| A
propósito de "Fresa y chocolate"
Por Rebeca
Chávez

Jorge Perugorría y Vladimir
Cruz en una de las escenas antológicas de “Fresa
y chocolate”.
(Foto: Archivo) |
¿Cómo
surge el proyecto de Fresa y chocolate?
—Surge de una inspiración. Así he hecho
todas las películas. Ves una cosa, lees algo y empiezas
a pensar. Así fue con el cuento de Senel El lobo, el
bosque y el hombre nuevo. Es un relato que tuvo una gran resonancia,
ya tiene cuatro versiones teatrales y varias ediciones. Pero
no fue a partir de esa resonancia del texto que decidí
hacer la película. Yo leí el manuscrito antes
de que fuera premiado, antes de que se conociera. Terminé
de leerlo y me dije: aquí hay una película redondita,
oportuna, que puede ser interesante, y llamé a Senel.
Él estuvo de acuerdo.
Cuando la impresión es muy fuerte,
como en este caso, y todo se conjuga, el proyecto avanza.
Senel se puso a trabajar, si no se hubiera puesto a trabajar
como lo hizo no hubiéramos llegado a nada. Discutimos
muchísimo sobre como llevar a cabo el guión
y ahora me parece que la película puede ser importante,
no solo para mí, para mi carrera o mi filmografía,
sino por la situación que vivimos.
Es una película que se inserta muy
bien en los momentos actuales, cuando hay que tomar conciencia
de muchos errores cometidos a lo largo de estos años.
Hace falta cambiar en muchos sentidos y esta película
apunta sobre uno de estos aspectos: la actitud de intolerancia
que ha habido durante mucho tiempo sobre un sector de la población,
la homosexualidad. En definitiva, la intolerancia sobre un
sector denota la intolerancia sobre otras muchas cosas.
Pero uno no hace las películas para
transformar la realidad o para cambiar algo. Uno hace las
películas porque el cine, en primer lugar, te debe
proporcionar disfrute, y en ese sentido esta película
puede ser muy atractiva, conmovedora, con humor y al mismo
tiempo con una carga emotiva muy fuerte.
¿Qué significa en
tu obra continuidad o ruptura?
—Mirando hacia atrás me he dado cuenta
de que cada película que he hecho ha sido un intento
de romper con lo anterior. Hice una comedia, Las doce sillas;
después Cumbite, que es una excepción dentro
de mi filmografía; luego otra comedia, La muerte de
un burócrata, y de ahí salté para una
película totalmente distinta: Memorias del subdesarrollo;
y de esta a Una pelea cubana contra los demonios, que no tiene
nada que ver con Memorias..., la Pelea... es una película
histórica, exasperada, con otro estilo y otro tono.
Siempre he ido a una búsqueda en
otro sentido. Nunca he tratado de perfeccionar o de insistir
en lo abordado en la película anterior. Fresa y chocolate
trata de nuestra realidad, toca directamente aspectos de nuestra
realidad con un sentido crítico y no tiene nada que
ver con las películas que le anteceden, Cartas del
parque y Contigo en la distancia (un corto de ficción
no estrenado en Cuba), que son dos películas de amor,
puramente sentimentales, que no tienen nada que ver con nuestro
contexto.
La crisis de conciencia de algunos
personajes de Memorias del subdesarrollo está también
en Fresa y chocolate, a pesar de que entre ambas median veinticinco
años y el proceso creativo, por ejemplo en la elaboración
del guión, ha sido absolutamente diferente. ¿Se
trata de una coincidencia, de una voluntad?
—En todas mis películas hay
rasgos comunes, continuidad, algo que permite comprender que
están hechas por una misma persona. En este caso, entre
aquella película y este proyecto la conexión
es evidente. No solo la crisis de conciencia de los personajes
es un punto de contacto. Estoy seguro de que hay muchos más,
algunos conscientemente planteados. Diría que el contexto
en que se desarrolla Fresa y chocolate tiene mucho que ver
con el de Memorias... Hubo momentos, en las conversaciones
iniciales en torno al guión, en que la presencia de
esta película era muy fuerte.
La relación entre el cine
y la literatura es vieja y no siempre feliz. Para muchos,
el texto literario posibilita al lector crear su propio universo,
mientras que el cine no, te ciñe a una sola imagen...
