| Campamento
de los afectos
Lo vivido durante los meses de julio
y agosto en la Escuela de Trabajadores Sociales de Cojímar,
en la capital cubana, prueba que nuestra sociedad no abandona
a sus hijos, menos a quienes demandan con mayor intensidad
ser amparados y queridos
Por Alina Perera Robbio

Yisel Bejerano Corrales, de 16 años,
quedó fascinada con el Morro de La Habana. Junto
a ella, su maestra Marisol Calás Ponce.
(Foto: Roberto Meriño) |
“Yo nunca había
visto el
Morro en La Habana. Quiero volver a mirarlo. Es tan lindo...”.
Se le escapó un suspiro a Yisel Bejerano Corrales,
de 16 años, mientras comentaba cómo le había
ido en los días de vacaciones vividos en la capital,
gracias a un campamento de verano organizado en la Escuela
de Trabajadores
Sociales de Cojímar.
Antes había contado de su estancia, desde septiembre
del pasado año, en una escuela de conducta en su provincia
de Granma,
donde ha resultado ser una estudiante destacada, porque llegó
al centro y se acostumbró rápidamente a él.
Se sintió a gusto, a diferencia de una escuela anterior,
que no le agradaba porque “no era bonita” —ella
siempre había tenido la ilusión de entrar en
un aula impecable—, y al tropezar con el desencanto
había preferido desgranar sus horas deambulando calles.
Esa costumbre motivó que Yisel fuera captada para matricular
en la escuela de conducta Desembarco del Granma donde, según
nos contó su directora Marisol Calás Ponce,
el trabajo con la adolescente parió maravillas: “La
muchacha es nuestra presidenta de la Federación
de Estudiantes de la Enseñanza Media (FEEM)”.
Con una experiencia de más de 20 años en el
sector educacional, la maestra Marisol reconoce que ha sido
“magnífica la idea trazada por el gobierno”
de preparar unas buenas vacaciones para niños y adolescentes
como Yisel. Gracias a esa iniciativa que este año ha
tenido su segunda edición, casi 2 000 muchachos procedentes
de toda la Isla han vivido momentos inolvidables.
Por Cojímar, de semana en semana, pasaron niños
sordos-ciegos, con implantes cocleares1, seropositivos al
VIH, pacientes de Xeroderma Pigmentosum (XP)2 —una enfermedad
genética poco común—, menores de hogares
para niños sin amparo filial, o matriculados en escuelas
especiales para alumnos con trastornos de la conducta.
Las historias contadas por ellos —o sobre ellos—,
las escenas de las cuales este diario fue testigo durante
varias visitas a Cojímar, constituyen evidencias de
que la Revolución no abandona a sus hijos, mucho menos
a quienes con mayor intensidad demandan compañía,
protección y amor.
Palabras cálidas
La noche, húmeda y fresca, resultó placentera.
Un grupo de niños sin amparo filial nos fue rodeando.
Había rostros diversos, unos más efusivos que
otros; todos inocentes. En el aire se respiraba la paz. Y
la alegría. Un diálogo —el primero—
con Bismar Jardines González, de 13 años, santiaguero
de Palma Soriano, resultó breve pero muy elocuente
del cariño que recibe.
—¿Qué es lo que más te
gusta hacer en tu Hogar?, preguntamos a este adolescente ciego.
—Siempre juego con unos bolos que tengo allá.
Son de madera.
—¿Quién es la mamá de tu
hogar?
—-Mi tía Noelvis.
—¿Cómo te trata?
—Bien.
—¿Vas a la escuela?
—Sí.
Se hizo el silencio. El niño parecía buscar
algo en el aire.
—¿Me quieres decir algo más?
—Que estoy de vacaciones, que aquí me tratan
muy bien.
Su hermana Danne Jardines González, de 14 años,
comparte el Hogar con él. Ella lo cuida y lo quiere.
—¿Qué tal la directora?
—Excelente. Es quien me ha criado desde que yo tenía
cinco años. Y hasta ahora es quien me ha dado el tamaño
y todo lo que tengo. La quiero como a una madre.
—¿Qué quieres ser en un futuro?
—Pianista. En mi casa hay un piano y yo lo manejo más
o menos.
—¿Alguien te ha enseñado?
—La hija de la directora. Cuando puede nos enseña
algunas cosas.
