| Ante
la indisciplina social
¿Quién puede hacer la
diferencia?
La indisciplina social es contraria al desarrollo,
el progreso y la consecución de una vida mejor. Su
existencia favorece la ilegalidad y, por tanto, actitudes
pasivas, tolerantes y de inacción ante estas manifestaciones
pueden acarrear graves consecuencias.
Por IWC
Miguelito ha comprado un equipo de música
nuevo. Llevaba ahorrando un año y ahora su flamante
artefacto, de 300 watts de potencia, luce en la sala de su
casa. Lo instala, llama a sus amigos, a sus no tan amigos
y a cuantos conoce. Comienza la tanda. Lo pone “a to´lo
que da”, para probarlo.
Retumban los cristales, la puerta se estremece,
casi tiembla la tierra ante tanto decibel. Es el primer día
y lo está probando. También, el segundo, el
tercero…, el decimoquinto. “Son seis meses de
garantía lo que tiene y tengo que 'quemarlo' al máximo”.
Al máximo están los vecinos.
Para escuchar el televisor deben subir el volumen. Para comunicarse,
tienen que gritar. ¿Por qué no hablan con él?
”Porque en su casa cada cual hace lo que mejor le parece”,
responde ingenuamente uno, olvidando quizá que la bulla
sobrepasa los límites del apartamento de Miguelito,
quien se justifica, además: “Total: solo la pongo
hasta las 12 de la noche. De mí no puede haber quejas.
Incluso pongo discos que le gusta a la gente: reggaetón,
salsa, baladas…”.
Son 16 viviendas. Me pregunto si lo elemental
ha variado y la diversidad es únicamente cuestión
de copias y papel carbón. ¿No hay en ese bloque
quien prefiera otros géneros musicales?¿Y si
alguien quiere disfrutar del silencio, la tranquilidad y la
paz? “Que se vaya al parque”, responde Miguelito
un poco en broma, pero que no lo es tanto. “¿Qué
podemos hacer?”, se preguntan los inquilinos, “la
policía solo interviene pasadas las 12 de la noche”.
El futuro sin ruedas
“El latón lo pusieron ayer y ya hoy le faltan
las ruedas”, comenta una vecina refiriéndose
al receptáculo de basura. “¿Nadie vio
nada?” Se encoge de hombros. La ceguera selectiva, esa
de ver solo lo que conviene, al parecer predomina en todo
el barrio. Pasarán solo pocos días y aparecerá
una carretilla cuyas ruedas, coincidentemente, son similares
a las que desaparecieron casi por arte de magia.
Si preguntaras a ese alguien,
la respuesta sería simple y vaga: “Las conseguí”.
Pero el tipo es un excelente vecino, que presta su carretilla
para ir a buscar el gas, transportar algún mandado
u otra carga pesada. “Es la necesidad”, justificará
la mayoría, que parece olvidar la necesidad de preservar
lo que con tanto esfuerzo se obtiene, amén de la importancia
de mantener esos recipientes para la higiene de la comunidad.
Eso no es todo: en otro barrio, junto a un reservorio como
el anterior, se acumula basura de todo tipo, putrefacción
pululante, una montaña de escombros. “No tenemos
los equipos suficientes y en esa zona debemos recoger los
desechos todas las semanas. ¡Y nada de camión
recolector! Casi todo se hace manual”, explica uno de
los encargados del servicio de Comunales.
Tiene razón. La montaña se
allana a golpe de palas y manos. Para extraer los desechos,
los obreros voltean el latón que cae estruendosamente,
sufriendo, con frecuencia, quebraduras. A ese paso pronto
será un desecho más. Otro contenedor que nada
contiene.
La política de “resolver hoy”
y “mañana veremos”, predomina. Unas ruedas
sustraídas, la conclusión de un trabajo en tiempo
sin tener en cuenta las consecuencias de cómo lo realizamos,
son solo una pequeña parte que se traduce en el despilfarro
de recursos que luego habrá que invertir nuevamente
en lo mismo.
Un ciclo para el que se necesita encontrar
una salida, si queremos conseguir el aprovechamiento de los
recursos y las inversiones para el mejoramiento de la productividad
y la economía en general.
