| Curando
las heridas del alma
Por Carlos
Javier Solis

Gran acogida tuvieron las publicaciones
de la Casa Editora Abril en Los Palacios.
(Foto: Wildy) |
¿Qué puede hacerse para reconfortar
a quién lo ha perdido todo? ¿Cómo devolver
la sonrisa a la cara de un niño? No solo es necesario
reconstruir por fuera, lo que ven los ojos, sino que es más
importante reconstruir por dentro.
El sol comenzaba a brillar
entre las nubes bajas, iluminando las tejas de las casas y
las montañas que se divisaban en el horizonte. Amanecía
en Los Palacios, un poblado situado en la occidental provincia
cubana de Pinar
del Río y cuyo nombre ha pasado de boca en boca desde
hace más de dos meses a través de toda la Isla.
Fue precisamente por allí que el
mismo centro —el ojo— del huracán Gustav
decidió cruzar sobre territorio cubano y por donde,
unos días después, el Ike repitió la
misma historia de vientos, lluvias y destrucción de
su antecesor. Más de dos meses las heridas aún
continúan visibles: casas destruidas, árboles
derribados, aceras rotas. Y otras heridas, más silenciosas,
pero más profundas, en el corazón y la mente
de quienes vivieron aquel infierno.
Pero el sábado 15 de noviembre comenzó
distinto. Desde temprano se veía un ajetreo inusual
en el parque aledaño al Comité Municipal de
la UJC.
Camiones que descargaban equipos, ómnibus con personas
extrañas que descendían cargadas con bultos,
cámaras y grabadoras, implementos deportivos…
A medida que avanzaba la mañana aumentó el movimiento.
Se levantaban carpas, se armaban mesas y se organizaban sillas.
La música comenzó y en Cuba todos saben que
eso significa una sola cosa: fiesta. Los pobladores se acercaron
poco a poco y algunos hasta empezaron a bailar, allí
mismo, en plena calle.
—¿Qué hay?¿Que van a hacer?—preguntaban
todos.
Como por arte de magia, sobre las mesas
comenzaron a aparecer tableros. Ajedrez, damas y el popularísimo
dominó.
—Vamos a echar una partidita.
—-¡Qué bien, qué
bien!— era el comentario general.
Ése fue el inicio.
Cada vez iba llegando más gente,
atraída por la contagiosa música, por el comentario
de los vecinos y alguna llamada telefónica a amigos
y parientes.
—Hay actividad en el parque—.
La noticia se extendía por todo el pueblo.
Y eso era más que suficiente para
saber que la cosa iba en grande, que duraría todo el
día y había que terminar rápido el trabajo
de la casa para poder disfrutar la fiesta.
Poco después de las 10 de la mañana
la tranquilidad volvió a romperse con el sonido de
una sirena. Una moto de la Unidad de la Policía Motorizada
avanzaba lentamente por la avenida. Detrás de ella,
varios muchachos venían corriendo.
—¡Un maratón, un maratón!
La noticia se difundió al instante
y todos se aglomeraron en la avenida. Los vecinos salían
de sus casas. Detrás de los primeros, los corredores
comenzaron a aumentar: cinco, ocho, diez, veinte.
De pronto eran cientos. Hombres y mujeres,
niños, jóvenes y hasta ancianos, que como un
río incontenible avanzaba por la calle hacia la meta.
El público gritaba emocionado cada vez que veía
a alguien conocido y le daban ánimos. Muchos se incorporaron
ahí mismo. No era cuestión de ganar, sino de
participar. Al terminar la carrera la premiación estuvo
marcada por el obsequio de libros, revistas y afiches; nada
de gran valor material, pero sí espiritual.
Poco a poco fueron todos regresando a los
juegos, pero cuál no sería la sorpresa de los
lugareños al ver, bajo una de las carpas, a uno de
los más grandes ídolos de los cubanos, una de
sus Glorias Deportivas.
—¡Es Juantorena, Alberto
Juantorena!— y corrían hacia el lugar.
Esta vez tenían junto a ellos a un
campeón de verdad, no en las pantallas de sus televisores,
sino en vivo; alguien que podían ver y tocar. Para
muchos era como un sueño. El campeón, visiblemente
emocionado, les habló, no sobre competencias y medallas,
sino sobre recuperar, reconstruir y si era necesario hacerlo
todo de nuevo. Para él las nuevas medallas no estaban
en los eventos deportivos internacionales, ni en las olimpiadas,
sino en las manos de aquellos humildes pobladores, enfrascados
en la olímpica tarea de levantar todo de las ruinas
que dejaron los dos huracanes.
Simultáneamente, bajo otra carpa
no muy alejada, los niños disfrutaban de la presentación
de varias de las publicaciones de la Casa
Editora Abril: Zunzún,
Pionero y
Somos Jóvenes. A la conversación
con los lectores siguió el obsequio de las revistas.
Los niños y adolescentes se arremolinaban alrededor
de los presentadores. Nadie quería quedarse sin su
ejemplar.
—¡Yo también quiero una!—
repetían los pequeños sin cesar.
—Calma, calma, que hay para todos—.decían
los mayores.
No dejaron de reclamar sus revistas algunas
abuelas que casi corrían junto a los pequeños.
—Para mis nietecitos—, y se les iluminaba el rostro.
Poco a poco el tropel de niños se
fue aplacando, o para decir mejor, cambió de lugar.
Ya en la calle comenzaban los juegos. Competencias, carreras,
juegos con pelotas. La fiesta alcanzaba a todos y a esas alturas
nadie estaba dispuesto a marcharse sin haber disfrutado un
poco.
Al terminar cada competencia, regalos para
los ganadores: más revistas y libros. Mientras algunos
de los pequeños marchaban contentos a mostrarlos a
sus padres y amiguitos, otros corrían hacia la próxima
competencia. La fiesta era total.
Durante todo el día se repitieron
las caras de felicidad y la alegría llenó por
un rato los corazones de los habitantes de Los Palacios, golpeados
por la naturaleza y desgarrados por la tragedia de perderlo
todo, menos la sonrisa y las ganas de vivir.
—Por lo menos durante un rato uno
se olvida de los problemas. Yo perdí mi casa, y todavía
no he podido levantarla completa, solo unas habitaciones.
Pero hoy me he sentido bien, es como si el dolor se fuera
por un rato y te dejara respirar. Gracias— decía
un hombre de edad avanzada.
Y es que a veces no son necesarias
muchas cosas para hacer feliz a las personas. Basta con un
poco de amor para ayudarlas a curar las heridas del alma.
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