—Esa es la diferencia esencial entre
literatura y cine, entre la palabra y la imagen. No quiero
dar una lección teórica, el cine también
está acompañado por la palabra. La literatura
te sugiere y el cine te precisa. Te enmarca de una manera
más exacta determinadas cosas.
Por eso pienso que por lo general los escritores
se sienten traicionados cuando ven sus obras en la pantalla,
ellos habían imaginado una cosa y lo que sale es ya
otra que empieza a operar por su cuenta. Yo pienso que cuando
un escritor escribe, el texto se le va de las manos porque
cada receptor va a imaginar a un protagonista —su protagonista—
con rasgos muy determinados. El cine unifica en una sola imagen
tantas interpretaciones posibles de esa literatura.
Nunca he pensado que es productivo o que
vale la pena —a mí no me interesaría jamás—
hacer una traducción de un cuento o de una novela al
cine. Se han hecho y algunas tienen valor, pero para mí
no tiene ningún interés. Como materia prima
para hacer una película, la literatura me interesa
como me interesa cualquier otro aspecto de la realidad. No
es que uno sea superior a otro ni que esté situado
por encima o por debajo. Son distintos, diferentes concepciones
artísticas. La literatura te puede describir lo que
está dentro del personaje, sus motivaciones, de una
manera más directa, te va caracterizando el personaje
con palabras. ¿Cómo traduces tú eso en
imágenes? No te queda más remedio que meterlo
dentro del personaje, actuar desde él. Los ojos del
actor son la cosa más expresiva del mundo, la fascinación
que ejercen las miradas, eso que se da con los primeros planos...
Cuando David —el personaje de esta
película— se queda solo en la Guarida (que es
el escenario fundamental y de mucha importancia) y se pone
a mirar, nosotros tenemos que ver lo que él está
mirando y tienen que ser cosas que al espectador también
de alguna manera le fascinen, para que se corresponda con
la actitud del personaje. Se trata de una síntesis
visual que es decisiva. Son cosas que en la literatura se
dan de otra manera, con palabras.
Senel ha precisado muy bien que
el tema de su relato es la intolerancia. ¿Ese es también
el tema de la película?
—Sí. Intolerancia que puede
ser frente a los homosexuales como frente a tantas cosas que
se salen de lo que se ha establecido como norma, esquema o
camino estrecho a seguir.
¿Consideras presente en la
realidad cubana de hoy esa intolerancia?
—Sí. Por supuesto que sigue
presente. El cuento —y también la película—
se desarrolla hace veinte años, cuando se hicieron
más agudas la homofobia y las manifestaciones hasta
de persecución a los homosexuales, situaciones realmente
abominables, situaciones extremas, que hoy afortunadamente
no se producen. Un cierto rechazo y una incomprensión
de ese fenómeno siguen manifestándose, no solo
en esta sociedad, sino en todas partes del mundo. Es un problema
en cuya comprensión en algunos lugares se ha avanzado
más y en otros menos, en asumir que ese fenómeno
no es una enfermedad, no es una aberración, no es una
degeneración, no es nada de eso. Es una condición
o una manera de ser diferente cuya existencia uno tiene que
aceptar.
¿Un filme gay?
—No. Cuando hablo de incomprensión,
hablo de incomprensión de un lado y de otro. También
de parte de los homosexuales. Y a veces tú lo justificas,
porque cuando la gente se ve arrinconada en un ghetto su manera
de ver las cosas se distorsiona. Estoy cansado de ver homosexuales
que piensan que todo el mundo lo es, que vuelcan su condición
hacia todo el mundo y esa también es una manera de
distorsionar la realidad. De modo que hablar de una película
gay porque trata el tema, me parece exagerado. La película
no toma partido por los homosexuales ni es una película
que promueve la homosexualidad. No, no se trata de eso, se
trata de mostrar una situación sobre la que ha habido
una incomprensión, y punto.
¿Qué promovería
la película?
—La comprensión hacia el fenómeno
de la homosexualidad. Ese sería el mejor mérito
que podría tener.
Desde Memorias del subdesarrollo
La Habana no había tenido un papel tan protagónico...
—La Habana es una ciudad espléndida
y forma parte del contexto en que se desarrolla esa trama.