Señales de
humo
El vandalismo contra los teléfonos públicos
parece ser, entre las indisciplinas sociales, la que más
prolifera. En un breve conteo por las calles de la capital
se puede notar que, como promedio, de cada cinco teléfonos,
solo uno permanece intacto. Pantallas rotas, auriculares inexistentes
y hasta algunos sin teclas, suelen conformar el panorama que
presenta un servicio de tan vital importancia.
ETECSA, la empresa de la telefonía
en Cuba, insiste en la protección de dichos equipos,
en los cuales se invierte una fuerte suma para satisfacer
la demanda. Si los pocos que tenemos sufren del constante
embate de individuos irresponsables, ¿cuándo
podremos aspirar a un mejoramiento en las comunicaciones públicas?
Uno de esos individuos, al parecer conversaba
con una muchacha que le había dado el desplante y,
al colgarle del otro lado de la línea, decidió
emprenderla a golpes contra la única vía de
comunicación en funcionamiento que disponían
en ese barrio. Al ser interpelado por un anciano que, “pacientemente”,
esperaba su turno, respondió:”El teléfono
no es mío”, a lo cual aquel anciano, con muchísima
paciencia, respondió: “Te equivocas. Sí,
es tuyo, y también es de nosotros”. Estas palabras,
sin duda, lo resumen todo.
Zafarrancho urbano
Un grupo de muchachos sale de la escuela y espera el ómnibus
en la primera parada. Hay un enjambre de ellos, ni siquiera
se molestan en pedir el último. No importa que el transporte
haya mejorado ostensiblemente. Da igual que en la cola permanezcan
embarazadas o minusválidos. La batalla campal está
por comenzar. Ventanillas, puertas que son asaltadas por la
lucha de un asiento hasta su destino. Nadie se salva de la
estampida, es mejor apartarse. Cuando los interpelas acerca
del porqué de su conducta, alguno que otro simplemente
contesta: “Es la costumbre”.
Pero esta conducta no es privativa de los
jóvenes, como pudiera creerse. Otro lugar, una hora
tranquila, la guagua casi vacía y diez personas, todas
adultas, en la parada. Solo tres montarán por la puerta
adecuada y pagarán el importe. Aunque el ómnibus
venga prácticamente vacío y en hora, siete lo
han abordado por la puerta trasera, evadiendo así el
pago. Si les preguntas responden lo mismo (al parecer es una
frase común para este tipo de comportamiento): “Es
la costumbre”.
Sin lugar a dudas, hay costumbres que, urgentemente,
deben ser modificadas.
La lucha de cada
día
“En la panadería hoy están haciendo el
pan bueno. Imagínate: tienen inspección”.
No es un sitio en específico. El mal del peso o la
inexactitud, al parecer, se ha expandido como una pandemia
por el comercio cubano. La onza ha adelgazado para engordar
el bolsillo de algunos que están en la lucha.
“La lucha cotidiana, la sobrevivencia, la búsqueda
de cada cual”, aclara uno aunque, como buen cubano que
soy, sé perfectamente lo que significa.
Lo cierto es que la connotación de
la palabra “luchar”se ha ido tornando escurridiza
para nombrar con eufemismo lo que antes se denominaba “robar”.
Y si no es así, ¿qué es lo que hace el
carnicero de uno que otro agromercado cuando te despacha,
“por equivocación”, dos libras menos de
carne de puerco? ¿O el que te cobra una piña
sin pesarla? ¿O el dedito por debajo de la medida de
la cuota del aceite? ¿O el poco champú extraído
en alguna tienda por algún dependiente? ¿O…?
¿O…?
Hay muchos otros ejemplos y, curiosamente,
una sola y unánime respuesta: “Estamos luchando”.
Pero, ¿luchando contra qué? Imagino que no con
su conciencia. “La lucha” se ha extendido como
un cáncer por el comercio, afectando, más que
a nadie, al cubano de a pie.
Hay que buscar soluciones, y no como precisamente
dijo una señora al exhibir orgullosa su pan, tan diferente
al resto de la semana. “Deberían poner inspectores
los 365 días del año”. Dicha ironía
provocó la risa general. Aunque, si nos detenemos un
instante a reflexionar, estoy seguro de que no reiríamos
para nada.
