|
El amor, que en todo lo humano pone su sello, ha guardado
a través de los siglos la historia de amantes que,
por uno y otro motivo, han trascendido y han pasado…
… de la historia
a la leyenda
Por María
Luisa García Moreno
No se sabe con exactitud cómo
se conocieron Ignacio
Agramonte y Amalia
Simoni, aunque es lógico suponer que en cualquiera
de las actividades sociales que frecuentaban los jóvenes
de la aristocracia camagüeyana a la cual pertenecían
los miembros de ambas familias. Quizás lo hubieran
hecho cuando niños o adolescentes, y el reencuentro
en la flor de su juventud los marcó para siempre.
Sin embargo, al padre de Amalia no le satisfacían
estos amores, pues si bien Agramonte gozaba de una situación
deshogada no contaba con grandes riquezas y, además,
para esa fecha, se hallaba comprometido con la conspiración
libertaria.
A pesar de todos los pesares,
Ignacio lo convenció de que le podía ofrecer
a su hija “un amor sin límites y una honestidad
sin mancha” (1). Amalia llegó a decirle al padre:
“No te daré el disgusto, papá, de casarme
en contra de tu voluntad, pero si no es con Ignacio, con nadie
lo haré”. (2)
Se puede apreciar la belleza de este amor
a través del testimonio de las epístolas que
Ignacio le escribiera a Amalia, compiladas por Roberto Pérez
Rivero, Elda Cento Gómez y José Carnero Álvarez
en el libro “Para no separarnos nunca más. Cartas
de Ignacio Agramonte a Amalia Simoni”, que el sello
editorial Abril presenta en esta Feria del
Libro de La Habana.
No es este un epistolario cruzado. Al caer
El Mayor en Jimaguayú, las cartas de su amada,
que probablemente guardaba con celo, desaparecieron con él.
Solo una misiva de Amalia se ha encontrado hasta hoy, fechada
el 30 de de abril de 1873, la cual nunca llegó a las
manos de su esposo. En ella el corazón de Amalia, desgarrado
por la cruel separación, se desborda de apasionado
amor:
“Ignacio mío adorado: Después
de tantos meses pasados sin que llegara a mí ninguna
carta tuya, y ¡de no tener otras noticias sino las que
da en sus periódicos el enemigo, he tenido el placer
imponderable de recibir tu cariñosa y querida carta
fecha 19 de Noviembre que trajo Zambrana. ¡Ay, Ignacio
mío, el corazón parece querer saltárseme
del pecho cuantas veces la leo; cada una de tus esperanzas,
cada tormento, cada palabra, me hacen sentir, demasiado; y
me admiro de encontrar fuerzas para vivir tanto tiempo lejos
de la mitad de mi alma.
“Has estado herido, mi bien, y dices
que ligeramente; podrá ser como me lo dices; pero también
me asaltó la duda de que disminuyas la gravedad de
tu herida para minorar algún tanto mi dolor. Yo lo
supe antes de recibir tu carta por un periódico ya
atrasado, que papá no pudo ocultarme! ¡Qué
angustia, qué ansiedad, qué desesperación
experimenté!*
Los autores del libro han organizado las
cartas cronológicamente con el mayor rigor, porque
algunas no tienen fecha y fueron ubicadas por apreciación
a partir de información que contienen. Las 76 primeras
misivas corresponden a la etapa del noviazgo, cuando Ignacio
Agramonte estaba en La Habana
estudiando primero y trabajando después. De esta época
son estas hermosas y apasionadas líneas:
“No puede disminuir mi cariño
hacia tí por ningún motivo. Anoche, como ahora,
y como siempre, mi amor es infinito y toda mi dicha se cifra
en tu felicidad: daría toda la que yo pudiera disfrutar
por un solo momento de contento para tí: saborearía
los mayores dolores con placer por ahorrarte el más
insignificante de los tuyos.