Ojalá apareciera en más películas. La
Habana es mi ciudad, una ciudad que he aprendido a disfrutar
a medida que han ido pasando los años y me duele mucho
el proceso de deterioro que está sufriendo en este
momento. Emocionalmente tiene para mí un gran significado
y quisiera fotografiarla toda, quisiera conservar cosas, por
lo menos hacer una llamada a la conciencia de la gente de
lo que se está perdiendo. En la película pretendemos
incluso decirlo directamente, no sé si será
suficiente y si lograremos transmitir un poco ese esplendor
que se está perdiendo y que duele tanto.
Para ti, ¿qué sigue
siendo el cine?
—Un instrumento valiosísimo
de penetración de la realidad. ¿Cómo
podría explicarlo? El cine no es retratar simplemente.
El cine es manipular. Te da la posibilidad de manipular distintos
aspectos de la realidad, crear nuevos significados, y es en
ese juego que uno aprende lo que es el mundo.
Yo tenía muchas inclinaciones: por
la música, por la literatura, por la pintura, incluso
por las cosas manuales: la mecánica, la carpintería,
los trucos de magia, todas esas fueron cosas que poblaron
mi niñez. Tenía una aparente dispersión.
Sin embargo, todo eso se sintetizaba en el cine y el día
que tuve por primera vez una cámara de 8 milímetros
en las manos fue la revelación, la certeza de lo que
iba a ser, porque a través del cine podía desarrollar
todas esas inclinaciones conjuntamente.
¿Por qué las mujeres
no son personajes importantes en tus películas?
—Mira, de veras no te puedo responder
esa pregunta. No lo sé, pero es cierto, no he desarrollado
en mi obra personajes femeninos en la misma medida en que
he desarrollado personajes masculinos. Es un mundo en el que
quizás no he penetrado lo suficiente. Pero he hecho
intentos.

El director Tomás Gutiérrez
Alea y su esposa, la actriz Mirta Ibarra.
(Foto: Archivo)
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¿Y Mirta Ybarra?
—Un intento más. Con Mirta
ha sido la madurez. Desde hace veinte años estamos
juntos y efectivamente hay una relación muy estrecha,
muy rica, pero no fue fácil. Mirta empezó a
trabajar en mis películas después de ocho años
de estar juntos, hasta eso es un dato significativo, pero
a partir de ahí hemos hecho varias cosas y hubo un
salto de calidad en la relación, se profundizó
tremendamente. También en Fresa y chocolate Mirta tiene
una participación importante y trabajar con ella es
especialmente grato.
¿Cómo será
esta película?
—La primera palabra que me viene a
la mente es que debe ser una película conmovedora,
que a través del sentimiento, de la emoción,
toque determinados problemas y a partir de ahí incentivar
y estimular una reflexión en el espectador sobre los
problemas que afrontan los personajes. La película
va a ser —quisiera que lo fuera— una película
conmovedora, cargada de humor y de emoción.
Cuba está en un momento muy
especial, ¿esta va a ser una película polémica,
dura?
—¿Dura?
La película va a enfrentar
a la gente con realidades que están dentro de uno,
pero que uno no quiere ver...
—Ah, bueno, en ese sentido sí.
Para mí va a ser lo más interesante. Estoy convencido
de lo que estamos diciendo con la película. Sé
que hay mucha gente que no acaba de entender eso y pienso
que la película puede contribuir a que muchas de esas
cosas se entiendan.
Siempre te asocian con posturas
críticas...
—Siempre he tenido una actitud crítica.
La he mantenido. Creo que es lo más productivo que
he podido hacer en mi vida. Este cineasta se mete con lo que
cree que está mal en el socialismo. Alguien me decía,
y estoy plenamente de acuerdo, que el guión del socialismo
es excelente, pero que la puesta en escena deja mucho que
desear, y por lo tanto debe ser objeto de crítica.
Es la mejor manera de contribuir a su mejoramiento.
El arte es ¿disfrute, polémica,
necesidad?
—Creo que el ejercicio del arte en
esta sociedad, como en cualquiera, llena una necesidad del
hombre de darse gusto, de disfrutar la vida. El arte no es
más que eso: una manera de tratar de disfrutar la vida,
tratando de comprenderla mejor, tratando de sacar lo más
positivo. Creo que hasta ahí vale la respuesta.
