| Anime
¿Arte o mercado?
Por Pavel
López

Golpes, pescozones y patadas, además
de tramas y subtramas caracterizan a la kilométrica
serie Naruto, que continúa saliendo en Japón
semanalmente.
(Foto: Archivo) |
Para algunos su peculiar imaginario, estilos gráficos
y variedad genérica le confieren al anime (dibujo animado) japonés un lugar cimero dentro del
discurso audiovisual contemporáneo. Otros han llegado
a catalogarlo como una “macabra venganza” del
país asiático contra Occidente tras los bombardeos
de Hiroshima y Nagasaki en 1945.
La efectividad con que las series y filmes
japoneses se impusieron internacionalmente en la década
del 80 del pasado siglo, y los “dolores de cabeza”
que propician los enrevesados argumentos de muchas de estas
películas en los espectadores ajenos a la Historia,
sistemas filosóficos y religiosos orientales, sustentan
la hipótesis.
A tales planteamientos cabría oponer
que el “perverso artefacto cultural” estremece,
en primera instancia, los más variados sectores de
la propia sociedad nipona, la cual no ha dejado de ser en
la actual centuria su público preferencial.
Las estadísticas hablan por sí
solas: En la actualidad operan cerca de 440 compañías
de animación en Japón, las cuales producen más
de 10 horas de dibujos animados al día (1). De igual
forma, se mantienen al aire 80 series televisivas simultáneamente
en infinidad de franjas horarias, incluida la madrugada.
Para llenar la copa, toda una avalancha
de artículos asociados al anime forma
parte de las rutinas de consumo de los japoneses. Dentro de
ellos podemos mencionar videojuegos, bandas sonoras, literatura,
juguetes, vestuario y productos alimenticios.
Ni qué hablar del fenómeno
manga (historieta), materia prima fundamental
de múltiples largometrajes y series que se realizan
en el país; estos materiales tienen su origen en dichas
publicaciones, leídas por más del 40% de la
población, lo cual garantiza los ingresos anuales de
la industria, en el rango de los 520 billones de yenes.
Para todos los gustos
Aparejado a esta insólita “explosión animada”,
se da el fenómeno de la especialización de los
productos audiovisuales. Los realizadores del género
han marcado una distancia notable de sus semejantes en el
resto del mundo, justamente por el deseo de llegar a los más
variados sectores (jugada que apunta, lógicamente,
al incremento del consumo).
De esta forma se han ido estableciendo clasificaciones
dentro del anime, con peculiaridades en cuanto
a diseño e historias, que toman en cuenta variables
como la edad, el género e incluso la orientación
sexual del público meta. Todo ello redunda en una aceptación
desmedida de tales productos en el Japón contemporáneo
.
La crítica afirma que el anime es
parte indisoluble de la vida de sus habitantes, un fenómeno
quizá comparable a la dependencia que sienten los latinoamericanos
por las telenovelas.

Las historias de «mechas», del ingles mechanical, tienen amplia aceptación en el público del anime.
(Foto: Archivo) |
Polémica nipo-animación
Entre los tópicos más discutidos con respecto
a la producción animada nipona sobresale la occidentalizada
imagen de sus personajes, diseñados sobre cánones
figurativos, que poco o nada emulan las características
del japonés promedio.
Varios especialistas localizan la raíz
de dichas concepciones en la era Meiji, específicamente
en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial,
período de aperturas y agudas transformaciones políticas,
económicas y sociales. A partir de este momento el
imaginario nipón sucumbió a un proceso, según
expertos, de “autoblanqueamiento” o “desjaponización”.
En otras palabras, los patrones occidentales
de belleza se impusieron, y solo el manga
y el anime lograron regalar a los habitantes
de la nación asiática la imagen que esperaban
ver de sí mismos: un sujeto donde se hibridaban características
caucásicas y nativas, imposibles de concretar en el
“cine real”.
