| Para
crear un teatro nuestro
Por Roly
Ávalos Díaz

Un nombre imprescindible en la historia
del teatro cubano.
(Tomada de www.cmbf.radio.cu) |
Muchos dicen que se trata del
dramaturgo más popular de nuestro archipiélago.
Otros que, junto a José
Ramón Brene, Carlos Felipe, Gerardo
Fulleda León, Eugenio
Hernández Espinosa, por citar algunos, tiene un sitio
cimero y bien correspondido. Según el crítico
y periodista Jorge Rivas es “uno de los exponentes más
altos del teatro cubano de todos los tiempos, y sin dudas,
el más pródigo cultivador (…) del vernáculo
en la comedia dramática costumbrista del siglo XX”.
Y Rivas no se refiere a la “tríada
del negrito, la mulata y el gallego del período costumbrista”
llevado a un plano más actual, sino al enfoque crítico
que realiza su autor para analizar dilemas contemporáneos
y sociales, lo cual resulta también una síntesis
de la identidad del cubano. Del contacto que he tenido con
gran parte de su obra, puedo, y me atrevo a afirmar, que es
muy difícil no caer en la trampa del encanto de sus
personajes.
La obra del dramaturgo Héctor
Quintero se inserta en las venas de la sociedad cubana
con un pulso muy fresco, logrando una identificación
general con el público. Sus personajes, coloreados
de realidades aparentemente “cotidianas” logran
atraer a cualquier persona interesada en reírse y conocer,
mediante la ironía y la comedia, una atmósfera
poblada de matices oscuros que arrastraba la sociedad de los
tiempos pasados, y también, en ocasiones, la de los
actuales.
Hablo del caso, por ejemplo, de “Contigo, pan y cebolla”,
comedia que invoca la época prerrevolucionaria, que
ha sobrevivido a más de 30 largos años y aún
puede ser representada en la contemporaneidad y hacernos reír
a carcajadas o llorar con la situaciones por las que pasan
sus famosos personajes.
Lala, Fefa, Anselmo, Lalita y Anselmito
son el eje central de la historia, aunque podrían sumarse
como personajes el refrigerador y la radio. Desde el inicio
de la historia el primero tienta a su búsqueda quijotesca,
encabezada por Lala, que vive en la constante preocupación,
no sólo debido al “qué dirán”
y sus vecinos, sino por brindarle bienestar a su familia.
Y la radio, porque hábilmente su autor supo usarlo
como vía para que el lector-espectador sienta en carne
propia la realidad consumista que impregnaba en Cuba a mediados
de los años 50.
De esta obra, afirmaría más tarde el autor:
“Yo pienso que el tema argumental de “Contigo,
pan y cebolla” ya no pertenece a Cuba; sino que se expande
hacia muchísimos pueblos de América Latina,
que tienen la misma situación que se narra: la familia
de baja extracción económica. Sin embargo, continúa
siendo un recuerdo para los que vivimos aquella etapa, y un
periódico para los que no conocieron realidades como
esas“.
Para Lala, considerada por los especialistas como uno de los
grandes personajes del teatro cubano, garantizar la alegría
de su núcleo familiar constituye toda una odisea, y
se esfuerza por inculcarle a Lalita y Anselmito que “sean
alguien en la vida”. Pero la historia toma su curso
y las circunstancias los obligan a otras maniobras para subsistir.
No obstante, el elemento de humor en la
obra se debe a los quejosos comentarios de Fefa, que vive
pegada a su radio y su comadrita, y de sus discusiones interminables
con Lala, quien le dedica desplantes de todo tipo incluso
después de muerta, aunque sin una maldad premeditada.
“LALA: (…) Si no llega a ser por aquel billetico
de la lotería, no sé qué hacemos. Hubiéramos
tenido que meterla en una caja de bacalao y tirarla al mar.”
Las obras de Quintero no son solo cubanas, sino muy cubanas,
y queda evidenciado en “Contigo, pan y cebolla”
o “El premio flaco”, pero aún más
en “Mambrú se fue a la guerra”. La realidad
se centra en un momento del país cuando aún
existen y luego se combaten viejas modas mentales.
En un primer plano muestra una historia
de amor entre dos adolescentes de principios de los años
70, y como fondo se ve, en la sucesión de la trama,
el retrato que hace su autor de costumbres enraizadas en el
cubano, mediante el recurso de los coros, y con la misma puntería
que alaba las más graciosas conductas a través
de las voces de personajes populares, exhorta al derrocamiento
y rechazo de las que son destructivas.
En “Mambrú …” es un hecho que escena
tras escena y acto tras acto, sus personajes apelen a puntos
de giros bruscos, pero a la larga tratando de hallar soluciones
positivas, abiertamente comunicables, nunca cerradas.
El dramaturgo
Héctor Quintero nació en La
Habana, un lejano primero de octubre de 1942. Matriculó
en la Escuela de Comercio de Guanabacoa, pues entonces el
Arte Dramático era menospreciado. Sin embargo, poco
tiempo después respondió al llamado de su vocación.
Comenzó su carrera durante la adolescencia como actor
de teatro y años después trabajó en el
Instituto Cubano de Radiodifusión. De sus primeros
tanteos en la escritura dramática fluyeron obras que
acabaron engavetadas (“La habladora”, “Ojos
azules”, “Habitación 406”), estas
dos últimas estrenadas en 1960 y 1961, respectivamente.
En cambio, con solo 20 años obtuvo
mención en el prestigioso certamen Casa de las Américas,
gracias a la ya conocidísima “Contigo, pan y
cebolla”. El grupo Teatro Estudio la llevó al
escenario de la sala Hubert de Blanck, en 1964, cuando público
y crítica quedaron igualmente perplejos ante la curiosa
mezcla de juventud y talento de su autor.
Sus comedias aparecieron en los momentos
que más falta hacía, ante las carencias artísticas
en torno al género. Desde entonces, Quintero se ha
convertido en uno de los dramaturgos más populares
y preocupados por el acontecer nacional.
En 1965 ganó mención otra vez en el Premio
Casa, esta vez con “El
premio flaco”, sin duda una de sus obras más
laureadas en diversos festivales.
A raíz del estreno de esta obra, expresó hacia
1970: “No creo que logremos jamás una literatura
dramática nacional si estamos tan pendientes de cómo
hace Ionesco, o de cómo hace Beckett (…) Nos
separan enormes distancias no sólo geográficas,
sino también culturales y de todo tipo. (…) pero
en este momento contamos en Cuba con las condiciones para
crear un teatro nuestro, con nuestra problemática,
con objetivos dirigidos a nosotros mismos, lo cual no quiere
decir que esto no trascienda los límites nacionales.”
En 2004 le fue concedido el Premio
Nacional de Teatro, junto a la actriz Hilda Oates. En
mayo de 2007 retornó a la dirección con tres
monólogos y las actuaciones de Natasha Díaz,
Mario Aguirre, Paula Alí, etc., espectáculo
que llevó el nombre “3 en 1”, con textos
ya mencionados en párrafos anteriores.
Héctor Quintero continúa llenando las salas
teatrales de un público que se contempla desde la piel
de Lala, Esperanza Mayor, Iluminada o Anselmito, atrayendo
otro caudal de personajes, en ocasiones tragicómicos,
digamos que encontrándose, en el bojeo constante, de
una definición escurridiza y única: ser cubano.
|