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El Tatu que yo conocí
Freedy Ilanga Yau, un joven que estuvo muy cerca del
Che durante su paso por el Congo, recuerda, a la luz de sus
años, las enseñanzas recibidas del mítico
Guerrillero.
Por
Mongui

Humano hasta la médula. Tatu se comportaba con
todos como el más simple de los soldados.
(Foto: Cortesía
del entrevistado)
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Cuando yo tenía 15 años, me
involucré en la guerrilla del Congo. A los 16, ¡no
digo yo si me acuerdo bien!, entre las cinco y las seis de
la mañana del 24 de abril de 1965 escuchamos el ronroneo
de una embarcación de motor y, como no estábamos
seguros de quiénes eran, ocupamos nuestros puestos
`por si se trataba de mercenarios al servicio enemigo.
Entonamos un himno revolucionario
que fue respondido en señal de aviso Entonces desembarcó
un grupo que se componía de 214 hombres; de estos,
solo dos eran blancos.
Nos explicaron que eran cubanos, que nos
entrenarían en el arte de la guerra de guerrilla y
les preparamos una choza en un lugar cercano al riachuelo
Kibamba, pero, a decir verdad, ¡ni el mismísimo
Chamaleso que los había traído sabía
quién era Tatu!
Para qué mentirte, ese
blanquito con aire intelectualoide en medio del monte, siempre
leyendo unos librotes grandísimos, no me caía
bien. Tú lo saludabas más o menos en mímica,
único modo de entendernos al principio y como si nada.
El 28 de mayo llega el jefe del Estado Mayor,
Mutudidi Leonard, a quien yo conocía desde el principio
de la guerra porque él no sabía hablar bien
swahili ni mituojili, las dos lenguas fundamentales empleadas
por nuestra gente para comerciar en la región, y tuve
que servirle de traductor cuando se desempañaba como
asesor político. Pero evitemos digresiones y volvamos
al campamento, adonde Tatu.
El jefe del Estado Mayor, dije llegó
a fines de mayo al campamento y un día que, como de
costumbre, iba yo a visitar a mi amigo François, su
lugarteniente y guardaespaldas, sin querer oí a Mutudidi
hablar con el Comandante de la base en Luluabourg y le recomendaba
el cuidado de Tatu que estaba enfermo y en realidad se trataba
de Ernesto Che Guevara, tercera personalidad de la Revolución
Cubana.
Aunque para mí era como si me hablaran
de Don Juan de los Palotes, el jefe del Estado Mayor se dio
cuenta de que yo lo había oído y amenazó
con fusilarme si revelaba el secreto.
Mi predisposición hacia Tatu aumentó
todavía más.
A poco fui llamado para servirle de profesor
y traductor. Me cayó como una “bomba”.
Era lo último que me podía faltar. Servir de
intérprete a un blanquito irónico, recio, después
de la amenaza de fusilamiento si se descubría su verdadera
identidad. Una carga muy pesada para un negro, guerrillero
y de solo 16 años de edad.
Debes tener en cuenta que ara nosotros la
raza blanca se había convertido en símbolo de
penalidades; de arrogancia del dominio belga, que enarboló
la superioridad del blanco sobre el negro; de explotación
y servidumbre. Resultaba difícil cambiar nuestra apreciación
cuando apenas llevábamos casi cuatro años de
independencia, luego de ocho décadas de colonización
y ultraje europeos.
De todas formas tenía que cumplir
una orden superior, así que me presenté ante
Tatu y preparamos el programa de clases: un vocabulario en
francés-español-swahili. Tatu se quejaba mucho
porque su francés, que se suponía era la lengua
nacional en el Congo, no le servia para nada.
Al tercer día, viéndome Mutudidi
merodeando por la playa, me pregunto qué hacía:
— Ya terminé con las clases? respondí.
—La orden es vivir ahí, comer
ahí, morir ahí, porque usted no es solo un profesor,
usted es un soldado, y los grados los va a ganar ahí?replicó.
Regreso donde Tatu y le cuento.
—¿Estás molesto? ? interroga.
—No— le contesto. Las órdenes
se cumplen.
De esa manera comenzó nuestra convivencia.
Pero no creas que mejoró la relación, ¡todo
lo contrario!

Junto
a Tatu y otros compañeros de la guerrilla, Freedy,
al fondo y con sombrero.
(Foto: Cortesía
del entrevistado)
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Pronto le dio por subir la loma de Luluabourg
( a unos 1800 pies sobre la base del Kibamba) y el primer
día, a eso de las tres de la tarde, decidió
que regresáramos; el segundo día, lo mismo;
el tercero, igual. Ya aquello me estaba mortificado. Me preguntaba
si en el país de ese blanquito no había lomas
y, para colmo, en medio del monte se le ocurría parar
y sacar una boquilla blanca que se metía en la boca
como para limpiársela.
—¿Qué le pasa a este
hombre?— me preguntaba yo, ignorante al fin. ¿Ahora
le ha dado por perfumarse los dientes? ¿Es que solo
siente el mal aliento cuando estamos arriba? Yo he visto mujeres
con esas delicadezas, pero los hombres…
La curiosidad me venció y terminé
abordándolo. Supe por el mismo que se trataba del asma,
un padecimiento desconocido entre nosotros y ¿sabes
una cosa?, e deprimí, sinceramente. Como se dio cuenta,
fue peor el remedio que la enfermedad: decidió darme
clases sobre el asma, y yo a engrandecer mi rechazo: “¿qué
clase de tercera personalidad cubana es esta que nos viene
a contagiar con enfermedades extrañas”, decía
para mis adentros. Mas a la larga tuve que cambiar.
