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No es solo lo que se dice, sino la forma en que se dice

Persona gritando.
(Tomada de farm3.static.flickr.com)

Más imperceptible que la violencia física, y con efectos incluso más graves para la psiquis de quienes lo sufren, el maltrato verbal suele no tomarse en cuenta, porque pocos saben cuándo están siendo victimas...o victimarios.

Muchas personas con baja autoestima deben su condición al maltrato que han recibido por años sin llegar a darse cuenta de la gravedad de éste. A diferencia de la violencia física, el maltrato verbal es mucho más imperceptible, pero tremendamente perjudicial. En este tipo entran los comentarios degradantes, insultos, observaciones humillantes sobre la falta de atracción física, la inferioridad o la incompetencia, gritos, acusaciones, burlas y gestos humillantes...

La gravedad de ello guarda directa relación con la periodicidad de las descalificaciones. La humillación continua destruye la autoestima y afecta seriamente la dignidad.

Estudios científicos reflejan que la víctima comienza a interiorizar la crítica y termina por aprobar la violencia, considerándola un castigo por sus faltas. De esta manera la violencia nos atrapa como una epidemia que no discrimina ni por sexo, edad o clase social. Con frecuencia se pasa por alto el detalle de que las raíces de la violencia física, directa y abierta se originan mayormente en la violencia de la comunicación oral, escrita y la no-verbal.

¿Cómo detectarlo a tiempo?
Debemos pensar como si de una enfermedad se tratase. Entonces, en la medida que más rápido se descubra menos nos afectará. En ese sentido cobra mayor importancia el hecho de que aprendamos a diferenciar cuál es el límite que divide una comunicación verbal de la violencia.

Las grandes cosas en la vida comienzan con detalles minúsculos en apariencia, pero con profundas consecuencias. La violencia es una especie de bola de nieve cuyo daño pocas veces puede predecirse. No es un tema que debamos pasar por alto o minimizar. La violencia es una realidad perturbadora de la condición humana y, aunque la forma más común de asociación es con la agresión física, lo verbal incide directamente en ello.

La forma de hablar puede provocar emociones y reacciones intensas. La violencia verbal, muy en especial la oral, es aquella en la cual por la elección de palabras, entonación y volumen de voz se trata de dominar a otra persona, logrando provocar en ésta sentimientos de impotencia, rabia, humillación, vergüenza, inutilidad y vejación.

¿Víctima…? ¿victimario…?
Muchas veces no sólo somos víctimas, sino también victimarios sin siquiera darnos cuenta. Y lo peor es que el daño lo causamos a quienes comúnmente más queremos. Piénsese en padres, parejas e, incluso, hijos. Ejemplos de violencia verbal podrían ser frases como las siguientes: ¡Tú no aprendes!, ¡Eres un inútil!, ¡Te lo dije!, !Qué bruta eres!... Si a estas frases le añadimos el sonido, entonación y gestos apropiados, se tornarían en pedradas, más que palabras, que pueden variar en magnitud.

Es lamentable que la necesidad de comunicación sea el semillero de tantas desavenencias, rupturas y agravios. A través de la forma de hablar agredimos sin tocar físicamente al individuo. Casos hay de sobra. Por enunciar solo uno podríamos acercarnos al caso de Maydolis, actualmente trabajadora de Gastronomía, que sufrió, a lo largo de toda su infancia, violencia verbal de parte de su padre, quien, con constantes reproches y asociaciones directas, la convenció de que era poco inteligente. “Nada que ver con tu hermana”, le repetía continuamente.

”Siempre destacó a mi hermana”, nos cuenta Maydolis. “Ella era la que se las sabía todas. Yo terminé por asumir, aunque me resistía a creerlo, que era tonta, que no podía lograr nada y, aunque nadie me crea, siento que esto me predispuso a no optar por la carrera de Filología en la universidad, porque, como me repetía mi padre, allí no iba a poder con los estudios. Así casi que me condenaron a vivir a la sombra de mi hermana, de lo bien que hacía ella las cosas”.

 

 

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