| Lo
que preferimos dejar debajo de la cama
¿Somos violentos o excesivamente intolerantes?
¿Es nuestra sociedad armónica en todos sus niveles?
Por IWC

(Tomada de www.trabajadores.cu)
|
La violencia, sea explosiva o velada, está
presente en nuestra vida cotidiana. Aunque tenemos que reconocer
que nos ha acompañado siempre, cual condición
inherente a la especie humana, cobra mayor relevancia en el
mundo de hoy, pues nunca antes se había evidenciado
tan claramente el aumento de la agresividad hacia el prójimo.
La violencia, sea simbólica o física,
parte del ejercicio del poder entre distintos aspectos definitivos
como la identidad, edad, pertenencia a una clase y el origen
racial o étnico.
Aclarado este punto ya podemos
hacernos interrogantes: ¿Es violenta nuestra sociedad
actual? ¿Se considera a Cuba una nación violenta?
¿Hay manifestaciones diarias de esa conducta?
En un mundo cada vez más convulso
y agresivo, la Isla, en cuanto a manifestaciones violentas
explícitas (entiéndase por esto golpes, asaltos
y agresiones directas) mantiene un índice bastante
bajo, lo cual nos convierte en una nación considerada
tranquila y con un alto estándar de seguridad ciudadana.
¿Pero esto es todo? ¿Solo con eso podemos considerar
si somos o no, los cubanos en la actualidad, seres violentos
o intolerantes? Primeramente deberíamos comprender:
¿Qué
constituye la VIOLENCIA?
Hasta hace relativamente poco tiempo habíamos creído
que la agresión física era la única forma
de violencia. Sin embargo, la psicología moderna nos
ha dado una nueva visión del ser humano y de sus necesidades
psicológicas. Ahora sabemos que el fenómeno
puede manifestarse más sutilmente de otras maneras,
que también hacen daño a nuestros semejantes:
las denominadas psicológica o verbal, y la patrimonial.
Atentar sistemáticamente contra la autoestima de una
persona mediante críticas, desprecio, abandono o insultos;
destruir su ropa, documentos o recuerdos, también son
formas de violencia. No cabe duda de que a veces los golpes
al espíritu son mucho más dañinos que
los golpes a la piel. Las víctimas de este tipo de
violencia, por lo general, continúan sufriendo calladamente
y por eso no reciben la ayuda necesaria.
Una persona golpeada puede mostrar sus heridas.
Sin embargo, la que es lastimada sistemáticamente en
la psiquis no tiene heridas físicas que mostrar. Como
este tipo de abuso ocurre mayormente en la privacidad del
hogar, suele pasar inadvertido.
Desde un punto de vista evolutivo,
la violencia es una respuesta de supervivencia genéticamente
determinada ante fenómenos como el hambre, la sed,
los depredadores, entre otros. Evolutivamente —explican
los expertos—, quienes mejor se han enfrentado a los
peligros a través de su agresividad, han sido seleccionados
naturalmente. De aquí que muchos investigadores consideran
que los seres humanos podrían estar genéticamente
predeterminados para la violencia. Entonces surge otra interrogante:
¿por qué no todos somos violentos?
El punto de vista psicológico
responde a la pregunta anterior. Aunque existen numerosas
teorías psicológicas sobre el tema, todas tienen
una serie de puntos en común, y una de ellas es que
el ser violento tiene un problema psicológico o psiquiátrico
que le hace sentir más vulnerable, inseguro y con baja
autoestima, por lo cual siente la necesidad de compensarlo
mediante la violencia, enfrentándose con quien o quienes
lo rodean.
A partir de ahí muchas terapias buscan
las causas de la violencia en la infancia y en los problemas
que experimentó la persona al crecer, asumiendo que
si convivió con este tipo de comportamiento en el hogar
tendrá más posibilidades de asumir el mismo
patrón.
