| Aceptar,
comprender, ser y dejar ser
Por una vida mejor
Por IWC

Cuba: un inmenso ajiaco de personalidades,
donde la tolerancia, la comprensión y la aceptación
deben ser las bases de una sociedad mejor.
(Foto: Elio Miranda) |
Desde que el hombre tiene uso de razón,
la aceptación y la comprensión de lo diferente
está presente en su vida cotidiana. “Cada persona
es un mundo”, pregona el refranero popular, y otro reza
que “la razón es lo que más abunda en
la tierra”, pues cada uno de nosotros piensa que la
tiene consigo.
El no escuchar, no aceptar, imponer, han
desembocado, la mayoría de las veces, en actos reprochables
que empañan la historia del animal superior sobre este
planeta nuestro. Genocidios, crímenes, racismo, están
basados en la intolerancia.
Musulmanes contra cristianos, nazis contra
judíos, blancos contra negros, son solo algunas de
las más evidentes contradicciones que arrastramos con
nosotros desde siglos; herencia que nos lleva a olvidar que
pertenecemos a la misma esencia, la de ser humanos.
Tolerancia: primera
acepción
Se dice que un sistema es justo cuando se respetan y se tienen
en cuenta los derechos de las minorías; cuando aquellos
que son mayoría aceptan la diferencia y la respetan.
La tolerancia es fácil de aplaudir, difícil
de practicar y aun más complejo de explicar.
¿Quién no ha escuchado
e incluso ha repetido frases como esa que afirma despectivamente
que “los negros si no la hacen a la entrada la hacen
a la salida”? ¿O esa otra que afirma categóricamente
que “los hombres son más inteligentes que las
mujeres”? Falsos mitos que, transmitidos de generación
en generación, han llegado a ser considerados como
“verdades irrefutables”.
La tolerancia aparece como una noción escurridiza.
Su significado es de por sí ya bien diferente en sus
dos acepciones principales, dícese que es: permitir
el mal y, —también—, respetar la diversidad.
Su significado clásico siempre se ha asociado con la
primera de estas. Pero ¿qué tipo de mal es el
que se plantea?
El que supone no respetar las reglas de juego que hacen posible
la sociedad.
Si algunos no respetan esas reglas comunes,
la convivencia se deteriora y todos salen perdiendo. Por ello,
quien ejerce la autoridad (entiéndase gobernante, padre
de familia, profesor, policía, árbitro…,
entre otros) está obligado a defender el cumplimiento
de la norma común por el bien de todos.
Ya el célebre filósofo chino
Confucio soñaba con
una época de tolerancia universal en la que los ancianos
vivirían tranquilos sus últimos días;
los niños crecerían sanos; los viudos, las viudas,
los huérfanos, los desamparados, los débiles
y enfermos encontrarían amparo; los hombres tendrían
trabajo y las mujeres hogar; no harían falta cerraduras,
pues no habría bandidos ni ladrones, y se dejarían
abiertas las puertas exteriores.
Defender una ley, una norma o costumbre, implica casi siempre
no tolerar su incumplimiento. Pero hay situaciones que hacen
aconsejable “hacerse de la vista gorda”. Esas
situaciones constituyen la justificación y el ámbito
de la tolerancia entendida como permisión del mal.
Hacer la vista gorda es un giro insuperable, porque expresa
algo tan complejo como disimular sin disimular, darse y no
darse por enterado. Esa es precisamente la primera acepción
de tolerancia, prerrogativa del que tiene el poder y que libremente
modera su ejercicio a su conveniencia.
Los filósofos clásicos llamaron
clemencia a la tolerancia política. Séneca
escribió el tratado “De Clementia” para
influir sobre Nerón que empezaba
a mostrar su actuar intolerante. En su obra profundiza en
la naturaleza del poder y presenta un verdadero programa de
gobierno: “el príncipe, como alma que informa
y vivifica el cuerpo del Estado, debe gobernar con una justicia
atemperada por la clemencia, que es moderación y condescendencia
del poderoso.”
En El Mercader de Venecia, Shakespeare
hace un elogio insuperable de la clemencia: bendice al
que la concede y al que la recibe; es el semblante más
hermoso del poder, porque tiene su trono en los corazones
de los reyes; sienta al monarca mejor que la corona, y es
un atributo del mismo Dios. De forma parecida, Miguel
de Cervantes hace decir a su Don Quijote que se debe frenar
el rigor de la ley, pues “no es mejor la fama del juez
riguroso que la del compasivo”. Y aconseja a Sancho
Panza, gobernador de la ínsula Barataria: “Si
acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso
de la dádiva, sino con el de la misericordia.”
Particularmente aprecio las enseñanzas
del patriota indú Mahama
Gandhi en su oposición al gobierno británico,
enfrentamiento tolerante guiado por la prudencia de un hombre
que vislumbró de una forma particular la lucha por
la justicia e independencia de su pueblo. En sus discursos
repetía que “dado que el mal solo se mantiene
por la violencia, es necesario abstenerse de todo tipo de
violencia”. Y que “si respondemos ojo por ojo,
lo único que conseguiremos será un país
de ciegos”. Sabias palabras que también marcaron
el proceso del fin del Apartheid en Sudáfrica y que,
bajo la guía de Nelson Mandela,
practicaron la política del perdón con todos
aquellos que habían servido a aquel régimen
y evitaron así el inútil derramamiento de sangre
después del cambio.
