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Arte


Irakere


Genialidad y virtuosismo a golpe de tambor

Hace tres décadas no pasaban de un atrevido sueño de juventud. Hoy día Irakere se inscribe entre los clásicos del universo sonoro de la Isla. En su trayecto formó artistas de talla extra y definió los derroteros de la música popular cubana contemporánea.

Por Pável López

 

El pianista cubano Chucho Valdés, director del grupo Irakere.
(Foto cortesía del Instituto Cubano de la Música)

Insólita explosión musical. Sonido ambiental proyectado con modernísima irreverencia. Promiscuo coctel donde dialogan agresivamente lo clásico y lo popular, lo cubano y lo universal. Changó extasiado con la sinfonía de los violines y Mozart enfebrecido con la cadencia de los tambores batá. Todo ello condimentado con una sugestiva atmósfera electroacústica.

Retengamos la imagen en nuestra mente y quizá podamos respirar por unos segundos el inconfundible aroma de Irakere; una orquesta que llevó la experimentación y el riesgo artístico a niveles insospechados.

Aunque tal vez los excesos de esta pluma no sean suficientes.

Hacia 1977, Chucho Valdés, su principal artífice, describía sin grandilocuencia este proyecto en el número inicial de Somos Jóvenes:

”Este grupo es un laboratorio musical (…), pretendemos crear una música nueva, fresca, para jóvenes, donde en el lugar protagónico estén siempre presentes nuestros ritmos afrocubanos”.

Lejos estaban de imaginar que en apenas dos años traerían a casa el primer Grammy otorgado a una agrupación cubana. Sin embargo, para ese entonces, el camino del éxito recién comenzaba.

En los albores del siglo XXI ya contaban con una sólida discografía, eran conocidos en las principales plazas del jazz mundial; habían impulsado la carrera de genuinos valores de la música insular, de la talla de César López, Orlando Valle (Maraca) y José Luis Cortés, y por si fuera poco, algunos de sus temas, como “Bacalao con pan”, figuraban entre los referentes obligados de la muy actual timba cubana.

Espacio para el lucimiento de figuras fuera de serie como el baterista Enrique Plá, el guitarrista Carlos Emilio Morales o el percusionista Oscar Valdés, detrás de Irakere latía el espíritu de búsqueda, el pulso creativo de Chucho, uno de los imprescindibles de la música en la isla mayor de las Antillas.

El grupo cubano Irakere.
(Foto cortesía del Instituto Cubano de la Música)

Un Mozart aplatanado en la Isla
”Manos nacidas para tocare el piano, con dedos poco comunes que sobrepasan una octava de extensión”. Así calificó en su momento un crítico desmelenado a Jesús (Chucho) Valdés.

No estaba lejos de lo cierto.

El hecho de iniciarse en los terrenos del arte con solo tres años de edad, tocando de oído el complejo instrumento, ratifica al artista como un auténtico niño prodigio.

Un breve calentamiento en la agrupación Sabor de Cuba, dirigida por su padre, unido a la fundación en 1967 de la Orquesta Cubana de Música Moderna, darían al creador el bagaje suficiente para ser declarado, con solo 29 años, uno de los cinco mejores pianistas de jazz en todo el orbe, únicamente comparable a otros cuatro de altísimo rango: Bill Evans, Oscar Peterson, Herbie Hancock y Chuck Corea.

Posteriormente vendría la creación de Irakere, y con ella, la inauguración de un sello inédito en el espectro melódico de la Isla, que fusionó con particular atrevimiento el jazz, el rock, la música clásica y la afrocubana, logrando un híbrido calificado por expertos de inspirado y revolucionario para su tiempo.

Lo demás es historia conocida: giras por cerca de 50 países, más de 52 discos grabados, 14 nominaciones al Grammy (ganado en cinco ocasiones), escenarios compartidos con artistas del calibre de Michel Legrand, Gonzalo Rubalcaba, Dizzie Gillespie, Carlos Santana, Dizzy Gillespie y Tito Puente, entre otros muchos. Todo ello resume de forma atropellada una carrera artística que, aún hoy, se resiste a dar sus cantos de sirena.

Nuevo siglo… nuevas metas
Cuentan que cada creador tiene a lo largo de su vida una sola idea original; el resto del tiempo se dedica a hacer circunloquios sobre ese mismo tema. Para algunos, Irakere constituye la obra maestra de Chucho, Para otros, la capacidad innovadora de este genio continúa irrefrenable en el nuevo milenio. Declaraciones realizadas a la agencia Prensa Latina así lo atestiguan:

“A pesar del camino andado, y de los reconocimientos, aún me faltan cosas por hacer. Me gustaría, por ejemplo, estudiar y tocar el Concierto número 2 de Rachmaninov, pero sobre todo, hacer un aporte en este infinito campo de la música”.

Los años, obviamente, no le pesan a Chucho, quien prosigue su camino impregnado de un espíritu eternamente joven.

“Lo lindo de esta carrera es que no tiene edad, ni tiene fin”.

Confiamos en ti, Chucho.

 

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