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El pincel mágico de Amelia Peláez
Por
Alicia Centelles

El estilo único y personal
de esta pintora cubana trascendió los límites
de su natal Yaguajay.
(Fotos: Archivo)
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Mujeres, bodegones con flores y frutas cubanas,
paisajes, naturalezas muertas: toda esta variada gama de temas
brotó del pincel de una de nuestras más grandes
pintoras del siglo XX: Amelia Peláez.
Esta espirituana radicada en La
Habana desde comienzos de esa centuria, estudió
en San Alejandro y fue alumna
predilecta del maestro Leopoldo
Romañach, otra relevante figura de nuestras artes plásticas.
Amelia realizó su primera exposición en 1924,
y tres años más tarde viajó a Europa
y vivió durante algún tiempo en París,
donde continuó estudiando.
A su regreso a Cuba en 1934, la autora de
La Costurera y otras renombradas obras convirtió en
taller su casa de La Víbora, y tuvo una activa participación
en el movimiento de los artistas cubanos modernos.
El estilo único y personal de Amelia Peláez
no solo está presente en su labor pictórica,
sino también en sus trabajos en cerámica, que
inició en 1950 y a los que se dedicó intensamente
hasta 1962. Los asistentes a las Bienales de Sao Paulo y Venecia
celebradas en ese período, pudieron apreciar varias
de las piezas surgidas de sus hábiles y creativas manos.
La pintura de murales también fue
otra de las facetas de su arte. Uno de ellos sigue suscitando
la admiración de quienes transitan por la céntrica
Rampa capitalina o sus alrededores: el situado en la fachada
del hotel Habana Libre, realizado en 1957. El último
de los murales en que participó fue el de creación
colectiva realizado con motivo de la inauguración,
en la capital cubana, del XXIII Salón de Mayo de París.
Una muestra de las obras de Amelia Peláez,
quien murió el 8 de abril de 1968, puede apreciarse
en el Museo
Nacional de Bellas Artes de Cuba.
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