De igual forma, la violencia y alusiones
sexuales presentes en buena parte de anime
han sido fuentes de agudas polémicas. Series como “Sailor
Moon”, “Dragon Ball” o “Ranma ½”,
de amplia distribución ahora mismo en Europa y América
Latina, se han transmitido en la pantalla chica de esos países
tras un radical proceso “purificador”, que incluye
la supresión de escenas eróticas “explícitas”
y la manipulación interesada del doblaje; ello posibilita
que múltiples personajes masculinos de imagen andrógina,
muchas veces de abierta orientación homosexual, aparezcan
con voz de mujer, para que los niños los confundan
con féminas y así no reciben una información
“inapropiada”.
Algunos críticos apuntan que tales
personajes-hombres-ambiguos, presentes en casi todas las producciones
de manga y anime son, simplemente,
ingenuos mecanismos para que las jóvenes japonesas
puedan experimentar fantasías que les son negadas a
las mujeres en esa sociedad. Este tipo de series las transportan
a un universo donde “lo femenino” tiene cierta
hegemonía, ya sea por la presencia de heroínas
o héroes andróginos, lo cual les garantiza fantasear
con su sexualidad en un contexto de mucha más confianza.
.
Las aventuras del anime en el Caribe
Escándalos a un lado, hoy día las vertientes
temáticas del género son más amplias
de lo que pudiera imaginarse. Entre ellas, se pueden mencionar
la ciencia ficción, el discurso ambientalista, las
historias de robots gigantescos manipulados por hombres (mecha)
y el deporte, entre muchas otras.
Y aunque algunos consideren que el vértigo
de los cubanos por el anime es reciente,
lo cierto es que desde la década del 80 un alto porcentaje
de las películas de animación exhibidas en las
salas de cine procedía de la nación asiática.
Por ese camino llegaron a nosotros infinidad de mecha
(“Voltus V”, “Mazinger”, “Yaltus”),
cintas protagonizadas por animales (“Los ositos polares”,
“Tao Tao”, “La historia de un osito panda”),
adaptaciones de clásicos de otros géneros (“El
lago de los cisnes”) y un largo etcétera.
Asimismo, aún con décadas
de retraso, la pantalla chica en la isla mayor de las Antillas
ha visto desfilar series de la talla de “Ángel”,
“La princesa caballero”, “Marco”,
“Heidi” o “Astroboy” (conocido en
Cuba como “Jet Marte”), de rotundo éxito
en todo el mundo. Como se ve, Cuba no estuvo ajena al boom
internacional del anime en los 80.
Eso sí, las expresiones más
maduras y depuradas artísticamente de la modalidad,
debieron esperar al presente milenio para encontrar un lugar
en las pantallas cubanas. El espacio televisivo Ciencia y
Ficción puede considerarse entre los pioneros en abrir
los brazos al animado japonés adulto, y más
recientemente, X-Distante, del Canal Habana, el cual merecería
incorporarse a una señal de alcance nacional.
Por este último han desfilado piezas
antológicas, desde “Akira”, de Katsuhiro
Otomo (para muchos el “Blade Runner” del dibujo
animado), hasta las películas de Hayao Miyasaki, unánimemente
aclamado como la figura más visionaria y descollante
de la segunda generación de animadores japoneses.
En resumen, ya sea haciendo concesiones
a la audiencia, con guiños al mercado extranjero, o
respetando la cartografía histórica, cultural
e ideológica del Japón, el anime
se las ha agenciado para demostrar su legitimidad.
Si no consigue aún la jerarquía en los mercados
foráneos, dominados por los maremotos de mediocridad
sello Disney, al menos no deja lugar a dudas de su contundencia
artística en los tiempos que corren.
Así lo atestigua el Oscar otorgado
a “Los viajes de Chihiro”, del propio Miyasaki,
en 2002, reconocimiento sólo comparable al Oso de Oro
que se llevara meses antes la rotunda cinta, durante el Festival
de Cine de Berlín.
Las cotas de maestría que puede,
y de hecho alcanza, año tras año el dibujo animado
nipón son motivo más que suficiente para no
serle indiferente.
Notas:
(1) A partir de este momento las cifras pertenecen
al ensayo “El manga y el anime: la máquina transcultural”,
del periodista Dean Luis Reyes, publicado en la revista Cine
Cubano No. 159, enero-marzo 2006.
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