| No
pudo vivir sin el mundo de ayer
Por Alicia
Centelles

Zweig logró que sus biografías
fueran tan entretenidas como novelas.
(Tomada de www.la comunidad.el pais.com) |
Fue un hombre de letras, un europeo cosmopolita
que vivió entre las dos guerras mundiales, en un viejo
mundo conmocionado. A partir de sus recuerdos de esa época,
Stefan Zweig creó con su obra “El mundo de ayer”
un monumento imperecedero a ese entorno y a la Viena del fin
de siglo.
Al mismo tiempo, él
fue el mejor representante de aquella era pasada, que describió
con insuperable maestría. Aunque nació en la
capital austriaca, 1881, Stefan Zweig redactó la mayor
parte de sus obras en Salzburgo, cuyo ambiente barroco le
atraía. Junto a su esposa, un criado y una secretaria,
este hijo de un judío de Bohemia recibía en
su palacete a personalidades como Thomas Mann, H. G. Wells
y James Joyce.
Las
fronteras nacionales no existen
Stefan Zweig fue uno de los más apasionados escritores
de cartas de su época, con las que tejió una
red de relaciones amistosas que abarcó, entre otros,
a Romain Rolland, Máximo Gorki y Rainer María
Rílke. Al respecto escribió: “Sentía
que vivía totalmente como un europeo; las fronteras
eran sólo simples líneas”.
La actitud pacifista de Zweig se debía,
en parte, a esa superación de los límites nacionales.
Dentro de su rica obra literaria descuellan las biografías
de María Antonieta, María Estuardo, Fouché,
Erasmo de Rotterdam
y Magallanes. Los más conocidos de sus libros son
los “Momentos estelares de la Humanidad”, que
él mismo describió como “momentos cruciales
en los que una decisión, que sobrevivirá al
tiempo, es tomada en una sola fecha, en una sola hora”.
Que logren ver el
amanecer después de una larga noche
Huyendo del régimen fascista, Zweig se marchó
a Londres en 1940 y se hizo ciudadano británico. Dos
años después siguió hasta Brasil, donde
se casó con su secretaria. El cosmopolita Stefan Zweig
no pudo ni quiso seguir viviendo cuando creyó advertir
que había perdido su mundo para siempre. Esto lo llevó
a suicidarse junto con su esposa en Petrópolis, un
suburbio de Río de Janeiro, a la edad de 61 años.
En su carta de despedida, se advierte
la profunda desesperación del autor de “Carta
de una desconocida”: “Saludo a todos mis amigos.
¡Que logren ver el amanecer después de la larga
noche. Yo, demasiado impaciente, los precedo!”.
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