentado el alcance
de una creación destinada a sumarse, en primera instancia,
al extenso arsenal de códigos sonoros y visuales que
componen una película, sin sobresalir ni opacar a ninguno
de ellos.
Claro que no por tal razón una banda
sonora termina su vida allí, donde comienzan los créditos
de una cinta. El rango de muchos de los compositores enrolados
en esta aventura y la maestría de sus trabajos, han
garantizado que algunas piezas funcionen sin problemas de
forma aislada fuera de la pantalla. Y esto es una realidad
desde las primeras décadas del pasado siglo.
Partituras ideadas por genios de la talla
del ruso Serguéi Prokofiev, celoso colaborador en los
filmes de Serguéi Eisenstein (“El acorazado Potemkin”),
se convirtieron, sin apenas proponérselo, en obras
maestras de la música. Tal es el caso de su “Cantata
de Alejandro Nevski”, inspirada en la película
de 1938 sobre el personaje homónimo.
Otro feliz ejemplo de este fenómeno
lo tenemos en la cinta “Carrozas de fuego” (1981),
que obtuviera el Oscar como Mejor Película del Año.
La música creada por el griego Vangelis para este portento
cinematográfico de tema deportivo, aún acompaña
a los atletas en las galas de apertura y cierre de los Juegos
Olímpicos.
La mayor de las Antillas no se ha quedado
atrás en este acápite.
La creación del Instituto
Cubano del Arte e Industria Cinematográficos en la década
del 60 del pasado siglo, sirvió de antesala al nacimiento
del Grupo de Experimentación Sonora,
un colectivo que trascendió su confeso propósito
de elaborar obras destinadas a engalanar el séptimo
arte insular.

(Foto: Archivo) |
El crítico y periodista Frank Padrón,
quien ha investigado arduamente este terreno, afirma: “Este
grupo exhibe en la historia de la cultura cubana una importancia
que va más allá del cine, porque al margen de
los muchos logros en ese aspecto, fue la génesis de
uno de los más significativos fenómenos de la
música popular cubana: el Movimiento
de la Nueva Trova. A la vez dotó de un método,
una actitud ante al arte, a un grupo de compositores que se
nuclearon en torno suyo: Silvio
Rodríguez, Pablo
Milanés, Martín Rojas, Noel Nicola, Sergio Vitier...”
(3)
Hasta este punto todo nos parecerá
color de rosa, aunque en los últimos años asistimos
al surgimiento de un complejo fenómeno. Gracias al
desarrollo y la expansión del mercado discográfico,
hoy podemos degustar en nuestros hogares, como obras musicales
independientes, los alardes frente al teclado de Michael Nyman
para “El piano” (Jane Campion, 1993) o la grandilocuente
sinfonía de Howard Shore en “El Señor
de los anillos” (Peter Jackson, 2001).
Sin embargo, no todo lo que se produce en este sentido es
provechoso para nuestros oídos.
Muchas veces las bandas sonoras que llegan
a nuestras manos son el resultado de agresivas estrategias
de marketing ideadas para sacar el mayor número de
ganancias a una película. Se trata de una sofisticada
maquinaria, en la cual Hollywood se ha vuelto experto, cuyo
propósito fundamental es abarrotar las tiendas de postales,
libros, muñecos o cualquier otro subproducto relacionado
con la película, cuyas ventas puedan llenar los bolsillos
de los magnates de la industria cinematográfica.
Por tal razón, no tendrá el
mismo rango la música creada por el italiano Ennio
Morricone para los western spaghetti de Sergio
Leone en la década del 70 (todo un portento de experimentación
melódica y de juego con los efectos de sonido), que
la banda sonora de la última comedia romántica
interpretada por Tom Hanks y Meg Ryan, de seguro otra “triste”
amalgama de números musicales de reciente éxito.
Pese a los infortunados ejemplos, nuestra
época es testigo de la incesante revitalización
de la especialidad de marras, una forma de creación
que, de seguro, nos seguirá premiando con obras monumentales.
Notas
(1)Brouwer, Leo. “La música en el cine cubano:
Un año de experimentación”. En Cine Cubano
Nros.63-65, pp. 104-106.
(2)Vitier, José María. “La música.
El elemento más inverosímil del montaje cinematográfico2.
En Cine Cubano No. 135, abril-mayo-junio 1992.
(3)Padrón Nodarse, Frank. “Al son de la imagen
sonora”. En Cine Cubano No. 136, Julio-agosto 1992.
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