Pero, ¿cuál es el límite de la tolerancia
ante lo mal hecho? La respuesta pudiera ser pragmática:
siempre que, de no hacerlo, se estime que será peor
el remedio que la enfermedad. Es cuestión de jerarquía
de bienes. Pudiera estimarse que se puede permitir un mal
cuando se piense que impedirlo provocará un mal mayor
o imposibilitará un bien superior. La aplicación
de este criterio no es nada fácil. Hay dos evidencias
claras: que hay que ejercer la tolerancia, y que no todo puede
tolerarse. Compaginar ambas es un arduo problema.
Tolerancia, segunda
acepción
La segunda acepción de tolerancia está basada
en el respeto a la diversidad. No es más que una actitud
de consideración hacia la diferencia, de una disposición
a admitir en los demás una manera de ser y de obrar
distinta de la propia, de aceptación del pluralismo.
Nada tiene que ver con “permitir un mal”, sino
de aceptar puntos de vista diferentes y legítimos,
ceder en un conflicto de intereses justos.

La familia, núcleo fundamental
para una educación de respeto hacia la diferencia.
(Foto: Elio
Miranda) |
El respeto a la diferencia presenta dos
matices: uno activo y otro pasivo. La tolerancia pasiva equivale
al “vive y deja vivir” e implica, inevitablemente,
una actitud de indiferencia. En cambio, la tolerancia activa
viene a significar solidaridad, una actitud positiva que se
llamó, desde los tiempos antiguos, benevolencia.
Los hombres, dijo Séneca, deben
estimarse como hermanos y conciudadanos, porque “el
hombre es cosa sagrada para el hombre”. Su propia naturaleza
pide el respeto mutuo, porque “ella nos ha constituido
parientes al engendrarnos de los mismos elementos y para un
mismo fin”. El filosofo nos exhorta a no conformarnos
con la indiferencia: “¿No derramar sangre humana?
¡Bien poco es no hacer daño a quien debemos favorecer!”.
Por naturaleza, “las manos han de estar dispuestas a
ayudar”, pues solo nos es posible vivir en sociedad.
La benevolencia nos prohíbe ser altaneros y ásperos,
nos enseña que un hombre no debe servirse abusivamente
de otro hombre, y nos invita a ser afables y serviciales en
palabras, hechos y sentimientos.
En “Pensamientos” Marco
Aurelio nos dice que “hemos nacido para una tarea
común, como los pies, como las manos, como los párpados,
como las hileras de dientes superiores e inferiores. De modo
que obrar unos contra otros va contra la naturaleza”.
Igual que nuestros cuerpos están formados por miembros
diferentes, la sociedad está integrada por muchas personas
diferentes, pero todas llamadas a una misma colaboración.
Por eso “a los hombres con los que te ha tocado vivir,
estímalos, pero de verdad”.
Esta comprensión hacia todos debe
llevarnos a pasar por alto lo molesto y desagradable, no con
desprecio, sino con intención positiva: “Si puedes,
corrígele con tu enseñanza; si no, recuerda
que para ello se te ha dado la benevolencia. También
los dioses son benevolentes con los incorregibles”.
Con resonancias socráticas, Marco Aurelio también
dirá que “se ultraja a sí mismo el hombre
que se irrita con otro, el que vuelve las espaldas o es hostil
a alguien”.
La diversidad es un hecho, es la riqueza
de caracteres que existe en nuestra especie, un aspecto saludable
de la sociedad humana, pues con ella se descubren nuevas posibilidades
y nos desafía a considerar otras alternativas de desarrollo,
evitando que nos estanquemos, aunque muchas veces también
crea conflictos.
El pluralismo en la sociedad implica que
todos sus integrantes (con caracteres diferenciados por cuestiones
culturales, sociales, políticas, raciales, sexuales,
ideológicas) deben ser tenidos en cuenta y respetados
como elementos que pueden favorecer un mejor desarrollo del
patrimonio común del grupo.
Así pues, el pluralismo y la diversidad,
el respeto ante la diferencia y la tolerancia, nos enriquecen
como humanidad.
Respeto: base de
una sociedad de justicia

Aceptar la diferencia es la base
de una vida mejor.
(Foto: Elio
Miranda) |
Todavía mucha gente cree que los
negros pertenecen a una raza inferior, que los hombres son
más inteligentes que las mujeres, que “un puñado
de judíos” gobierna el mundo y otras lindezas
por el estilo. Como se sabe, estas creencias fomentan la intolerancia:
sirven de justificación cuando uno menos lo espera.
En consecuencia, podemos estar
seguros de que, a medida que esas creencias populares sean
barridas de la faz de nuestro planeta, a medida que se eleve
la preparación de todos, se disiparán las anacrónicas
actitudes de intolerancia a que dan lugar.
