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El hombre mediocre: para todos los
tiempos
Un libro en el cual se critica la rutina, la vulgaridad,
la envidia, el vicio, la deshonestidad, en fin la mediocridad,
y sirve como pretexto para enaltecer el cultivo de los valores
morales, de los ideales que impulsan el progreso de la humanidad.
Por IWC

Desde su aparición, “El
hombre mediocre” se convirtió en un texto
de obligada consulta contra el conservadurismo y el inmovilismo.
(Tomada de www.oferta.deremate.com.ar) |
El escritor argentino José
Ingenieros (1877-1925) indagó acerca de la condición
humana y a través de una concepción humanista
ante todo, trató de transformar al hombre o al menos
darle algún indicio, alguna pista, para abrir las disímiles
sendas del camino hacia una sociedad mejor en la cual prevaleciesen
los valores verdaderos de los individuos; donde el mérito
fuese proporcional a la responsabilidad de cada quien para
concebir el bienestar, y, por encima de todo, la dinámica
renovación de la sociedad en aras de una justicia social
viable.
Toda su obra fue concebida para infundir
el espíritu del optimismo en la juventud no solo de
su tiempo, sino de todos los tiempos. Por tal motivo, sus
libros se convirtieron en obligada consulta para muchas generaciones
de jóvenes, inconformes con el conservadurismo imperante
bajo diversas circunstancias y países. Ello exigía
un pensamiento laico, renovador y crítico de la moralidad
anquilosada y la injusticia social prevalecientes en muchas
sociedades de distintas épocas.
Ingenieros escribió: “Toda
juventud es inquieta. El impulso hacia lo mejor solo puede
esperarse de ella: jamás de los enmohecidos y de los
seniles, Y solo es juventud la sana e iluminada, la que mira
al frente y no a la espalda; nunca los decrépitos de
pocos años, prematuramente domesticados por la supersticiones
del pasado; lo que en ellos parece primavera es tibieza otoñal,
ilusión de aurora que es ya un apagamiento del crepúsculo.
Solo hay juventud en los que trabajan con entusiasmo para
el porvenir; por eso en los caracteres excelentes puede resistir
sobre el apeñuscarse de los años”.
Ingenieros supo observar con pupila fina
al hombre. Y aun así mantenía una fe de devoto
en la raza humana. Él, como Nietzsche,
sentía que la sociedad aplacaba el apetito de mejoramiento
de los hombres a través de un constante apocamiento
colectivo, la imposición de trabas (in)visibles y hasta
el internamiento o la disolución en casos extremos.
Pero en lugar de encerrarse en si mismo se abrió al
mundo en aras de difundir la verdad (su verdad, claro está)
para conseguir un hombre nuevo, no el super hombre, sino el
hombre a secas.
Rendirse, acomodarse a la materialidad,
era (es) el mayor de los pecados, la peor de las culpas, el
único error en el cual no podían incurrir los
hombres con ideales. Su interés por enriquecer la dimensión
cultural de las nuevas generaciones estaba vinculada a su
afán por perfeccionarlas integralmente, pero para ello
debía comenzar con el enriquecimiento moral.

“…solo es juventud la
sana e iluminada, la que mira al frente y no a la espalda".
(Tomada de www.todo-argentina.net) |
“Por eso la mediocridad moral —sostenía—
es más nociva en los hombres conspicuos y en las clases
privilegiadas. El sabio que traiciona a su verdad, el filósofo
que vive fuera de su moral y el noble que deshonra su cuna,
descienden a la más ignominiosa de las villanías;
son menos disculpables que el truhán encenegado en
el delito”.
Concebía a la cultura con una clara
función desalienadora, y pregonaba a todas voces que
esta permitía al hombre controlar sus condiciones de
vida. “El hombre mediocre” es un retrato agudo
de todos aquellos que ensombrecen la existencia de los caracteres
excepcionales y ponen freno, o al menos entorpecen, la mayoría
de los caminos que podrían conducir hasta el desarrollo
de un mundo mejor. Dijo de estos.
“Desgraciadamente suelen tocar la
zampoña con la irrisoria pretensión de que otros
marquen el paso al compás de su desafinamientos. Tórnanse
entonces peligrosos y nocivos. Detestan a los que no pueden
igualar, como si con solo existir los ofendieran. Sin alas
para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos: la exigüidad
del propio valimiento les induce a roer el mérito ajeno.
Clavan sus dientes en toda reputación que les humilla,
sin sospechar que nunca es más vil la conducta humana.
Basta ese rasgo para distinguir al doméstico del digno,
al ignorante del sabio, al hipócrita del virtuoso,
al villano del gentilhombre. Los lacayos pueden hozar en la
fama; los hombres excelentes no saben envenenar la vida ajena”.
Su profunda confianza en el perfeccionamiento
humano a través de la profundización de los
ideales, se fundamentaba en el criterio emancipatorio de que
“nunca se esclaviza al hombre moralmente superior”;
por tal motivo, su máxima aspiración era formar
una juventud poderosa, segura de sus potencialidades transformadoras
y enriquecida con una sólida cultura científica,
que le abriera el camino hacia un futuro mejor. La incitaba
de esta manera:
”Los espíritus afiebrados por
algún ideal son adversarios de la mediocridad: soñadores
contra los utilitarios, entusiastas contra los dogmáticos.
Son alguien o algo contra los que no son nadie ni nada. Todo
idealista es un hombre cualitativo: posee un sentido de las
diferencias que le permite distinguir entre lo malo que observa,
y lo mejor que imagina. Los hombres sin ideales son cuantitativos:
pueden apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen
lo mejor de lo peor”.
Evidentemente, él sí supo
distinguir. Su obra se inscribe entren los grandes logros
del pensamiento filosófico latinoamericano del siglo
XX. Muchos afirman que incluso trascendió el ámbito
académico y se convirtió en una herramienta
ideológica más, que contribuyó al nacimiento
de ideas renovadoras y nutritivas de varias generaciones decididas
a cambiar el destino de los pueblos de nuestra América,
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