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Moda


Existe un mundo más allá de la ropa


Por Jorge L. Cruz B.

Una de las cosas que seguramente más atormentó las mentes poco profusas de nuestros primos lejanos, los cromagnones, fue sin dudas el cómo proteger su cuerpo del frío. Y aunque “mucho frío” ha hecho desde aquellas primeras pieles de la Edad de Piedra hasta los últimos jeans de moda; tengo razones suficientes para pensar que en la actualidad una de las cuestiones que más nos sigue rompiendo la cabeza —y no precisamente a macetazos— es cómo vestir, aunque ya el principal incentivo no sea proteger nuestros cuerpos del tiempo inclemente, sino “estar en onda”.

De lo contrario, que tire la primera piedra quién ante una invitación, y mucho antes de revisar los compromisos de su agenda personal, no se ha remitido inmediatamente a su armario a consultar, cual bola mágica, si puede ir o no a la playa; si tiene algo “fino” para ir a tal o más cual lugar, o si “el closet me da” para una semana en casa de algún amigo de otra provincia.

Eso es normal. Hasta ahí no hay nada patológico. Cosas como esas yo se las achaco a las posibilidades, al subdesarrollo, incluso a los ciclones. Lo malo es cuando vestir pasa a ser el incentivo principal del día.

Es ahí cuando comienza a preocuparnos más saber qué será objeto de crítica, elogio, envidia o aprobación por las personas que nos rodean, que el propio hecho de divertirnos; mucho más ahora que no solo compramos ropa, sino marcas.

Conozco a una muchacha —por favor, no te duelas— que dejó de ir a un trabajo voluntario de la empresa porque no tenía nada “sport” que ponerse, y a otro que perdió su fiesta de fin de año porque no pudo comprar nada para estrenarse.

Comentario aparte para algunos que, todavía en el siglo XXI, se piensan mejores personas porque visten “más alante”, o para quienes se creen que han hallado la relación de su vida solo porque “tienen tremendo trapo”, o “todo lo que usa se lo mandan de allá”. Frases que me hacen pensar en aquel “pobre mortal” de Silvio, que por ser “tan desalmado y bruto/perdió el amor y se perdió el respeto”.

Al hablar de esto no puedo eludir los duendes que habitan mi adolescencia, y hacen legendarias aquellas fiestas a las que sin dudas íbamos con botas, mucho antes de que Varela nos hiciera canción, o tramábamos escapadas a la playa, en momentos en que todavía lo más importante era el mar, y no precisamente los chóres con que nos bañábamos.

Jamás podré olvidar aquella historia de principios de los 90 del muchacho que fue a conocer a los padres de su novia y se percató que su camisa de guinga, guardada celosamente para la ocasión, no era más que una extensión de las cortinas de la sala.

Siempre digo que una de las cosas que nunca le perdonaré al tiempo es no haberme dado el “chance” de enseñar la cartilla a la luz de un farol chino, pero si en algo estoy en deuda con mi generación es por haberme dado la oportunidad de saber que existe un mundo más allá de la ropa, y poder mirar al espejo de frente y saber que lo que veo es lo que soy, como una manera genial de quedar bien, primero, conmigo mismo.

No es que no me guste lo bueno. Les juro que soy mortal. Hago votos porque las personas sigan intentando agradarles a las personas, y por continuar tratando de mejorar nuestra apariencia. Les aseguro que siempre seguiré prefiriendo las fotos a las radiografías. Pero no puedo dejar mi tonta costumbre de creer más en las personas que en las cosas.

Ah, lo olvidaba, discúlpame por no contestar tus preguntas, es que el corte de esta columna no me permite dar consejos sobre cuál “marca” es mejor. Y, la verdad, no tengo muy buen gusto sobre eso.


(Tomado de www.ahora.cu)


 

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