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El Che desde el Che
Lo mejor de lo humano
¿El hombre? ¿El mito? Acercarse a Ernesto
Che Guevara entraña un reto y compromiso hacia esa
figura trascendental que nos dejó como legado, precisamente,
su ejemplo e ideas.
Por IWC

(Foto: Archivo) |
A pesar de la vida intensa que vivió
y del poco tiempo que le dejaban sus ocupaciones, el
Che dejó a su paso numerosas reflexiones, discursos,
entrevistas y cartas que ahora son utilizadas para este diálogo
imaginario.
Todos los textos pertenecen a su autoría.
Quien compila estas páginas tan solo ha cambiado algún
tiempo verbal y alguna que otra palabra.
¿Cómo planearía
el joven Ernesto la experiencia de su primer viaje por América
Latina?
“Así, la moneda fue por el
aire, dio muchas volteretas; cayó una vez 'cara' y
alguna otra 'seca'. El hombre, medida de todas las cosas,
haba aquí por mi boca y relata en mi lenguaje lo que
mis ojos vieron; a lo mejor sobre diez “caras posibles
solo vi una seca”, o viceversa, es probable y no hay
atenuantes; mi boca narra lo que muchos le contaron (…)
Ese vagar sin rumbo por nuestra 'Mayúscula América'
me cambió más de lo que creí.
“Recuerdo que en un pueblo llamado
Baquedano nos hicimos amigos de un matrimonio de obreros chilenos
que eran comunistas. A la luz de una vela con que nos alumbrábamos
para cebar el mate y comer un pedazo de pan y queso, las facciones
contraídas del obrero ponían una nota misteriosa
y trágica; en su idioma sencillo y expresivo contaba
de sus tres meses en la cárcel, de la mujer hambrienta
que lo seguía con ejemplar lealtad, de sus hijos, dejados
en la casa de un piadoso vecino; de su infructuoso peregrinar
en busca de trabajo, de los compañeros misteriosamente
desaparecidos, de los que se cuentan que fueron fondeados
en el mar.
“El matrimonio aterido, en la noche
del desierto, acurrucado uno contra el otro, era una viva
representación del proletariado de cualquier parte
del mundo. No tenía ni una mísera manta con
que taparse, de modo que le dimos una de las nuestras y en
la otra nos arropamos como pudimos Alberto y yo.
“Fue esa una de las veces en que he
pasado más frío, pero también, en la
que me sentí un poco más hermanado con ésta,
para mí, extraña especie humana”.
A pesar de que aún
no se había graduado o tenido alguna experiencia, ¿qué
le aportó el viaje a la profesión?
“En Valparaíso tratábamos
de establecer contacto directo con los médicos de Petrohué
pero estos, vueltos a sus quehaceres y sin tiempo para perder,
nunca se avenían a una entrevista formal; sin embargo
ya los habíamos localizado más o menos bien
y esa tarde nos dividimos: mientras Alberto les seguía
los pasos yo me fui a ver una vieja asmática que era
clienta de La Gioconda, un lugar donde comíamos.
La pobre daba lástima, se respiraba
en su pieza ese olor acreced sudor concentrado y patas sucias,
mezclado al polvo de unos sillones, única paquetería
de la casa. Sumaba a su estado asmático una regular
descompensación cardiaca.
“En estos casos es cuando el médico
consciente de su total inferioridad frente al medio, desea
un cambio de cosas, algo que suprima la injusticia que supone
el que la pobre vieja hubiera estado sirviendo hasta hacía
un mes para ganarse el sustento, hipando y penando, pero manteniendo
frente a la vida una actitud erecta.
“Es que la adaptación al medio
hace que en las familias pobres, el miembro de ellas incapacitado
para ganarse el sustento se vea rodeado de una atmósfera
de actitud apenas disimulada; en ese momento se deja de ser
padre, madre o hermano para convertirse en un factor negativo
en la lucha por la vida y como tal, objeto del rencor de la
comunidad sana que le echará su enfermedad como si
fuera un insulto personal a los que deben mantenerlo.
“Allí, en estos últimos
momentos de gente cuyo horizonte más lejano fue siempre
el día de mañana, es donde se capta la profunda
tragedia que encierra la vida del proletariado de todo el
mundo; había en esos ojos moribundos un sumiso pedido
de disculpas y también, muchas veces, un desesperado
pedido de consuelo que se perdía en el vacío.
“Mucho no pude hacer por la enferma:
simplemente le di un régimen aproximado de comidas
y le receté un diurético y unos polvos antiasmáticos.
Me quedaban unas pastillas de dramamina y se las regalé.
Cuando salí, me siguieron las palabras zalameras de
la vieja y las miradas indiferentes de los familiares”.
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