También se ha explicado ese tipo
de conducta como una expresión de la ira o enojo; de
hecho, se ha creado una forma de tratamiento que permite a
las personas “sacar lo que tienen dentro” golpeando
almohadas y objetos similares, y gritando para expresar libremente
esa emoción. Este tipo de tratamiento se conoce como
“control de la ira”, y nos puede
hacer plantearnos una cuestión: ¿el hecho de
animar a una persona violenta a que golpee un objeto controlado
reduce su agresividad o la aumenta, al reforzar sus manifestaciones
agresivas y generalizar su respuesta a la vida real? Cuestionamientos
aparte, esta teoría supone que el hombre debe aprender
a expresar la cólera adecuadamente.
Otra explicación psicológica
es la que parte de la teoría de sistemas,
que supone que es la pareja la que está dañada,
y no solo el individuo. Trata de esclarecer de qué
manera ambas partes de una pareja participan como responsables
de la violencia que existe entre ellos. Esta interpretación
ve al individuo en compañía como un sistema
con cierto equilibrio que, cuando se rompe por influencia
de una o ambas partes, crea el potencial para la violencia.
La posición psiquiátrica
sugiere, por su parte, que el hombre tiene una enfermedad
mental grave y por eso es violento. Sus normas de razonamiento
están fuera de las regulaciones sociales y, por tanto,
se creería que es un psicópata o sociópata.
Sin embargo, esta teoría puede suscitarnos una pregunta:
si la violencia es fruto de una enfermedad mental, ¿por
qué es selectiva? Por ejemplo, las personas que son
violentas en el hogar no tienen por qué serlo necesariamente
en su trabajo o con sus amigos.
Para dar una explicación a por qué
la violencia en muchos sujetos es selectiva, o lo que es lo
mismo, no se reproduce en todos los contextos de su vida,
hemos de remitirnos a otro nivel: el sociocultural:
Según una importante teoría social existe una
división dicotómica que se establece en muchos
ámbitos: mujer-hombre; jefe-trabajador; policía-ciudadano;
profesor-alumno…, de forma que analiza esta división
artificialmente creada entre los hombres, que ha supuesto
la creencia (y asunción), desde casi el principio de
la humanidad, de la superioridad de unos sobre otros.
Con la lupa en la
mano
La célula de toda sociedad es la familia. La educación
que hemos recibido, las ideas heredadas, la conformación
de nuestro carácter, todo ello no es más que
un reflejo del entorno social que nos rodea. La relación
de pareja implica roles que asumimos en gran medida de forma
atávica, es decir, porque así lo hemos aprendido
desde siempre.
Pero, ¿qué tipo de violencia se puede ejercer
en una relación de pareja?
Primeramente, hablemos de la violencia FÍSICA,
que es una invasión del espacio físico de la
persona y puede hacerse de dos maneras: una es el contacto
directo con el cuerpo mediante golpes y empujones; la otra,
es limitar sus movimientos encerrando, provocando lesiones,
forzándola a tener relaciones sexuales y hasta produciendo
la muerte.
De esta manera, la violencia física
tiene un impacto directo en el cuerpo de la víctima,
aunque el espacio emocional es el que más sufre, a
excepción lógicamente de la agresión
que produce la muerte. Cabría aclarar que la violencia
física es el último recurso que la persona utiliza,
ya que por lo general antes ya ha intentado controlar a su
pareja de otras formas más sutiles, como la violencia
emocional y verbal.

La violencia sexual o de género
es una de las más severas y generalizadas.
(Tomada de www.lifeisalemon.net) |
La SEXUAL o DE GÉNERO
es una forma de violencia que está muy generalizada
y se encuentra dentro del ámbito de la violencia física,
aunque invade todos los espacios. Por su severidad la ubicamos
en una categoría diferente. En primer lugar, la violencia
sexual se ejerce al imponer ideas y actos sexuales. El hombre
(que es quien mayormente la ejerce) quiere que su pareja compita
por su atención y buenos tratos: es muy común
que trate mejor a personas que no viven con él que
a su propia pareja.
