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Decidir para la vida: ¿una tarea de adultos?

Por Sutry Falcón

 

Niños pensativo.
(Montaje fotográfico: Peroga)

Desde la más tierna infancia nos ronda con insistencia una pregunta: “¿Qué vas a ser cuando seas grande? ”Los niños responden sin muchas complicaciones que serán maestros, doctores o enfermeros. ¡Claro!, esas son las profesiones que se vinculan directamente con su reducido radio de acción.

Y así, contestando la consabida interrogante que los adultos utilizan para entablar conversación con los pequeños, tiene lugar el primer coqueteo lúdico con lo que se conoce como orientación vocacional.

De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, podríamos decir que orientación vocacional es dirigir, encaminar e informar las inclinaciones de un individuo hacia cualquier vocación o carrera. Por lo tanto, estamos en presencia de un proceso que entrelaza la influencia de disímiles factores; pero también es multi-direccional, lo cual quiere decir que no solo depende de elementos externos, sino de la disposición individual para buscar y aceptar ayuda.

Una responsabilidad, múltiples influencias
Es, sin duda, el entorno familiar el que provee al niño de las primeras experiencias vocacionales; desde luego, estas pueden se positivas o negativas.

Si el pequeño está rodeado de personas que aman su profesión y son responsables ante el trabajo, se sembrará una buena semilla que generalmente dará lugar a un excelente trabajador en el futuro. Pero si por el contrario, los ejemplos recibidos no son los mejores, o se trata de imponer el gusto por determinada profesión de forma autoritaria, es lógico que se obtenga el efecto inverso.

El ejemplo y la persuasión constituyen dos armas muy poderosas para encaminar la vocación, lo cual queda demostrado por la frecuencia con que los hijos deciden seguir los pasos profesionales de sus padres.

Por otra parte, la escuela, la comunidad y los medios de comunicación son los instrumentos con que la sociedad cumple su responsabilidad de orientar educacionalmente a los más jóvenes. Este encargo social, a pesar del esfuerzo denodado de esas instituciones, no siempre se cumple eficazmente, y entonces nos encontramos con los muchachos descontentos con la carrera que estudian, o lo que es peor, con la profesión que ejercen.

La desorientación, un grave peligro
Determinar qué carrera u oficio desempeñaremos por el resto de nuestras vidas es una decisión que estamos obligados a tomar en una etapa crítica como la adolescencia, momento en que se suceden vertiginosamente cambios físicos, psíquicos y emocionales que generan indecisiones, depresiones e inconformidades.

Bajo toda esa presión, es lógico que surjan los errores, las definiciones apresuradas o tomadas por embullo.

A la hora de definir el futuro, los obstáculos más frecuentes pueden ser la falta de información sobre el perfil de la carrera o acerca de sus posibilidades laborales; el desconocimiento de otras opciones afines a nuestros intereses; la errónea valoración de nuestras reales potencialidades para desempeñar determinada profesión —en este error incurren los que con bajo promedio eligen Filología o Periodismo—; el deseo de complacer a nuestra familia que nos exige ser universitarios cuando aspiramos a técnicos medios o renunciar a nuestro sueño de ser maestros (”porque es una carrera muy sacrificada”, entre otras dificultades).

Generalmente, en los adolescentes pesa mucho la opinión de su grupo, que por ser coetáneo no tiene la experiencia suficiente para aconsejar con sabiduría. Por eso es importante que tome conciencia de su situación, reconozca cuándo no está en absoluta capacidad para decidir y solicite ayuda especializada, por ejemplo, a maestros y otros profesionales vinculados con el perfil deseado.

Equivocarse no es el fin del camino
Después de haber tomado una decisión equivocada, creemos que el daño es irreparable; sin embargo, nada más lejos de la realidad. Por lo general, existen al menos dos opciones: continuar con la carrera elegida y encontrar en ella una arista que nos agrade para llevarla a cabo, o comenzar de nuevo, esta vez mejor orientados, más seguros de nuestras potencialidades y aspiraciones.

Toda decisión vocacional es importante, pero cualquier error no tiene que ser necesariamente definitivo. Sobre todo cuando en nosotros está la voluntad de la realización personal.


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