Ahora, en una sociedad como la nuestra,
que está atravesando un período muy crítico,
de transformación violenta, el arte —como todas
las cosas— sufre esa situación y tiene que hacerse
eco de alguna manera de esa situación. Hay que distinguir
lo que es el cine y lo que es, digamos, la música.
La música es un arte tan abstracto que no incide directamente
sobre la realidad, pero el cine sí.
El cine no puede evitar nutrirse directamente
de aspectos de la realidad y conformar con ellos una obra,
que por fuerza tiene que tener una significación y
una incidencia sobre la realidad misma. Si hablamos de cine
en este momento, nuestro cine, aparte del goce y disfrute
que encierra, que es básico, también por fuerza
tiene necesidad de adoptar una posición frente a la
realidad, un criterio, ejercer de alguna manera la crítica
frente a la realidad y a la vez ser objeto de crítica.
Creo que la crítica es fundamental en cualquier proceso
de desarrollo. La única manera de que se desarrolle
una sociedad es teniendo conciencia crítica de sus
problemas. Cuando se cae en el juego de ocultar los aspectos
feos de la sociedad, entonces estos se perpetúan. Y
eso me parece que es lo peor que nos podría suceder.
En esta Isla —a noventa millas de
los Estados Unidos, país con el que existe una tensión
muy grande—, cuando ejercemos la crítica, mucha
gente salta y dice: si criticas nuestra realidad le estás
dando armas al enemigo. Yo francamente no creo en eso. No
creo eso. Hay muchas maneras de hacer la crítica, se
puede hacer desde afuera y desde adentro. Cuando el enemigo
nos critica, nos critica para destruirnos; pero cuando nosotros
criticamos nuestra realidad lo hacemos justamente para todo
lo contrario, para mejorarla.
Cuando uno adopta esta actitud y está
consciente de la necesidad de la crítica, uno tiene
que saber que a su vez también es objeto de crítica
y de que va a recibir una respuesta. Hay un enfrentamiento,
una lucha o, en el mejor de los casos, un diálogo,
y creo que es lo más sano que nos puede ocurrir. No
ha sido fácil. Creo que no mucha gente lo comprende
así. Muchos se atrincheran, se cierran, y otros utilizan
el poder para tratar de cortar el ejercicio de la crítica
y es una lucha que no es fácil.
Recientemente, una película, Alicia
en el pueblo de Maravillas, se convirtió en el eje
de un escándalo. ¿Se trataba acaso de una película
contrarrevolucionaria? Yo estoy convencido de que Alicia...
es una película honesta que pretendió ejercer
la crítica de algunos aspectos de nuestra realidad
con el sano propósito de contribuir al proceso de “rectificación
de errores” que se había proclamado un tiempo
atrás. Contra Alicia... se cometió una gran
chapucería política que solo sirvió para
poner en evidencia la falta de confianza que padecen muchos
funcionarios en la capacidad de la Revolución para
asimilar la crítica y asumirla como un instrumento
eficaz en el proceso de construcción de una sociedad
más justa.
El saldo positivo de ese lamentable incidente
fue haber visto cómo los cineastas respondieron unidos
frente al atropello sin dejarse manipular por fuerzas contrarias
a la Revolución. Hay que señalar también
como signo alentador la actitud del Consejo Nacional de la
UNEAC.
A 25 años del paseo de Sergio,
el protagonista de Memorias... por el Malecón, ¿cómo
ves a la Revolución Cubana?
—Lo primero que habría que señalar
es que yo no tengo nada que ver con Sergio. Es decir, puedo
transitar los mismos caminos, los mismos lugares que Sergio,
puedo incluso compartir muchos de sus criterios, de sus opiniones
críticas sobre nuestra sociedad, pero hay una diferencia
esencial: Sergio es un espectador pasivo de la realidad, yo
no. He participado siempre, desde antes de la Revolución,
en la lucha por la revolución, y a lo largo de estos
años he participado activamente. Me parece que es una
diferencia fundamental. Ha sido para mí un privilegio
extraordinario haber vivido toda esta etapa de la historia
de mi país, que ha sido dura pero al mismo tiempo ha
servido para rescatar la dignidad del ser humano en nuestro
país, lo cual te llena de alegría. Pensaba en
aquel momento, y lo sigo pensando ahora, que la Revolución
demostró que podíamos prosperar y desarrollarnos
sin necesidad de estar sometidos a otro país, es decir,
podíamos alcanzar una relativa independencia económica.