Otra forma de violencia sexual se realiza
mediante la fuerza física. Hay personas que piensan
que por tener una relación tienen derecho a hacer sexualmente
lo que quieran y cuando quieran; para efectuar esta violación
el hombre usa diferentes métodos, desde “convencer”
con dinero hasta valerse de amenazas y golpes para llevar
a cabo su propósito.
La violencia VERBAL requiere
el uso de palabras (o ruidos vocales) para afectar y dañar
a la pareja, hacerle creer que está equivocada o hablar
en falso de ella en público. Existen tres formas de
ejercer este tipo de violencia: cosificar, degradar y amenazar.
Amenazar: Consiste en la
forma más usual de ejercer la violencia verbal, prometiendo
ejercer violencia si intenta “oponerse”.
Degradar: Es un tipo de violencia que disminuye
el valor de la persona por medio de frases como “eres
una estúpida” o “siempre te portas como
una niña”... También se puede ejercer
más sutilmente (sin que sea por ello menos doloroso)
con frases como “no te preocupes si te sale mal: ya
sé que no lo puedes hacer mejor”. Este tipo de
violencia verbal es muy doloroso, porque no es muy visible,
pero afecta emocionalmente y de manera muy profunda.
Cosificar: Consiste en
hacer sentir como un objeto sin valor a la persona, poniéndole
sobrenombres o dirigiéndose a ella de manera despectiva;
por ejemplo: “¡Anormal, ven aquí!”,
etcétera.
Todas estas son formas directas de violencia, pero las hay
también indirectas; por ejemplo, susurrar para que
no se entienda lo que se dice, hacer ruido para que no oiga
la televisión, entre otras. Todas tienen como objetivo
degradar a la pareja, quitarle su humanidad, menospreciarla,
restringir sus actividades y especialmente negar su propia
realidad y herirla emocionalmente. Finalmente, esta es una
clase de violencia muy utilizada, porque adopta muchas vías
y, además, es fácil de encubrir.
La violencia EMOCIONAL
tiene como objetivo destruir los sentimientos y la autoestima
de la persona, la hace dudar de su propia realidad y limita
sus recursos para sobrevivir. Es tremendamente dañina,
porque hace que el individuo maltratado se sienta constantemente
presionado sin poder definir de dónde viene esa presión;
de esta forma, constituye una forma de tortura que mantiene
desequilibrada a la víctima, pues cree ser la causa
de la imposición a que está sometida.
En cuanto a sus manifestaciones, se lleva
a cabo mediante actos que atacan los sentimientos o las emociones
de la persona: estos actos son persistentes y muy difíciles
de reconocer, pues están aún más encubiertos
que la violencia verbal; de esta forma, generalmente se ejerce
mediante actitudes físicas que implican invalidación,
crítica, juicio y descalificación.
Algunos ejemplos de violencia emocional
son los siguientes: evitar que la persona tenga contactos
sociales mediante argumentos, descartar sus ideas (por ejemplo,
si uno aportó una idea sobre cómo hacer algo,
el otro lo desecha inmediatamente diciendo: “Disculpa,
pero tú no sabes nada de este tema”).
La forma más impactante de violencia
emocional a la que se recurre es esperar a que la pareja gaste
sus recursos, mientras que la otra parte no asume ninguna
responsabilidad. La ausencia como pareja es la parte que resulta
emocionalmente más dolorosa, pues cuanto más
uno trata de entender y de apoyar para participar de manera
cooperativa, el otro se aleja más.
Entonces, ¿somos
o no somos violentos?
Los tipos de violencia son empleados de forma progresiva.
La violencia emocional desequilibra a la persona, que empieza
a dudar de su habilidad para procesar la información
que recibe y por lo tanto la deja expuesta a ser controlada.