En muchos casos la minoría elegida
como “cabeza de turco” para descargar la ira de
los intolerantes ha sido seleccionada en base a una ignorancia
elevada al cuadrado... En efecto, si por un lado los intolerantes
se basan en una idea falsa sobre dicha minoría, por
el otro se suelen apoyar también en un error en lo
tocante a las causas objetivas de su propia frustración.
Así sucede, por ejemplo, cuando se
maltrata a un oriental, de palabra y de hecho, que viene a
La Habana, como si no fueran personas, sino
seres inferiores, y como si fueran también los responsables
de la escasez de productos o de la crisis económica
general.
En un mundo complejo, en el que cada vez
hace falta más preparación para entender ciertos
fenómenos sociales, técnicos y económicos,
las explicaciones simplistas a que propenden los intolerantes
pueden recobrar su funesto atractivo. Por eso se impone una
sostenida labor educacional. A mayor conocimiento, a mayor
preparación de la gente, menos oportunidades tendrá
la intolerancia para hacer de las suyas.
Las personas que se sienten amenazadas son
las más intolerantes y, bien mirado, solo en un mundo
donde el ser humano se vea libre del miedo y de la miseria,
la intolerancia dejará de representar, a gran escala,
un peligro grave. Ahora bien, la evidente dificultad de conquistar
ese mundo tan prometedor no debería ocultarnos los
aspectos más accesibles del problema. Es mucho lo que
en el plano personal se puede hacer en favor de la tolerancia.
Comenzar por uno
mismo
¿Cómo empezar a ser tolerantes y a practicar
la tolerancia?
Solo hay una forma efectiva, y consiste en la práctica
de una tolerancia doméstica y cotidiana, es decir,
con la familia, con los amigos, con los vecinos, con los compañeros
de trabajo, en la escuela, en las situaciones cotidianas de
nuestra vida.
La articulación entre lo propio y
lo ajeno es la primera dimensión de la tolerancia.
La confianza en uno mismo constituye una actitud sana e imprescindible
para practicar la tolerancia con los demás.
El talante de escucha y de diálogo,
la convicción de que existen pocos absolutos, la denuncia
ante la cobardía, el anteponer siempre el juicio al
prejuicio, el valorar mucho las opiniones y experiencias de
los otros, el intentar que nuestra sociedad funcione lo mejor
posible con actitudes realmente participativas..., son ayudas
que garantizan la tolerancia.
Esta guarda, además, una estrecha
relación con el pluralismo, pues éste, existencialmente
aceptado y vivido, conduce a la tolerancia. Y el pluralismo
es una consecuencia lógica y real de la manifestación
libre y responsable de diferentes maneras de entender el mundo
y la vida (ideologías) o de comportarse en el mundo
y en la vida (conductas); es un signo de nuestra capacidad
de convivir y trabajar juntos, independientemente de la diversidad
de nuestras mentalidades. Somos cubanos, somos hombres, somos
iguales.
El discurso final de Charles
Chaplin en su película “El gran dictador”,
es un canto a la tolerancia y debiera resultar un paradigma
para todos aquellos que soñamos con un mundo mejor,
dice allí:
“Me gustaría ayudar a todo
el mundo si fuese posible: a los judíos y a los gentiles,
a los negros y a los blancos ( ... ) La vida puede ser libre
y bella, pero necesitamos humanidad antes que máquinas,
bondad y dulzura antes que inteligencia ( ... ) No tenemos
ganas de odiarnos y despreciarnos: en este mundo hay sitio
para todos ( ... ) Luchemos por abolir las barreras entre
las naciones, por terminar con la rapacidad, el odio y la
intolerancia. Las nubes se disipan, el sol asoma, surgimos
de las tinieblas a la luz, penetramos en un mundo nuevo, un
mundo mejor, en el que los hombres vencerán su rapacidad,
su odio y su brutalidad.”
Y aunque estos tiempos de paz aún
no llegan, luchar por ello no es una utopía, sino una
necesidad. Conocimiento, respeto y aceptación de la
diferencia son las bases de una sociedad justa, la sociedad
con la que soñamos los cubanos y el resto de este mundo
nuestro.

(Foto: Elio
Miranda)
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Conocimiento:
Cura contra la intolerancia
El mundo camina lenta, pero inexorablemente hacia la integración,
y el planeta se hace cada vez más pequeño,
la intolerancia se agudiza en aquellos individuos y pueblos
que creen amenazadas su identidad, sus creencias y características
distintivas al confrontarlas con los de otros individuos
o pueblos. Sin embargo, ese miedo, en principio razonable
y comprensible, puede dar lugar a la intolerancia más
irracional. Y es que la mayoría de las veces oculta
un problema de inseguridad, de baja autoestima, de miedo
patológico. De ahí que los intolerantes
descarguen toda su furia de forma especial entre quienes
están indefensos, ocultando la cobardía
de su comportamiento en el grupo a fin de intentar diluir
su irresponsabilidad. Una “enfermedad” que
se cura con el conocimiento. A fin de cuentas, la intolerancia
no deja de ser siempre sino producto de la ignorancia
y el miedo |
Definiciones importantes
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