“No quiero el sacrificio de arrostrar
hasta la cólera de tu padre, por evitarme el menor
disgusto, aunque agradezco con toda mi alma el sentimiento
que inspira tal ofrecimiento. Complácele siempre, y
cuando para hacerlo te veas en un conflicto entre su voluntad
y mis convicciones o las consideraciones que creas deberme,
háblame para ponerme de acuerdo con él”.
La segunda y tercera partes del libro reúnen
otras 47 misivas escritas por el héroe cuando, por
el estallido de la guerra se vio obligado a separarse de la
que ya era su esposa. No puede olvidarse que esta amorosa
pareja contrajo matrimonio el primero de agosto de 1868, en
la parroquia de Nuestra Señora de la Soledad, en Camagüey,
y que, aunque Ignacio no se alzó el 4 de noviembre
en Las Clavellinas —por estar cumpliendo otras tareas
de la Revolución—, lo hizo el 11 del propio mes.
Solo de tres meses y unos días gozó de la paz
conyugal esta pareja, de continuo interrumpida por las tareas
de la conspiración.
Una vez que Agramonte se alzó, Amalia
lo siguió a la manigua. La familia se instaló
primero en La Matilde, finca de Simoni; luego se trasladaron
varias veces: en Arroyo Hondo nació Ernesto, el Mambisito,
y La Angostura fue inmortalizada por ellos como El Idilio.
Precisamente allí se vieron por última vez,
el 26 de mayo de 1870, primer cumpleaños del pequeño.
Mientras Agramonte combatía contra
los hispanos, Amalia fue apresada u obligada a marchar al
exilio.
De una carta fechada el primero de abril
de 1871 y de la última que escribiera, con fecha 19
de noviembre de 1872, son los siguientes fragmentos que transparentan
los sublimes sentimientos que los unieron:
“¡Cuánto he gozado con
la pintura que me haces de nuestro Ernesto y de sus gracias!
¡Ay, quién te viera y quién lo viera á
él! De nuestro segundo chiquitín, nada sé.
Supongo por una de Simoni de 28 de Diciembre que habrá
nacido en los primeros días de este año. ¡Cómo
lucha el corazón, bien mío, uno y otro día,
en todos los momentos de la vida, con esta separación
de las prendas que así adora! ¡Qué honda
amargura encierra el pecho, porque no te veo, y vivo lejos
de ti! Y sin embargo me siento dichoso cuando pienso en que
me amas y que con frecuencia piensas en mí.
“[…] He recibido con algunos
renglones de mamá y de mis hermanos, de Agosto último,
la nueva de que te hayas en Mérida con Simoni, Manuelita,
y demás familia, y gratísimas referencias á
tus cartas y á las gracias de nuestro Ernesto y Herminia.
“Para mi ansiedad en todo lo concerniente
á mi esposa que adoro con todo el frenesí de
que es capaz el corazón, y á nuestros hijos
que me pintan tan simpáticos y graciosos, comprenderás
Amalia mía, que tales datos han debido parecerme harto
insuficientes: pero al cabo sé algo de ti y de ellos.
“Escríbeme, bien mío,
cuéntame todas tus penas, todos tus sufrimientos, todas
tus privaciones! ¡Cómo me las pinta la imaginación!
¡Cuánto me atormentan!”
Aún tiene el libro una cuarta parte,
que los autores han titulado “Amor sin fin”, en
la cual se cuenta la vida de Amalia en Estados Unidos ?durante
la guerra y cuando ya concluida la contienda, esperaba que
finalizaran los estudios su hijo y su sobrino? y en Cuba.
En “para no separarnos nunca más…”
puedes hallar el palpitar de dos corazones, el amor que se
funde con el deber. Con respetuosa veneración, sus
autores nos entregan la historia de un amor infinito, guardado
por la historia y convertido en leyenda por el imaginario
popular.
* En todos los casos se ha respetado la
escritura de la época.
Notas
(1) Mary Cruz. “El Mayor”.
Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1972, p. 59.
(2) Roberto Pérez Rivero. “El pequeño
Ignacio”. Ediciones Abril, La Habana, 2008, p. 26.
|