También de Santiago
de Cuba, Manuel Quintana Reyes, de 16 años, vive
en un Hogar desde sus seis años de vida, “en
una casa que está entre Trocha y Programación
del Reloj. Allí hay 11 niños contándome
a mí”.
—¿Qué tal las cosas?
—Me van bien. Me gusta pintar rostros, la naturaleza.
Comparto lo que pinto con mis compañeros. Me llevo
bien con todo el mundo.
—¿Aquí hay planes para ustedes?
—Vamos mañana al Zoológico, y también
nos llevarán a Varadero.

Katia García Brito recién
acaba de salir del Hogar para Niños sin Amparo
Filial. Se prepara como Instructora de Arte.
(Foto: Roberto Meriño) |
De Pinar
del Río, Katia García Brito, de 17 años,
sabe compartir las buenas noticias: “Acabo de salir
del Hogar; me dieron casa”.
—¿Con quién vivirás allí?
—Con mi abuela.
—Estuviste en el Hogar...
—Siete años...
—¿No pudiste estar antes con la abuela?
—No podía tenerme. Ella no tenía vivienda.
Prefirió ponerme en el Hogar para que no pasara trabajo.
Ahora me preparo como Instructora
de Arte. Comenzaré el cuarto año en la especialidad
de Música.
Marca profunda
Desde los primeros instantes del diálogo nos percatamos
de la fina sensibilidad de Anais Casanova Torres, de 39 años.
No fue difícil advertir en ella su fortaleza, y que
es una mujer de rigor, pero en sus ojos, ventanas del alma,
asomaba su corazón suave.
Es fundadora del programa de los Trabajadores Sociales que
nació el 10 de septiembre del año 2000. Estuvo
al frente de la Juventud
en la escuela de Cojímar, hasta la sexta graduación
de estos misioneros del alma, de los cuales conoce a muchos
a lo largo y ancho de la Isla.
—De algún modo tú también
has sido trabajadora social...
—Soy profesora de formación, pero me siento trabajadora
social porque me he enamorado del proyecto, de las cosas que
se hacen, de lo que se puede lograr.
—¿Cuáles han sido tus experiencias
más conmovedoras?
—La primera graduación, el primer curso de trabajadores
sociales. Fue un reto, algo que no conocía. Teníamos
el compromiso con Fidel. Creo que el mayor logro fue el reconocimiento
de los familiares de los primeros graduados del trabajo social,
que me consideraban, no como la secretaria de la Juventud,
sino como a la hermana, la amiga.
“Si me preguntas por otra experiencia, hablaría
del reto que significó dirigir a los trabajadores sociales
que estaban enfrascados en la Misión Milagro, tarea
con reconocidos resultados.
Trabajábamos con pacientes de diferentes países,
y teníamos el desafío de no equivocarnos, de
transmitir solidaridad, humanismo, felicidad a aquellas personas
que llevaban muchos años sin ver.
“Y si me preguntas por otro momento que me haya marcado
profundo, te contaría de las semanas en el campamento
de verano, donde pude compartir con los niños sordo-ciegos
y los familiares, con los que tienen implante coclear, con
los seropositivos al VIH...”.
—¿Cómo era la relación
con esos niños?
—Como para recordarla siempre. Los pequeños me
reconocían, me llamaban tía. Los padres no sabían
cómo agradecer lo que hacíamos porque entregábamos
mucho amor. Los llevábamos a dormir, estábamos
atentos a cada uno de sus detalles. Para mí fue muy
reconfortante.
“Conocimos niños que rechazaban el implante coclear.
Al hacer con ellos un trabajo de socialización, se
comprometían a usarlo. Descubríamos que en sus
barrios sufrían rechazo por tener el implante. Pero
era muy bueno cuando ellos se percataban de que había
otros como ellos en diferentes lugares del país.
“Fue hermoso ver que un niño que llegó
solitario, sin ganas de comer, terminaba feliz, sin deseos
de despedirse de nosotros. Más de una vez hizo falta
acompañar a alguna madre, con su hijo, de vuelta a
casa.
“Habían primos que no sabían que lo eran,
y que en este campamento de verano se encontraban por los
apellidos, por las historias. Hicimos un árbol genealógico.
Otra vivencia que me impactó fue la de una niña
sordo-ciega, cuya mamá nunca había salido de
Guantánamo.
