| ¿Cómo
se conforma nuestra personalidad?
¿Honesto o Hipócrita? ¿Cobarde
o valiente? ¿Cómo soy en realidad? ¿Qué
deseo? ¿Qué busco? ¿Hacia dónde
me dirijo?... Hay un sitio donde todas las interrogantes obtienen
su respuesta.
Por IWC

El hombre siempre intenta encontrarse
a sí mismo.
(Foto: Elio
Miranda) |
Se dice que en la Grecia antigua el Oráculo
de Delfos era un sitio dedicado al dios Apolo, que gozaba
de inmenso prestigio porque lo hombres solían acudir
allí para conocer los designios que les deparaba el
futuro. No se asumía una guerra, viaje o matrimonio
sin que primero se efectuara la debida consulta a los augures.
El Oráculo solía
responder con inusitadas frases destinadas a que solo el interlocutor
pudiese comprenderlas. Como en un acertijo, la pitonisa en
trance encargada de hablar por el oráculo dejaba caer
las palabras una a una. En la puerta del templo estaba cincelada
en mármol la única y verdadera expresión
para todo habitante de la Tierra, la fuente de todas las respuestas,
de todos los caminos a recorrer. Aquella inscripción
sabia sencillamente rezaba: “Conócete a ti mismo”.
La importancia de ser uno
¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?
¿De dónde venimos? ¿Qué conforma
nuestra personalidad? ¿Qué delimita nuestro
carácter? ¿Qué le da a cada ser humano
esa cualidad de ser único e irrepetible? ¿Por
qué actuamos de tal o más cual manera?
Disciplinas como la Filosofía, la
Psicología y la Antropología, entre otras, han
tratado de responder estas preguntas y, obviamente, las respuestas
han sido múltiples y variadas. Forman un amplio abanico
que va desde la consideración casi exclusiva de la
influencia medioambiental y los estímulos externos,
hasta los defensores de la acción única del
mundo interno, los impulsos sutiles recibidos más allá
incluso de la mente.
Lo cierto es que los límites están cada vez
más desdibujados y se hace difícil crear definiciones
que enmarquen los conceptos. Sin embargo, el hombre, más
allá de cualquier ciencia, intenta encontrarse a sí
mismo y de esto depende no solo su condición individual,
sino la de toda la sociedad.
Indagar en nuestra auto-búsqueda
genera conocimiento, nos permite saber qué nos gusta,
por qué hacemos ciertas cosas o el propósito
que pretendemos lograr con nuestra existencia. Solo auto-reconociéndonos
se consigue ser feliz, pues la medida exacta de la satisfacción
es un rasero que varía con cada hombre o mujer.
Perderse en este camino suele producir situaciones
desastrosas: personas nada originales que callan lo que piensan,
que soportan “contra su voluntad” desde maltratos
o injusticias tan solo porque es lo que está establecido;
seres llenos de miedos, egoísmo, rencores, apegos e
inseguridades; personas ignorantes de sí mismas (porque
hay una ignorancia que va por encima de saber leer y escribir).
¿Qué
es la personalidad?
Se suele aceptar que la personalidad es un producto de la
formación y evolución del ser humano a partir
de dos factores: el temperamento y el carácter. El
temperamento (como bien lo explicaba ya Hipócrates:
flemático, sanguíneo, melancólico o colérico)
depende de un estado orgánico congénito, es
decir, es la impresión genética de la especie
y su evolución, de tus abuelos, tus padres y toda la
experiencia acumulada genéticamente por nuestra raza.
Es la que permite al hombre expresarse espontáneamente
frente al mundo exterior.
El carácter es la consecuencia de
la elaboración paulatina en la que el individuo regula
las presiones del temperamento y los instintos, determinando
la conducta y propósitos del mismo, los que variarán
según la educación recibida y aprendida, y las
relaciones de cada persona con las demás y el medio
que le circunda.
La personalidad, que requiere a la conciencia
como centro para mejorar aun más ese tapiz de elementos
constitutivos que llegan a distinguir a una persona de las
demás, es la que agrupa en sí los hábitos,
actitudes, ideas, memoria, motivaciones, pautas de acción.
Es donde encajan las conductas dirigidas hacia el exterior
y visibles, y otras internas que no siempre se dejan ver,
como las emociones o las ideas.
Para explicarlo mejor, remitámonos
a las últimas investigaciones sobre genética,
biología molecular y neurología. Los más
recientes resultados demuestran que muchos rasgos de la personalidad
central se heredan al nacer, y también que muchas diferencias
entre los estilos individuales son el resultado de diferencias
genéticas.
Cada uno de nosotros fue concebido por dos
personas, fue creado a partir de sus genes. Somos producto
de generaciones enteras de evolución, incontables fragmentos
de información reunida en millones de años,
concentrada, reducida y refinada, hasta que llegamos al mundo.
Nos parecemos a las personas de nuestra familia, y en algunos
aspectos también sentimos y actuamos como ellos.
En cuanto a ciertos ragos de nuestra personalidad
tenemos tan escasas posibilidades de elegir como en cuanto
a la forma de tu nariz o el tamaño de tus pies. Esta
dimensión innata y biológica es la que los sicólogos
denominan temperamento.
Ahora bien, el hecho de haber nacido con
un temperamento determinado no significa una serie de instrucciones
o un destino impreso en piedra. La existencia del temperamento
para nada representa que un ser humano deba cargar con su
personalidad desde el nacimiento. Por el contrario: una de
las maravillosas características del temperamento es
su flexibilidad incorporada que nos permite adaptarnos a los
desafíos y obstáculos de la vida.
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