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Rodrigo Santoro

¿Un nuevo Rodolfo Valentino?

Por Pavel López

El actor brasileño Rodrigo Santoro.
(Tomado de www.lyimg.com)

Ya es un hecho: Rodrigo Santoro constituye la estrella latina del momento.

El joven actor ha concretado un salto descomunal, para muchos, imposible. De galán de turno en diversas telenovelas de la cadena brasileña O´Globo, a intérprete de megaproducciones de la talla de “300” (2006) o el exitoso serial norteamericano “Perdidos”, cualquiera aseveraría que el histrión del gigante sudamericano tocó el cielo.
Los medios de prensa en buena parte del mundo se aprestan a consolidar la leyenda, divulgando las conquistas del actor durante su tránsito por el “dorado suelo de Hollywood”.

El efecto en los espectadores es inmediato. El público anglosajón cae rendido ante los atributos del “mancebo tropical”, único punto de contacto con una cultura que desconocen e idealizan. Y más importante aún: se exacerba el optimismo de una comunidad latina, para la cual el éxito de Santoro en Estados Unidos reafirma las bondades de un sistema político que “abre sus brazos” a inmigrantes de todas las latitudes, ofreciéndoles igualdad de oportunidades.

Por detrás del telón, una sofisticada maquinaria imperialista exhibe su efectividad a la hora de saquear la reserva de talentos de los países del llamado “Tercer Mundo”; una jugada que afecta, en primera instancia, la carrera de aquellos que sucumben al embrujo de la Meca del cine.

Caer en las redes de la industria y no morir en el intento
En reciente entrevista concedida a una publicación norteamericana, Santoro aseveraba:
“No me puedo quejar del rumbo que ha tomado mi carrera desde que hice mi primer trabajo fuera de Brasil (...) pero ha sido una verdadera lucha. Es duro para cualquier artista, pero siendo extranjero en un mercado como el de Estados Unidos (...) puedes ser limitado al estereotipo de latin lover (galán latino) o de drug dealer (traficante de drogas)”.

Alerta o no de las trampas del mercado cinematográfico, la apostura física de Santoro parece ser su maldición.

Pese a ofrecer soberbias interpretaciones en filmes brasileños como “Bicho de siete cabezas” y “Detrás del sol”, que auguraban el inicio de una sólida trayectoria profesional, el artista experimentó un dramático retroceso una vez que puso sus pies en territorio norteamericano.

Las primeras intervenciones en películas estadounidenses ya lo situaban como mero objeto del deseo, dejando a un lado su incuestionable capacidad de desdoblamiento.
Así lo atestiguan las cintas “Love actually” y “Los ángeles de Charlie: Al límite”, ambas de 2003, en las que compartió escenas con Drew Barrymore, Cameron Díaz, Lucy Liu y Laura Linney.

Ni cortos ni perezosos, los medios de comunicación comenzaron a hacer su juego.
Rápidamente, Santoro fue convocado para protagonizar junto a la también actriz Nicole Kidman el spot publicitario del perfume Channel No. 5, bajo la dirección del australiano Baz Luhrmann (“Molino Rojo”).

Más cercano en el tiempo, otro hecho estremecía el insustancial mundo del espectáculo: el actor era seleccionado entre los 50 hombres más atractivos del planeta por la revista People, ese engendro mediático de chismografía pueblerina al por mayor.

En lo adelante sería imposible desligarlo de la categoría de latin lover, ostentada con anterioridad por el italiano Rodolfo Valentino o el español Antonio Banderas, etiqueta que esconde, según expertos, un indiscutible sesgo peyorativo, al reproducir un sin fin de estereotipos sobre la latinidad, en especial aquel que reduce a los hijos de esta cultura a fetiches exóticos, prestos a alimentar las fantasías sexuales del resto del mundo.

Construir ídolos bronceados, varoniles y con seductor acento ha respondido siempre a intereses económicos y políticos, que van desde la necesidad de captar un mercado de millones de consumidores, hasta el deseo de conseguir sus votos en cualquier campaña electoral.

Por su parte, Santoro pretende salir a flote seleccionando mejores papeles, por supuesto, fuera de Hollywood. De esta forma ha ido alternando participaciones en filmes prescindibles con trabajos más sólidos al lado de excelentes directores como el argentino Pablo Trapero, que lo sumó este año al elenco de “Leonera”, presentada recientemente en Cannes, o su coterráneo Héctor Babenco, quien le propuso interpretar a un peculiar travesti en su filme de cárceles “Carandirú”.

Asimismo, algunos realizadores norteamericanos que se mueven con más independencia creativa dentro de la industria comienzan a reparar en el actor, entre ellos Steven Soderbergh (“Tráfico”), artífice de las más reciente película sobre Ernesto Che Guevara “The argentine” (2008), en la cual Santoro asume un importante rol.

Con maniobras de este tipo, el actor brasileño quizás sobreviva los embistes de Hollywood y escape de la suerte de otras estrellas latinas como Salma Hayek y Penélope Cruz, instantáneamente convertidas en barbies descerebradas, cuyas carreras no parecen tener salvación alguna.

Tampoco seamos ingenuos. En esta era globalizada resulta difícil conservar a un artista en estado puro, indiferente a las carnadas monetarias que le lanza el mercado.
De su inteligencia dependerá el contentarse con pequeños mordiscos al peligroso regalo o morir con el anzuelo en la garganta.

Ahora mismo ante Santoro se abre una encrucijada: o escoge meticulosamente sus papeles, o se resigna a ser un armonioso conjunto de músculos asado a fuego lento en la “aldea global”, mientras los magnates de industria del entretenimiento se afilan los dientes.


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