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El Cid, mito y realidad

Por Alicia Centelles

Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.
El Cid sigue siendo símbolo del valor y la hidalguía castellanos.
(Tomada de www.ximopuigfotelcamp.files.wordpress.com)

Rodrigo Díaz de Vivar nació en el seno de una familia de la nobleza castellana hacia el siglo XI. Su azarosa vida militar al servicio de reyes españoles primero, y de un soberano almorávide después, sirvió de tema al primer cantar de gesta de la literatura castellana, el Cantar del Mio Cid.

La palabra cid se deriva del árabe seyyid, que significa amo o señor. Bajo las órdenes del rey castellano Sancho II el Cid desempeñó un papel fundamental en el litigio fronterizo con Navarra. Tras la muerte del soberano de Castilla, este reino pasó a Alfonso VI, sospechoso de haberlo asesinado. Por ello fue obligado a prestar un juramento en Santa Gadea de Burgos delante del Cid.

Ya al servicio del nuevo rey, el Cid fue enviado a cobrar el impuesto al soberano moro de Sevilla, quien le entregó un premio personal. Este hecho, unido al prestigio militar de El Campeador, motivó su ruptura con Alfonso VI.

Trató de crear su propio señorío en Valencia
Desterrado, Rodrigo Díaz de Vivar entró al servicio del rey moro de Zaragoza y derrotó al aragonés Sancho I Ramírez. La invasión almorávide y la derrota de Alonso VI en Sagrejas acercaron nuevamente al rey y al Cid, pero este demoró en socorrer al monarca en un combate, lo que provocó su segundo destierro.

Así fue cómo el guerrero intervino en Valencia para construir un señorío personal, y derrotó progresivamente a sus rivales. Nuevos ataques almorávides reconciliaron a Alfonso VI y al Cid y este último logró recuperar la ciudad, mediante una alianza con los gobernantes de Aragón y Barcelona. A sus hijas María y Cristina (las Doña Elvira y Doña Sol del poema épico) las casó con miembros de esas dos casas reinantes.

A la muerte del Cid Campeador, el 10 de junio de 1099, Alfonso VI tuvo que abandonar Valencia.

Un cantar de gesta para el Cid
En los últimos años de la vida del caballero castellano se inspira en el Cantar del Mio Cid, cuyos más de 3 700 versos constituyen la primera obra narrativa extensa de la literatura española en una lengua romance.

El poema, de gran valor literario por la maestría de su estilo, se inicia con el destierro del Cid, primer motivo de deshonra, tras haber sido acusado de robo. Perdonado por el rey tras la conquista de Valencia, recupera su estatus de seño de vasallos, sus hijas contraen matrimonio con los infantes de Carrión.

Pero de nuevo el honor del Cid se ve afectado al ser humilladas y abandonadas sus hijas por sus esposos. Entonces, Rodrigo exige la anulación de los matrimonios en un juicio presidido por el rey, donde los infantes de Carrión son apartados de los privilegios que antes detentaban. Posteriormente, las hijas del Cid se casan con reyes de España, cuya descendencia, a su vez, se regocijará de tener tan ilustre antecesor.

En los tres cantares que componen la obra —El destierro, Las bodas y La afrenta de Corpes—, los personajes femeninos tienen una función accesoria. A través de ellas el autor nos enseña los aspectos domésticos y familiares de la vida del héroe, lo que subraya su humanidad. Además, el poeta juega con las emociones para conmovernos y hacernos participar, llevándonos a una identificación emocional con los personajes.

Con respecto al protagonista, Rodrigo Díaz de Vivar resulta un personaje literario de medida caballeresca, con la moderación o mesura como virtud fundamental, su esfuerzo en la lucha, la conciencia de la honra, el amor a los suyos y el que siente por la tierra que es raíz de su linaje.

Perteneciente a una épica que abre caminos hacia narraciones más complejas y matizadas, el Cid es símbolo del valor y de la hidalguía castellanos, y por ello, desde las primeras manifestaciones de la épica hasta el romanticismo, y aún después, ha inspirado numerosas obras literarias.

 


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