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Martí, el héroe, el hombre
Por Lucila
Sonia

Cuantos conocieron al autor de “La
Edad de Oro” se quedaban impresionados ante su total
entrega a su patria.
(Tomada de www.sld.cu) |
José
Martí fue sin lugar a dudas el más universal de
los cubanos. Su lucha constante por liberar a Cuba y a América
del colonialismo español, y su visión temprana
de la amenaza que representaba el imperialismo yanqui para
los pueblos del mundo, lo hacen acreedor de admiración
y respeto.
Su pensamiento latinoamericanista, su grandeza
de alma y su desprendimiento para con los demás, no
debe hacernos olvidar al hombre que era, con sus contradicciones
y sometido a múltiples tensiones.
Su personalidad pública
y dedicación patriótica, en estrecho contrapunto
con su vida íntima, le significaron incomprensiones
de la madre, la esposa y hasta de muchos amigos, quienes deseaban
que dedicase sus fuerzas a la abogacía, al magisterio
y al disfrute de una holgada y apacible vida familiar.
El tiempo que pasó alejado de sus
seres queridos y en especial de su amado hijo, quedó
reflejado en la mayoría de sus innumerables escritos,
en los que también reafirmó la idea de estar
desposado con su Patria y vivir en luto por ella.
Su fina sensibilidad artística le
permitió apreciar el arte en todas sus manifestaciones,
y se conoce que durante su estancia en Nueva York gastó
el único dólar que poseía en adquirir
una finísima taza de porcelana china, solo para poder
disfrutar de su belleza.
Fue Martí ejemplo de gozo en la amistad
y el agradecimiento hacia aquellos que en algún momento
de su azarosa vida le tendieron la mano a él o a los
suyos. Tal es el caso de su amigo Manuel Mercado, quien durante
su permanencia en México le abrió las vías
para el sustento familiar y le proporcionó su incorporación
a la vida intelectual en el país amigo.
Entre las personas sagradas en la vida del
Apóstol podemos citar a su maestro y mentor, Rafael
María de Mendive, y a su entrañable amigo y hermano,
Fermín Valdés Domínguez.
Al poseer el arte de escuchar a los demás,
también hechizaba con su palabra firme lo mismo desde
una tribuna, el aula o cuando conversaba con los tabaqueros
en Tampa o en los salones neoyorkinos a donde era invitado.
Su amplio epistolario es muestra de su esmerada
educación y exquisitez , al dirigir palabras amables
y oportunas en cada ocasión, pero no por ello menos
firmes.
Gustaba de reír y bailar; conocía
de comidas como nadie, pero comía poco; era intranquilo
e impaciente para los asuntos relacionados con la lucha, pero
podía pasar largas horas entregado a la lectura o a
la escritura de sus textos, leyéndole cuando podía
su hijo o escuchando la interpretación al piano de
las clases que dio a Maria Mantilla.
Quien lo trató no pudo escapar a
su influjo y le cobró cariño y respeto irremediablemente,
pues hasta sus enemigos más acérrimos reconocían
en él al hombre que lo entregó todo en aras
de la libertad de su Patria.
Fuente: “El Martí
que yo conocí” y “Obras Completas”
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