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Paraísos artificiales
Lo invitaron a probarla solo una vez, solo un poco,
después quiso más… me convertí
en una persona con la cual no se podía hablar…
venden sus ropas, efectos eléctricos de la casa y hasta
roban… yo quisiera que me hospitalizaran, esto mata,
te destruye psicológica y físicamente…
te roba tiempo, inteligencia y vida.
Por Yarelis Rico

Aunque en ocasiones parezca que
todo sale mal, siempre hay una salida, que nunca debe
ser la droga.
(Tomada de www.trujillodi.wordpress.com) |
La noche de un sábado, 15 años
y Yoel tropezó con una puerta tras la cual le prometían
paraísos nunca soñados. Lo hizo porque quería
estar en onda, sentirse el centro del grupo y convertirse
en el chico más codiciado por las muchachas del barrio.
Al principio fue solo un poco, después quiso más...
y más. Pronto llegó a una adicción total.
Una sobredosis lo puso la borde de la muerte.
“Por embullo y curiosidad entré
a este mundo. Me enganché fácil y me convertí
en un adicto. El dinero que ganaba en el agromercado donde
trabajaba y el que me mandaba mi papá del extranjero
los gastaba en drogas. No me interesaba nada más: ni
fiestas… ni amigos… ni novia siquiera.
“Todas las noches le inventaba un
cuento diferente a mi mamá, le decía que iba
a salir con una muchacha o que iba a descargar
con unos amigos y me metía en cualquier sitio para
drogarme. Lo hacía para despejar y alejarme de la realidad.
“Un día mi madre me sorprendió,
y en mi propia casa. Discutimos, yo le grité cosas
terribles y ella lloró mucho. Le dije que quería
dejarlo. Me prometí a mí mismo alejarme de las
drogas, pero solo lo haría después de consumir
lo que ya había comprado, esa no la botaría
y mucho menos la regalaría.
“Fue una decisión tramposa,
que me hizo consumir en una noche todo lo que tenía
y me colocó en los brazos de la muerte. Recuerdo los
gritos de mi madre y la fuerte angustia de toda mi familia.
Era como un sueño, pero un sueño real. Se trataba
del terrible sueño de las drogas”.
Hoy, Yoel lucha por rehabilitarse y para
ello cuenta con el apoyo de especialistas y de su familia.
Pero si engancharse le resultó fácil, salir
de la adicción requiere de tiempo, esfuerzo y buena
voluntad.
“Desde que hice el tratamiento no
he consumido más. Tal vez a largo plazo pueda dejarla
para siempre”.
Una novia celosa
Envuelven, después atrapan y terminan por destruir
al individuo. Las drogas son como novias celosas que luchan
por alejar a sus parejas de cualquier realidad que no sea
ellas mismas. Con el paso del tiempo, estas sustancias tóxicas
ocupan un lugar tan importante en la vida de las personas
consumidoras, que impiden su desarrollo futuro, ya sea profesional
o social.
Para Abel Ponce Delgado, joven profesor
de Psicología de la Universidad
de La Habana que desde hace tiempo investiga sobre el
tema, la adolescencia es una etapa especialmente vulnerable.
“Se trata de un período que
se caracteriza por la necesidad de vivir nuevas experiencias
y sensaciones fuertes. En estos años, el joven busca
reafirmar su pertenencia a un grupo, trata de evadir problemas,
lucha por diferenciarse de los adultos y se rebela ante la
realidad familiar y social. No es casual entonces que muchas
de las personas que hoy son adictas, tuvieran su primera experiencia
de ese tipo durante su adolescencia”,
Estudios realizados demuestran que las causas
mayormente asociadas a los primeros contactos de los jóvenes
con las drogas son la simple curiosidad y la desinformación
con respecto al tema. No obstante, a nivel familiar y social
pueden ocurrir situaciones que abran las puertas a este fenómeno.
Hablamos, por ejemplo, de desavenencia familiar, incomunicación
entre padres e hijos, presencia de alcoholismo o consumo de
drogas en los hogares, y la falta de orientación para
la búsqueda de alternativas y espacios sanos para la
recreación.
Más allá de los conflictos
familiares y cualquier descontento de tipo social, el consumo
de sustancias tóxicas se relaciona con factores de
carácter individual, como bajo nivel de autoestima,
impulsividad, poca tolerancia ante la frustración,
dificultad para tomar decisiones, inestabilidad emocional,
e incluso, antecedentes psiquiátricos.
Placer que mata
Ella habla y cuesta trabajo que mire a los ojos de quien la
escucha. Para esta joven adicta de solo 18 años, el
mundo de las drogas es un mundo de mentiras y de mentirosos,
un mundo al que llegó por primera vez a los 14 años.
“Al principio parecía divertido…
Yo estudio música y un amigo que ya consumía
empezó a repasarme algunas lecciones de guitarra y
me dio a probar marihuana. Fue la droga con la que me enganché;
después probé otras y sin darme cuenta el consumo
fue aumentando y ya no podía vivir sin ellas.
“Me convertí en una persona
con la que no se podía hablar; comenzaron los problemas
en la casa, discusiones con mi mamá y hasta robé
para pagar mi adicción. Perdí amistades, gente
linda que se cansaron de aconsejarme y al final decidieron
apartarse.
