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45... ¡Y van más!
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(Ilustración: Fariñas)

Personaje incógnito:

Escribo esta conversación con los ojos abiertos y anónimo en pie. Quiero comunicarle mi opinión sobre lo planteado por usted en uno de los capítulos de su libro, el titulado “No se fue ningún día de tus manos”, que aborda especialmente el matrimonio.

Primeramente cito, que el sueño de cada persona ( o al menos de la mayoría) es planear con anterioridad al hecho, un casamiento a su gusto. Algunos lo prefieren sencillo, muy modesto, más bien pacífico; otros desean realizar una elegante ceremonia en una iglesia u otro recinto partiendo de sus religiones o tradiciones familiares. Pero no necesariamente creo que sea para impresionar a la multitud, simplemente desean continuar la tradición, cumplir la religión o simplemente llevarse un lindo recuerdo de ese día tan memorable para ellos.

Es algo semejante (pero no igual) a la celebración de las 15 primaveras; los jóvenes lo celebran a su gusto y muchos lo hacen para guardar el recuerdo de tan especial significado

No creo que sea tan fatídica la frase “Hasta que la muerte nos separe”, pues es una forma de bendecir la unión de una forma prolongada y para un futuro duradero. Es cierto que es una antigua tradición y que hoy día está rompiendo con el esquematismo y se está dejando de ser dogmáticos: pero no veo nada malo ni ridículo en eso.

Hasta más, en las modestas y menos alborotadas, se pronuncia la sublime frase; además, no creo que estas palabras amarren a nadie. Antes sí podría decirse, ¿pero hoy día? No lo creo. Pues por muy bonita y antigua que sea y se mencione en casi todos los matrimonios, nadie le presta atención y menos que menos cumple lo que plantea, ya que estamos en pleno siglo XXI donde lo más habitual son las parejas divorciadas.

Es ahí donde le concedo toda la razón, ya que la tendencia a confundirse a la hora de elegir esposo (a) es equivalente (desde mi punto de vista) a un 80%. Sobre todo la juventud que cree en disímiles ocasiones, haber encontrado el gran amor; y al poco tiempo, al príncipe o princesa se le rompió el encanto. ¡Qué desilusión!, pero no hay problema, si se está casado se divorcian y punto final.

No digo que no existan parejas de adolescentes y jóvenes felizmente casados, pero son muy pocos los que mantienen la condición. Por lo general, aquellos matrimonios que perduran, además de mantener el amor, establecen entre ellos una amistad sin límites, una comunicación insustituible que alimenta la relación constantemente de cosas nuevas para no caer en la rutina.

¡Claro está! También existen las parejas que continúan unidas por costumbre, porque sencillamente están estables y regularmente se sienten bien, no ven la necesidad de agregar estímulos a su convivencia y mantienen ampliamente una monotonía entre ambos; aunque en estos tiempos no se ven mucho estos casos, porque hoy día el que no se siente bien con alguien, lo deja y se busca otra persona que satisfaga su necesidad.

Cuando se plantea que “el amor es ciego, pero el matrimonio le restaura la vista”, se está evidenciando la falta de conocimiento que se tiene con respecto a nuestra pareja. Es por eso que al igual que usted opino que antes de dar el paso que defina el transcurso de la vida y el tiempo, con un ser humano del sexo opuesto al cual se unirá nuestra vida, debemos establecer la compenetración mutuamente para conocer las virtudes del otro, aprender a sobrellevar sus defectos y adentrarse en lo más profundo de cada ser, para tener una exacta dominación y control de cada estructura que corresponda a la persona.

Si se conoce antes, no nos asustaremos cuando miremos después. No es menos cierto que “los amores profundos irradian su propia luz y no les hace falta ceremonias para ser reconocidos”, pero soy de la opinión que el matrimonio (siempre que sea verdadero) consolida la unión (siempre y cuando carezca de rutina). No veo a las ceremonias, necesariamente, como un reconocimiento, ni como una premura, sino como premisa para el trayecto de la vida-

Como este tema son muchos más los que abarcan su interesante e instructivo libro, pero este fue el que escogí porque es el que leí en esta lluviosa madrugada. Espero poder seguir conversando con usted de otros interesantes temas. ¿Sabe? A veces pregunto quién es usted; algunos me dicen que es una mujer. Yo opino que es un hombre, una mujer, un niño; un ser que se ha detenido a escribir para los demás, para enseñar, para conmover, para aprender de sí mismo, para que exista algo nuevo. Para continuar siendo eternamente El Diablo Ilustrado.

Sin más, se despide su admiradora (or) incógnito.

Sombra

Amiga o amigo (pues ahora soy yo quien no determina el sexo del remitente):

Ante sus interesantísimas reflexiones solo esbozaré algunas ideas. Quizás también otros lectores se adentren también con sus opiniones en este diálogo que ahora entablamos. Sería interesante saber qué piensan otros pues hay temas por donde cortar.

Sobre las bodas. Creo que cada cual escoge su manera de festejar el acontecimiento de estar enamorado. Acorde con su credo o manera de enfocar la vida. Ahora bien, eso no me quita el derecho a opinar.