La pequeña jamás había ido a la playa,
y cuando entró al mar, tuvimos que enamorarla con unas
chucherías, casi cayendo la noche, para que saliera”.
—¿Se sintieron bien los niños
seropositivos?
—No se sintieron aislados. Es lamentable que muchos
en la sociedad los miren con prejuicios. En el campamento,
desde las tías del comedor hasta cada trabajador social
no lo pensaban dos veces para cargarlos, darles la comida,
o acostarlos a dormir. A mí me obligaron a tirarme
en el mar, con ropa y todo, junto con ellos, porque era el
último día del grupo. Los padres lloraban. Sentían
que sus hijos habían sido tratados con cariño
y respeto.
“Aprovechamos para hacer muchas escuelas de padres.
Era importante que se relacionaran entre ellos, ver qué
estaban haciendo bien, y que no. Creo que los adultos notaron
el sacrificio de tener garantizadas al detalle cada una de
las necesidades, desde el chequeo médico de los pequeños,
las escuelas de padres, el transporte que no falló,
hasta la alimentación. Es señal de la voluntad
de la Revolución de llegarle a todo el mundo.
“Hice un compromiso con cada uno de los niños.
Si sigo en esta tarea, haré todo lo posible para que
el campamento de verano se mantenga, y cada año hacer
todo lo posible porque mejoren las condiciones y mejoren las
expectativas de satisfacción de cada uno de los que
vengan. Porque lo que se logra en una semana con la familia,
con amor, con indicaciones, no se alcanza en trabajos aislados,
en momentos aislados.
“Son muchas las historias. Hay un niñito del
municipio de Playa que me llama todas las noches. Es discapacitado.
Cuando hace unos días lo llevaron a operar, no quería
entrar al salón sin antes darme un beso. Tuve entonces
que salir del hospital donde estaba mi padre, muy delicado
de salud, para ver al pequeño. Me cuenta la madre que
cuando él salió preguntó por su papá,
por su hermano, y por mí... fui a donde estaba y le
di un beso... Son cosas que han dejado en mí una marca
profunda”.
¿Para siempre torcidos?
La niña ingresó en la escuela de conducta. Permaneció
allí solo seis meses. En estos momentos está
insertada en un centro de enseñanza “normal”.
“Es que ella se entretenía en el aula con la
libreta, con un dibujito, con cualquier bobería”,
explicó la madre Nerelis Saura Martínez, de
35 años, procedente de Ciego
de Ávila, municipio de Morón.
Nerelis mostró fascinación con el campamento
de verano: “Lo he comentado con los trabajadores sociales;
la atención es maravillosa. Los niños se sienten
muy contentos porque los llevan a muchos lugares. Mi niñita
se ve alegre, porque a decir verdad ella nunca había
venido a La Habana. Está feliz”.
Yisaura Pérez Saura, la hija de 11 años, solo
atinó a decir que estuvo en el Acuario, y en un parque
de diversiones. La trabajadora social Soliet Ávila
Bermúdez, de 19 años, había llegado para
hacerle compañía.
“He participado en otros planes vacacionales —comentó—,
no solo en este para niños con problemas de conducta.
La niña se ha portado maravillosamente. De Ciego de
Ávila son tres. Ellos están conociendo paisajes
que nunca pensaron ver. Soy para ellos como un familiar. Ya
me buscan, comparten sus inquietudes. Es de las cosas más
lindas que he vivido”.
El psicoterapeuta Raúl Banasco Rodríguez, con
37 años de experiencia atendiendo muchachos “difíciles”,
compartió con nosotros los frutos de su detenida observación
acerca del comportamiento de los participantes en el campamento
de verano: “Soy colaborador del Departamento de Educación
Especial del Ministerio, y trabajo de conjunto con psicoterapeutas
de todo el país y con trabajadores sociales en escuelas
de conducta.
“En este campamento he observado a los muchachos que
provienen de esos centros de educación especial. Algunos,
por sus comportamientos, ya se han ido insertando en centros
que no son de conducta. Los familiares están muy contentos.
Es primera vez que ellos participan en una experiencia como
esta. Y el resultado es muy bueno. Estuvimos en Playa
Girón, Playa Larga, conversamos mucho sobre historia...”.
—Según su experiencia de casi 40 años,
¿qué es lo que más necesitan estos muchachos?