El cambio, por supuesto, no vino de la noche
a la mañana, sino poco a poco.
Fueron muchos detallitos, pese a su mirada
penetrante un carácter sombrío. Por ejemplo,
una vez que dieron como ración arroz, yuca sancochada
y dos plancitos de fruta,. e dejaron fuera con los plátanos.
Tatu llamó al cocinero, quien le explicó que
no alcanzaban, que solo pudo resolverle a él y quedaban
dos para su consumo propio.
Al cocinero le costó darme su comida
y, además, dos días de castigo, porque, según
el líder guerrillero, el cálculo errado no lo
había hecho yo sino él, y, al menos, podía
haber compartido un plátano conmigo.
En otra ocasión, ya en la cima de
la loma —al final la subió el muy obstinado—
tuvimos que acampar allá arriba. Le solicité
permiso para pernoctar junto a mis compañeros y me
lo negó. Preparó su hamaca sobre cuatro palos,
se puso a un lado de la parihuela y me ordenó acostarme
al otro, en sentido contrario. Me llamó la atención:
o estaba haciendo buena propaganda o el hombre se portaba
mejor que muchos negros que jamás se dignaban a compartir
su hamaca con nadie.
Recuerdo también que en junio, ascendiendo
nuevamente hacia el Luluabourg, nos alcanza un guerrillero
apodado El Ugandés, quien nos comunica que Mutudidi
había muerto ahogado en el lago. La noticia nos sorprendió
a todos, pues hacía apenas dos horas que nos habíamos
despedido de nuestro jefe del Estado Mayor. ¡Primera
vez que veo transformarse la fisonomía de Tatu! ¡Sentía,
profundamente, la muerte de uno de los nuestros!
Durante el funeral expresa, en francés,
que el pueblo congoleño había perdido un hijo
irrecuperable. Yo le manifiesto que si él dictaba en
francés, porque debía traducirle esa frase en
swahili o mejor aún, por qué no la decía
él mismo que ya tenía cierto dominio, y me contesta:
—Porque tengo confianza en usted.
Aquellos iba metamorfoseándome. Él
tenía la costumbre de colocar la cantimplora donde
todos, sin diferencias. Él sabía, hasta el más
ínfimo detalle de las necesidades de la tropa. Asumía
cualquier tipo de trabajo como el más simple de los
soldados. Y todo ello contribuyó a que se operara en
mí un cambio de actitud,.
Cuando me enfermé, parece que de
una encefalitis a causa del paludismo, me contaron que Tatu
no abandonó una pata de mi parihuela. Yo permanecí
mucho tiempo inconciente, pero estoy seguro que él
podía ordenar que lo sustituyeran y sería obedecido
al instante. Sin embargo, quería estar cerca de mí.
Sin lugar a dudas, no estaba haciendo propaganda.
Adrien Sensarieg, un haitiano que había
estudiado en Cuba y que fue testigo directo de los hechos,.
Afirma que todos sus compañeros se decían:
—Si el negro este se muere, olvidémonos
del regreso, porque de la manera que lo cuida el Che, ¡imagínense
que se nos vaya el muchacho!
Es lógico que la enseñanza
de Tatu, su ejemplo y entrega, me hicieron desterrar toda
traza de reserva étnica y nacional.
Supe con Tatu que el egoísmo constituye
una cualidad del ser humano en pos de su conservación,
pero que a veces se sobrepasan los límites y se tiende
a monopolizar y esclavizar, incluso, la propia especie.
Para superar ese lastre —argumentaba—
es preciso que la vanguardia eduque a sus semejantes, que
nos miremos como iguales y seamos capaces de luchar contra
cuanto perturbe el equilibrio de la humanidad. Entonces seremos
universales y cumpliremos derechos y deberes sin diferencia
del color de la piel, sexo o religión, y defenderemos
al hombre en cualquier región del planeta.
El reconocimiento del papel protagónico
del hombre y de su poder en la transformación de la
nueva sociedad, era el legado humanista de Tatu.
Su vocación de educar por y para
la libertad es esencial, constituye un arma de triunfo. Y
ese optimismo en la formación del hombre nuevo se basa
en el apoyo del pueblo.
Su sacrificio nos indicó: que hay
que luchar para humanizar.
Su valerosa vida dejó claro que se
puede pensar en un modelo alternativo de desarrollo que asegure
formar un hombre diferente en este siglo XXI:: un hombre más
participativo en lo político, un humano más
solidario en lo social un ser más productivo en lo
económico, un habitante más universal en sus
relaciones internacionales.
Para llegar a estos objetivos hay que tomar
su ejemplo como arma y andar con pasos firmes hacia la victoria.
Como médico igual que el Che considero
que en mi vida he tenido tres profesores más allá
del legado científico como tal: Mutudidi, quien me
inculcó que yo era congoleño, no solo integrante
de una etnia, sino parte de una nación; Tatu me enseñó
el humanismo del cual te hablé, que hay que humanizar
la Tierra y que el egoísmo es el punto fundamenta de
diferencia de clases, el punto que clasifica la ideología,
el tercero…, del tercero no te digo nada porque me niego
a hablar de los vivos. Creo que se infiere quién es.
Por lo demás, te advierto que
coincido con el axioma martiano de que “Patria es Humanidad”,
y como humanos estamos por encima de cualquier reduccionismo
nacionalista. No acepto ninguna restricción por congoleño
o por cubano.
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