Ciertamente, hay mucha gente que se deja arrastrar por costumbres o “ambientes” que van generando una distorsión de lo que es realmente lo que llamas “tradición”. Una tradición no es buena per se, incluso muchas tradiciones genuinas se van distorsionando con el tiempo y el paso de una generación a otra, porque se van copiando mecánicamente.

Otras se van inflando por efectos de mercadotecnia. No pocas costumbres son aprovechadas por mercaderes que las distorsionan en función de vender pacotillas. Por ahí tenemos, por citar un ejemplo, fotógrafos que les incorporan a las fotos de 15, o bodas, inventos tontos relacionados con casas fastuosas o montajes en computación para relacionar al que festeja con personalidades del cine o de la música.

Ese ilusionismo de mal gusto, muy vinculado a la estética de las revistas de vanidades, tergiversa el sentido inicial de unas fotos de bodas, que es recoger las impresiones de ese momento para recordar en el futuro. Lo que empezó siendo un gesto sencillo, hermoso, natural y que en otras épocas consistía en una o dos fotos para dejar constancia, se fue tornando —negocio mediante— en uno de los centros gravitacionales de la boda.

Ahora, en esa competencia tonta que en ciertos ambientes se va creando, el tema de las fotos y videos se convierte en una gran tragedia por su costo, complejidad y protagonismo. Hay quienes, el día de la boda, invierten horas en sesiones de fotos, con trucajes y cambios de ropa que llevan más producción que una película. Y lo peor es que el recuerdo que dejan es algo completamente maquillado, montado, simulado y en el que muchas veces no aparecen ni los verdaderos amigos que asistieron a la ceremonia.

No es mi ánimo criticar, sino que reflexiones para que no seas una hoja a merced del viento. Créeme, amigo (a), que nunca las soluciones más entrañables e inolvidables estarán relacionadas con lo fastuoso, con la ostentación, con el lujo.

La felicidad verdadera no guarda relación alguna con la pomposidad ni el exhibicionismo que caracterizan a esos grandes espectáculos en que se han convertido fiestas de quince y bodas y que no obedecen a tradición alguna. Son “modas” impuestas por saqueadores que han montado un negocio y que guardan relación con las zonas más “miqui miquis” de otras sociedades.

Los grandes medios masivos (revistas de modas, video clips, películas, programas de participación, prensa sensacionalista, etc.) se encargan de engatusar a los sectores de más bajo nivel cultural con una propaganda que les hace creer que esa feria de vanidades es imprescindible para ser una persona importante. Lujo, caché, poder y otras sandeces que no persiguen otra cosa que incrementar los niveles de consumo de lentejuelas.

De manera que no estamos en una urna de cristal, todo ese ambiente de papel celofán se nos cuela y ahí aparecen los “vivos” que montan su negocio de coreografías, de tener casas con escenografías, pirotecnias y trucos visuales, o los que aseguran transportes exóticos y otros servicios que le cuestan un ojo de la cara a la gente y, lo peor del caso, es que pagan por hacer el ridículo. Se piensan que están en el cielo y lo que están es arruinándose por hacer tremendo papelazo.

Cuando una persona de mediano buen gusto ve un álbum de foto o un video de esos (y no quiero decir que todos lo sean) realmente lo que da es risa o pena, por el elevado nivel de kitsch que poseen. Para colmo, como son un negocio instaurado, terminan por ser en extremo esquemáticos y el resultado es que todos los álbumes y videos con muy similares; la originalidad brilla por su ausencia.

Sé que cosas como estas molestan a algunos, pero no creo que ser buen amigo implique guardarse las opiniones. Podemos entablar un debate con todo el que quiera incorporarse. Ahora, te reitero que la fórmula de todo está en pensar, analizar el sentido de lo que se hace y siempre tener una premisa: la verdadera elegancia está en la sencillez.

No te dejes arrastrar por la corriente, sé tú mismo (a), analiza con serenidad y festeja tu amor con lo que te dicte tu real deseo, despojado de modas o lo que pretenden otros que debes hacer. No te dejes engatusar, no te conviertas en un repetidor autómata de lo que hacen los demás, sé creativo (a).

Romper la rutina debe ser un hecho cotidiano y para ello debes ejercer la crítica (el análisis profundo) de todo lo que te rodea y anteceder a cada acción o plan que te propongas. Si analizas una de esas lamentablemente habituales bodas “cheas” y decides luego hacer una igual, bienvenida sea tu decisión: pero que sea pensada, no porque el rumor, la competencia absurda entre determinado círculo de personas o de amigos te lo impongan.

Se me quedan muchas cosas por decir, pero es mejor guardar algo, pues sé que habrá quienes replicarán o abundarán en estas ideas preliminares. Queda abierto un nuevo debate, espero que no te hayas puesto bravita (o) y que mantengas en el manto de tu amistad a este humilde vasallo de tu intelecto al que puedes llamar simplemente… El Diablo ilustrado.


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