—Afecto, cariño, comprensión. Es la primera
necesidad básica. Son niños con necesidades
educativas especiales. No siempre la familia y otras instituciones
les brindan las atenciones necesarias en la comunidad. Suelen
tener experiencias muy negativas desde las primeras edades,
y esto hace que vayan generando el trastorno que comienza
como un problema pequeño de conducta y termina convertido
en un trastorno más agudo”.
—¿Hay reversión posible?
—Absolutamente. Con ellos trabajan numerosos especialistas.
Es muy importante un esfuerzo aparejado con el niño,
y con la familia. Este campamento, por ejemplo, es una experiencia
muy positiva que debe ampliarse. Si estamos hablando de justicia
social, es este un magnífico esfuerzo, y un reconocimiento
a los niños y a los experimentados directores de las
escuelas”.
Estampas
Por años, entre los trabajadores sociales, se recordarán
las anécdotas deslumbrantes de lo que ha significado
este campamento de verano para los más pequeños.
Perdurará la imagen de un niño sordo-ciego oliendo
la comida con avidez y curiosidad; o el aleteo frente al mar,
a las cuatro de la mañana, de los niños con
Xeroderma Pigmentosum, porque sus vidas son inversamente proporcionales
a la luz del sol; o el asombro de los niños sordo-ciegos
o con implantes cocleares, que jamás habían
deslizado sus manos por el lomo o el hocico de un animal;
o los gritos de alegría de una niña sordo-ciega
que entró a una piscina, junto a un grupo de delfines,
y que luego se negaba a salir.
El maestro Raudel Rojas Montano, director de la Escuela Especial
de Trastorno de la Conducta Águedo Morales Reina, en
Pinar del Río, en el municipio de Consolación
del Sur, recordará siempre más de una historia
que compartió con nuestro diario:
“Conversábamos en la playa mientras mirábamos
un niño que no dejaba de abrazar a una trabajadora
social. Cuando él salió del mar le dije: “Lávate
los pies, no pareces ser hijo de tu mamá...”.
Y el pequeño miró a la muchacha como quien mira
a su madre, a su tutora. Había quedado pensativo.
“Una niñita se puso a recolectar pomitos plásticos,
de los que vienen con agua. Le dije: “No te va a alcanzar
el bolso para todo eso”. Y ella: “Profe, cuando
llegue a mi barrio sabrán que vine de lejos, de un
lugar donde había cosas lindas”“.
No hubo abandonos
En una sola noche, en una sola velada, coincidieron decenas
de mujeres tremendas. Recibieron flores de los trabajadores
sociales del presente, como parte de las actividades acontecidas
durante el campamento de verano. Ellas son las trabajadoras
sociales que tuvo la Revolución en sus primeros años
para restañar los ánimos rotos, para salvar
los abismos humanos más increíbles.
Miriam Mendoza Aguilar, quien trabaja en la Dirección
Provincial de Educación de Ciudad
de La Habana, y es trabajadora social, confesó
estar muy marcada por su labor: “porque no es fácil,
por ejemplo, cuando tú recoges a un niño que
ha sido abandonado en un hospital, que tiene 40 días
de nacido, y tú lo tienes en tus brazos casi todo el
día; lo llevas de aquí para allá, para
que lo examinen, y después lo tienes que dejar en una
institución... Al menos a mí, me cuesta muchísimo
trabajo desprenderme.
“Tenemos centros que abarcan desde el primero hasta
el sexto año de vida. Luego, cuando el niño
pasa a la escuela primaria, no dejamos de atenderlo. Viva
usted convencida de que en este país el niño
que llega y llora en este mundo, es acogido si no tiene a
sus familiares. Si por determinadas causas fueran abandonados,
son acogidos en un lugar donde, en la medida de las posibilidades
que tenemos, se les da todo”.
Delia Fernández Rodríguez, jubilada, trabajó
34 años en el ámbito de la enseñanza.
Atendió círculos infantiles, y de entonces recuerda
los paseos, las lindas ropas, la comida, el cariño
que se prodigaba a los más desprotegidos, a aquellos
cuyos padres habían fallecido, o estaban presos, o
por alguna otra razón se encontraban lejos del hogar.
“Fue una etapa de gran preocupación, y de mucha
ocupación. Algunas empleadas de círculos infantiles
se llevaban a sus casas a algún pequeño el fin
de semana, por tal de que no se quedaran solos en la institución”.