Preciado regalo
La enfermera sale y ante una numerosa cola —y para desaliento
de muchos que se han levantado muy temprano y han dejado de
trabajar— dice: “El ultrasonido está roto.
Tienen que venir otro día”. La consternación
se propaga. Otro día, otra madrugada, otra oportunidad
en la que, tal vez, ocurra lo mismo o algo similar que impida
la atención al público.
No. Mejor es estar del otro lado, pertenecer
al grupo de los conocidos o referidos por alguien, para quienes,
a pesar de estar “roto”, el equipo no solo se
pone a su disposición, sino que –para colmo–
le entregan rápidamente los resultados en sus manos.
¿Cómo es posible esto? ¿Acaso
existe un tipo de pase mágico que hace que unos equipos,
obligatoriamente a disposición de todos, excluyan a
unos sí y a otros no? ¿Cómo es posible
que para el traslado de una anciana no haya disponibilidad
de ambulancia, y luego, gracias al mismo pase mágico,
aparezca una, dispuesta incluso a esperar el tiempo necesario?
La paja en el ojo
ajeno
Hechos como los anteriores lesionan la integridad ciudadana.
La indisciplina social toma muchos cauces, y llega incluso
a hechos vandálicos. Hay quienes llegan a afirmar categóricamente
que estas conductas impropias tienen que ver con la incitación
a los mismos, debido a la constante agresión que vive
Cuba por su vecino del Norte.
Si bien la provocación está presente, hay que
buscar causas más profundas para la proliferación
de este mal. No se puede ser simplista. Desde pequeños,
cuando hacíamos lo que otro proponía y aquello
terminaba en desastre, se solía terminar la reprimenda
con la frase archiconocida por todos los cubanos “¿Y
si te mandan a tirarte en un pozo…?”.
Por ahí anda la cuestión.
Nadie hace nada si no está convencido, o ha sido convencido,
de que debe llevarla a cabo (al menos en estos casos no es
a punta de pistola, obligado…no es el caso); por eso,
la causa principal de la indisciplina social no hay que buscarla
en la constante agresión que vive un país como
el nuestro.
Una parte puede tener ese origen, pero no
es el predominante. Los factores principales provienen de
nuestra propia casa. Desde el “haz lo que yo digo y
no lo que yo hago”, tan presente hoy en nuestra sociedad,
donde muchos se escudan tras el facilismo de culpar a otros
por su ineptitud y donde los más incapaces llegan a
tildar cualquier crítica o línea diferente,
como una conducta contraria a la Revolución.
No hay que ser ciegos. Nuestra sociedad,
con todos sus valores humanistas y de predominio del ser humano
por encima de todos, también cuenta con mediocres,
oportunistas, facilistas y mentirosos que, desde ciertas posiciones,
solo buscan mantenerse en ellas a toda costa. El ejemplo,
como bien pregonaba el Che,
es la esencia de la educación; son las acciones quienes
deben hablar por los hombres más que las palabras.
¿Cuánto resquebraja el valor
de un joven si alguien dice que no se debe hacer esto o lo
otro, y luego de pregonarlo es el primero en incurrir en tales
hechos? ¿Acaso no hay muchos que —y aquí
se puede hablar desde la casa hasta el centro de trabajo—
están lesionando los valores verdaderos como la honestidad
y la solidaridad, por unos de doble rasero como la falsa moral,
el egoísmo, el oportunismo y la hipocresía,
tan solo por un turbio beneficio?
Nadie está exento, todos tenemos
algo de responsabilidad ante el teléfono roto o hasta
con los vertederos que pululan en ciertos sitios. Todos tenemos
algo que ver, desde las entidades que se escudan detrás
de unos números y altas dosis de burocratismo, hasta
el simple ciudadano que ve y deja pasar estas conductas impropias.
Si usted se preguntase ante la realidad que vivimos: ¿Quién
puede hacer la diferencia? Yo le puedo responder:
Usted, sí, usted puede hacer la diferencia.
Cada uno de nosotros puede hacer la diferencia.
No esperemos más. Y comencemos a marcarla desde hoy,
todos juntos.
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