Como dice Sergio al final de Memorias...,
cuando está frente a la posibilidad de un final apocalíptico
durante la Crisis de Octubre: “Es una dignidad muy cara”.
Yo pienso que sí, que es una dignidad muy cara, que
hay que pagar un alto precio, pero lo importante es que estábamos
dispuestos a pagarlo y estamos dispuestos a pagarlo en la
medida en que hay una posibilidad de alcanzar esa independencia
y esa dignidad, dignamente. Ese era nuestro sentir hace veinticinco
años cuando hicimos Memorias... y sigue siendo ahora,
pero en estos años han cambiado muchas cosas. Hoy la
Revolución se ve amenazada no solo por el colapso del
campo socialista, sino que también está amenazada
desde adentro, por enemigos encubiertos o manifiestos, y sobre
todo, pienso yo, por nuestras ineficiencias.
Creo que tenemos que reflexionar mucho sobre
esto y se imponen cambios dentro y fuera, es decir, se imponen
cambios en los mecanismos nuestros, de nuestra economía,
pero también se imponen —por injustos y absurdos—,
cambios afuera. Se impone el cese del bloqueo de los Estados
Unidos hacia Cuba, que es una agresión inhumana. Estoy
seguro de que una vez eliminado el bloqueo, todo sería,
no más fácil, pero implicaría otros cambios
dentro del país. Esa es la diferencia que hay entre
aquel momento y este. La crisis de este momento es una crisis
mucho más grave y tenemos que pensar qué hacer
para no regresar a una situación de dependencia, de
capitalismo dependiente como el que teníamos antes
del triunfo de la Revolución.
Volviendo a la película,
háblame de la dirección compartida con Juan
Carlos Tabío.
—Ha sido un trabajo muy colectivo, realmente, muy con
todos, pero lo que más satisfacción me ha dado
es el trabajo con Juan Carlos, porque es una situación
muy difícil esa de compartir la dirección de
una película. Es difícil. Y puede originar muchas
tensiones. Y aquí estábamos ante el hecho de
que teníamos que hacerlo. ¿La respuesta de él?
La mejor. A partir de una amistad, se entrega a una película
que no era de él y empieza a trabajar y a hacer esfuerzos
que yo no quisiera estar en su piel, porque eso de hacer una
película para que le guste a otra persona debe ponerlo
a uno con mucha tensión. Creo que en todo sentido ha
sido una gran experiencia, no solo desde el punto de vista
del trabajo, de la película, sino también desde
el punto de vista humano. Es un reto que no todo el mundo
puede asumir.
Hacer cine en Cuba.
—Parto del criterio de que el cine en nuestro
país es un lujo, dadas las condiciones en que nosotros
tenemos que movernos. Digo un lujo y quiero que se entienda
no como un derroche, sino como algo a lo que se aspira y que
se ha podido ejercer. Creo que hemos sabido llevarlo a cabo
de la mejor manera. ¿Por qué? Porque no hemos
pretendido hacer el cine al estilo de Hollywood como en otras
partes, y digo Hollywood porque es el cine que ve todo el
mundo, el cine que se vende. Desde el principio fuimos muy
conscientes de que no podíamos competir con una cinematografía
que tiene todos los recursos del mundo y de los que nosotros
carecíamos.
Teníamos una realidad muy rica, muy
dinámica, y aspirábamos a tener la suficiente
creatividad para, a partir de ahí y con los elementos
esenciales —cámara, luces, grabadora—,
hacer películas que fueran interesantes y que nos colocaran
en otro terreno, distinto al del cine norteamericano. Creo
que eso fue lo que hicimos y lo hicimos bien.
Hoy el país está
en condiciones todavía mucho más críticas
y estamos haciendo una película que es casi un milagro
que se esté haciendo, porque en el país falta
de todo; sin embargo, estamos moviendo escasos recursos y
a partir de imaginación y de trabajo y de entrega personal
estamos logrando lo que nos proponíamos. Ni más
ni menos. Creo que lo estamos logrando.
(Tomado de
http://www.clubcultura.com/clubcine)
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