“Hace cuatro meses que llegué
a la consulta de rehabilitación y me ha ido bien. Esto
es durísimo. Ya tuve una recaída, pero sí,
creo que he mejorado… y mucho”.
Según el licenciado Ponce, la mayoría
de los jóvenes que consumen drogas habitualmente comienzan
igual: primero el sábalo o el domingo, después
los demás días de la semana, hasta que llegan
a la adicción total. Poco a poco pierden el control
y aparece en ellos el fenómeno de la tolerancia, es
decir, cada vez necesitan más droga para lograr las
“buenas sensaciones”.
“Llega el momento en que tienen que
comprar más y más. Los gastos son demasiado
grandes y empiezan a romper con patrones morales establecidos.
Venden sus ropas, los efectos eléctricos de la casa
y hasta roban. En fin, son capaces de hacer cualquier cosa,
aunque después se sientan las personas más infelices
de la Tierra”, explica el especialista.
Las drogas acarrean no solo problemas sociales
y legales, sino que también afectan en gran medida
la salud del individuo. Como sustancias que crean dependencia
y tolerancia conducen a consecuencias devastadoras en el organismo
humano. El adicto atraviesa con frecuencia períodos
de depresión, ansiedad, insomnio, diluciones sexuales
y afecciones en los procesos de memoria, atención y
percepción.
Jorge tiene 20 años y consume desde
los 16. Hace solo horas que se drogó y sus pupilas
aún están dilatadas, sus ojos enrojecidos y
sobresaltados… Es un joven muy delgado y pálido.
Quiso evadirse de la realidad. Perdió a su novia y
eso lo ha hecho sentirse muy infeliz. Pensaba ser un gran
pintor, pero la droga lo alejó de los pinceles y las
musas.
“Yo quisiera que me hospitalizaran,
Esto me ha dejado muchas secuelas. He perdido tantas cosas:
la paciencia, mi capacidad de aceptar, de vivir”.
Claro que estas transformaciones afectan
no solo al consumidor, sino también a quienes se relacionan
con él. Por lo general, la persona que se inicia en
el consumo se aísla, y la sociedad, una vez que conoce
su adicción, tiende también a aislarlo.
“Alrededor de ellos —afirma
Abel Ponce— hay un grupo que se está desintegrando
y que necesita una atención especializada. Hablamos
de la familia, la pareja, los amigos… Ellos pierden
la tranquilidad, se angustian, se deprimen. Todas estas personas,
que bajo ninguna circunstancia abandonarán al adicto,
se patologizan mucho”.
¿Buen amigo?
Los padres de Mariana son fuertes. Muy fuertes. Hablan de
su hija y el recuerdo de los años felices no se aparta
de ellos. Es la madre quien nos cuenta:
“Siempre quisimos tenerla y ella fue
una pequeña cariñosa, educada, le gustaba estudiar.
El cambio de Mariana sucedió en el instituto tecnológico.
Suspendió asignaturas y de repente nos dijo que quería
trabajar y tener dinero. Empezó a ayudar a un conocido
de la familia en una cafetería particular y muy pronto
notamos que nuestra hija ya no era la misma. Llegaba tarde
a la casa, vendía su ropa, casi no hablaba con nosotros
y cuando lo hacía era para ofendernos o agredirnos.
“Sabemos que nuestra hija es adicta;
sin embargo, ella lo niega. Queremos que se cure, pero si
no pone de su parte, cualquier intento será en vano.
Alguien sin escrúpulos la metió en ese mundo
y no pararemos hasta que pague todo el daño que le
ha hecho a nuestra hija”.
En toda esta historia hay un personaje fundamental:
el “buen amigo”. Nos dice el psicólogo
Abel Ponce que este es el llamado expendedor, una persona
que especula con la vida de los demás. Comienza por
regalarle al joven una dosis que, según el propio muchacho,
produce una supuesta satisfacción psicológica.
Después les presenta a otros amigos más liberales
en su manera de actuar, a quienes poco o nada les preocupa
el futuro, y por tanto, no tienen metas hacia dónde
ir. Es un mundo de falsas diversiones y libertades.
“Poco a poco el joven pierde el control.
El 'buen amigo' conoce este mecanismo y lo sabe utilizar a
u favor. Hay que saber reconocer a estos personajes, cerrarles
el cero, ser implacables con ellos”.
Vivir, solo vivir
El hacerse preguntas una y mil veces es un hecho cotidiano
en las familias de los jóvenes adictos. Quizás
la más recurrente de todas sea: ¿cómo
ayudar a mi hijo, mi novio, mi hermano…? Muchos se preguntan
si hay salida.
Sí, la hay. Los interesados pueden
encontrarla en los centros especializados que existen a todo
lo largo del país, donde psicólogos y psiquiatras
se esmeran en la rehabilitación de sus pacientes. Sin
embargo, la verdadera cura está más cercana
a nosotros. Es la prevención.
La familia, la escuela y la comunidad son
en estos momentos los principales médicos. Ellos son
quienes de mejor manera pueden informar al joven, comprenderlo
y compartir sus inquietudes.
“Para vivir —nos dice finalmente
Jorge— no hacen falta las drogas. Es tonto creer que
con una hierba, un polvo o una pastilla vas a resolver los
problemas. Esto mata, te destruye psicológica y físicamente...
Te roba tiempo, inteligencia y vida”.
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