—¿Algún recuerdo?
—El de una niña que fue adoptada por un matrimonio
que tenía sus dos hijos. Ella era la hembra, la niña
de la familia, y recuerda a su círculo infantil con
mucho cariño. Me decía: “¿Por qué
tú eres blanca y Margarita es carmelita?” Así
identificaba a su directora.
A Estela Lazo Pérez, jubilada de Educación,
le preguntamos, entre otras muchas cosas: ¿Cuántos
niños usted cree haber tenido bajo su tutela en sus
32 años de trabajo?
“Son muchos, porque había niños de madres
presas, y enfermas, y también de trabajadoras”.
—¿Recuerda a algún niño
en especial?
—Una niñita extranjera, que llegó a un
círculo, y que por poco se arranca las orejitas dándose
golpes y golpes, porque no se adaptaba, y a los tres días
ya estaba encantada de la vida. Los padres eran estudiantes
en Cuba, estaban becados y no podían tenerla. Este
país ha hecho mucho por los niños, por los de
Cuba y los de afuera también.
Otra jubilada de Educación, Nidia González Rodríguez,
vivió durante décadas cómo el país
atendía a las personas más vulnerables: “Le
puedo decir que hace unos diez años, cuando me jubilé,
el abandono materno en los hospitales había disminuido.
Las personas veían que el Estado las atendía,
que los niños adoptados tenían los mismos derechos
que los demás. Fue evolucionando la conciencia sobre
el tema de educar y acompañar mejor a los hijos”.
Un sello, un obsequio
“La experiencia más grande vivida en este campamento
es el agradecimiento de los niños, la sonrisa, sus
gestos espontáneos”, expresó Lixgiana
Álvarez Rodríguez, quien dirige el frente de
Atención a la población infantil en el Programa
de Trabajadores Sociales.
Y en ese instante retomó la historia de Maikel Alarcón
Periarte, de ocho años de edad, matriculado en una
escuela de conducta, al cual se le había roto un zapato.
Como la trabajadora social se lo arregló con prontitud,
él le obsequió un sellito a modo de reconocimiento,
aunque estas fueron sus palabras: “Yo se lo doy porque
tengo muchos más”.
—¿Cómo la has pasado?,
preguntamos a Maikel.
—Bien.
—¿Qué has hecho?
—Comer, jugar con los maestros. He jugado bolas, y he
estudiado yo solito allá arriba.
—¿Qué es lo que más te
gusta hacer a ti?
—Jugar pelota.
—¿Qué quieres ser?
—Pelotero.
—¿Por qué le diste un sellito
a la trabajadora social?
—Porque sí, porque es buena. Me llevó
los cubiertos. Otras veces me enseñó dónde
estaba el baño, y me atendió cuando tenía
hambre...
Hablaba él de Anaite Ramos Rodríguez, de 25
años, quien más tarde nos dijo: “Soy recién
graduada de Psicología. Antes de graduarme, ya atendía
a los niños con necesidades educativas especiales.
Aquí en el campamento nos acostamos a las dos, tres
de la mañana, y sobre las cinco y algo más de
la mañana ya estamos de pie. Tratamos de crearles hábitos
a pesar del corto tiempo en que están acá.
“Un niño que había sido abandonado por
su madre por tener una malformación congénita,
cumplió aquí los 13 años. Lo celebramos,
y llegó a decir que yo era su mamita, y que mi compañero
era su papá. Cuando se fue lloraba...
“A veces una se queda nostálgica. Se siente responsable
del futuro de ellos, de la necesidad de prepararlos para la
vida. Puede creerme o no, pero cuando estoy estresada prefiero
llegarme hasta una escuela de conducta, a interactuar con
los pequeños. Y una hora me basta para reconciliarme
con todo, para recordar muchas esencias de la suerte humana”.
1 Según la búsqueda en Internet,
el implante coclear es un transductor que transforma las señales
acústicas en eléctricas que estimulan el nervio
auditivo.
2 Xeroderma Pigmentosum (XP): Enfermedad genética que
provoca en el paciente un daño en la capacidad de reparación
del ADN de las células de la piel que han estado sometidas
al efecto de las radiaciones ultravioletas.
(Tomado de www.juventudrebelde.cu)
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