Este tipo de violencia funciona al imponer las ideas de una
persona sobre la otra. Si el individuo rehúsa dejarse
controlar por medios supuestamente sutiles, el agresor avanza
y comienza a emplear métodos más claros, como
la violencia verbal. Si aun así la persona no se deja
controlar y se opone abiertamente, entonces el agresor emplea
el último recurso: la violencia física.
El cubano, con todo su andamiaje de “latino
de sangre caliente”, arrastra consigo una herencia que,
por creencias populares, es asociada con la genética
y no con un tipo de comportamiento aprendido de generación
en generación, y que le impone un carácter activo,
pasional y, por lo tanto, de poco razonamiento.
A pesar de eso, la violencia física
en Cuba no reporta altos índices de incidencia. Está
presente, por desgracia, pero no es una manifestación
cotidiana del cubano. Mucho tienen que ver los logros educacionales
y el nivel cultural que se ha ido adquiriendo con los años
de Revolución y, también, en muy buena medida,
la labor de la Federación de Mujeres Cubanas y la política
en general del país, que han dado un espacio de desarrollo
e igualdad (al menos nominal) a las féminas.
Sin embargo, la violencia de tipo emocional y la verbal se
han convertido en algo común. No es raro tropezarse
en el recorrido de una calle, o a la salida de una escuela,
de innumerables muestras de ellas. Mucho tienen que ver los
patrones que se han transmitido en estos últimos años
y cómo muchos valores puros (como la honestidad o la
amistad) han cedido lugar a la preponderancia de valores materiales.
Los medios de comunicación y la educación
en Cuba también continúan siendo sexistas. Los
rasgos patriarcales siguen vivos. El macho tiene que ser bien
macho, y la mujer, aunque trabaje en la calle, debe asumir
su rol de ama de casa. Aunque mucho se ha avanzado en estos
últimos tiempos respecto a la aceptación de
la diferencia, continuamos siendo intolerantes, pues, constantemente
repetimos comentarios despectivos hacia personas con otros
gustos o simplemente otra inclinación sexual.
Con recelo se observan las nuevas tendencias de la juventud,
desgraciadamente influenciada por un pésimo punto de
vista desde el cual se cosifica a la mujer y que, como clímax,
pregona el abuso y superioridad masculina; así ocurre
en la mayoría de los videos clips relacionados con
el reggeaton, género que, por demás, goza de
la mayor popularidad entre la juventud en la actualidad.
Mucho terreno hay que andar. Pues aunque
la que hasta hace muy poco fue considerada la única
fuente de violencia, es decir la física, no está
generalizada en Cuba (aunque tampoco sea raro toparse con
ella), el resto de las expresiones sí están
presentes en la vida cotidiana e, incluso, en términos
alarmantes de la comunicación cotidiana.
A modo de final
El debate sobre el origen innato o aprendido de la agresividad
destructiva en el ser humano seguramente no terminará
nunca. En todo caso, ya sea que se acoja una hipótesis
o la otra, lo que sí puede afirmarse con certeza es
que el hombre ha sido persistente en su lucha por la destrucción.
Además de aprender a reconocer la violencia en sus
formas más sutiles, pasar de la pasividad a la denuncia
y educar en la tolerancia y la equidad, poco puede avanzarse
en la erradicación de ese mal si no se vencen las falsas
creencias que le acompañan.
Los mitos surgen de la gente y con el tiempo
se van convirtiendo en leyes no escritas. También impiden
ver claramente los motivos reales que amparan el abuso: “que
las mujeres son masoquistas y les gusta el maltrato, que los
abusadores son hombres con trastornos o actúan así
por culpa del alcohol”, son solo algunas de esas convicciones.
También se cree “que los más
pobres y menos educados son los más violentos”.
Absolutizar, como siempre, conduce al error. Si la violencia
fuera exclusiva de “personas con trastornos” sería
mucho más fácil de erradicar.
¿No cree usted lo mismo?
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