| El
magisterio cubano…
La semilla de su historia
Leyvis Yero Rodríguez, Yisenia
Ochoa Sánchez, Hailier Cobo Cruzata y Ernesto Rojas
Almaguer, son cuatro jóvenes del municipio de Jesús
Menéndez que en el 2002, conjuntamente con otros chicos
de la provincia de Las Tunas,
partieron hacia la capital cubana para formarse como Profesores
Generales Integrales de Secundaria Básica en un
proyecto que por entonces adquirió el nombre de Los
Valientes.
Por Yaíma Puig Meneses

Leyvis, Yisenia, Hailier y Ernesto
continúan transitando por el sendero del magisterio
que emprendieron hace ya siete años.
(Foto: Omar Reyes Arnedo) |
Los conocí hace años.
Éramos chiquillos y la vida nos parecía tan
inmensa que jugábamos a ser grandes a pesar de la inocencia
y las fantasías infantiles. Por eso ahora no escatimo
emociones, la sorpresa me ha llegado de golpe y los pequeños
de recuerdos escolares se me han aparecido hombres y mujeres,
inmensos no solo por la estatura que han alcanzado, sino también
por la forma en que se enfrentan a sus tareas cotidianas para,
poco a poco, irlas trastocando en futuro.
Nunca los imaginé frente a un aula, con la enorme responsabilidad
de educar y preparar a jóvenes adolescentes. Tampoco
ellos, siete años atrás, habían supuesto
así sus carreras profesionales: apenas eran un grupo
de jovencitos revoltosos con aspiraciones para nada relacionadas
con el mundo y las riquezas del magisterio.
Ahora recuerdan sus días en la “Salvador
Allende” de la capital y todos coinciden en que
a pesar de la nostalgia y la lejanía de la familia,
tuvieron experiencias incomparables con las que “aprendimos
a ver la vida de otra manera, a hacernos más grandes”.
En ello influyó en gran medida, su primer profesor
guía, Edelio Rondón, del pedagógico de
Las Tunas y luego las experiencias que unos y otros conservan
de sus días frente a un aula, intentando encaminar
y comprender a chicos a los que solo aventajaban en unos pocos
años.
Su primer obstáculo en el aula fueron los padres, la
mayoría de los cuales no les creían capaces
de enseñar y ayudar a sus hijos en una edad tan difícil
como la adolescencia; pero ellos, como otros tantos jóvenes
en el país, supieron demostrar su preparación,
disposición y confianza.
Para Leyvis fue un poco más difícil que para
los otros, pues ella conjuntamente con otro “Valiente”,
tuvo que enfrentarse a un grupo “y al principio eso
era como para cogerle miedo a cada jornada. Sin embargo, nos
fuimos adaptando y logramos demostrar que sí se podía
confiar en nosotros, hasta el punto de que muchos padres llegaron
a agradecer lo que hicimos por sus hijos”.
Para otros fue menos complejo, confiesa Ernesto: “Yo,
por ejemplo, tuve la oportunidad de trabajar con una profesora
de experiencia y eso me ayudó muchísimo para
aprender a relacionarme con el grupo y enfrentarme a los muchachos”.
Algo que muchos padres reconocieron fue que estos jóvenes
imberbes eran persistentes y arriesgados en su labor social.
“Al principio”, comenta Yisenia, “era común
que los niños faltaran a clases; y cuando íbamos
a visitarlos para conocer las causas, era usual encontrarlos
hasta en una azotea construyendo un palomar. Después
comprendieron que no valía la pena quedarse, porque
siempre íbamos a buscarlos, y creo que esto fue determinante
en muchos casos para que los padres comprendieran realmente
por qué habíamos invadido las aulas y cuál
era nuestra misión”.
Allí tuvieron experiencias tristes, pero también
estremecedoras y hermosa. Todos recordarán siempre,
por ejemplo, la oportunidad de conversar con Fidel, saludarlo
e intercambiar ideas en este proyecto que será tan
de él como de ellos. Hailier atesora además
con orgullo los recuerdos del IV Congreso Internacional de
la Ciencia, en el que pudo intercambiar opiniones con pedagogos
de diferentes regiones del mundo.
Unos antes y otros después, todos fueron regresando
al terruño para también repartir perseverancia
y educación a manos llenas. El reto también
ha sido grande para Leyvis y Ernesto: además del inicio
de su vida profesional y la responsabilidad para con los estudiantes,
también surgía el desafío de trabajar
junto a sus antiguos profesores de secundaria.
“Si algo nos ayudó mucho, fue que el director
de entonces en la escuela Hubert de Blanck acostumbró
a todo el claustro a que nos trataran como si fuéramos
profesores de mayor edad”, confiesa Leyvis. "Para
mí era un desafío muy grande ver a Gloria Ferreiro,
por ejemplo, pero sobre todo pensar que unos años atrás
ella era mi profe”. Graduada en el
2007 con Título de Oro, ahora Leyvis es reserva especial
pedagógica y se desempeña en el mismo centro
como jefa de grado en octavo.
Yisenia, por su parte, se inició como profesora en
la secundaria urbana 28 de enero y desde octubre del 2008
cumple con la función de metodóloga integral
de secundaria básica. “Esta responsabilidad me
exige mucha más preparación, es cierto, pero
siempre hago mi mejor esfuerzo,” puntualiza.
Al graduarse, Hailier tuvo la oportunidad de escoger dónde
comenzar a trabajar y se decidió por la Escuela Secundaria
Básica en el Campo (ESBEC) de la comunidad de Pozo
Blanco, un plantel con características diferentes de
los otros centros en los que había trabajado hasta
el momento. “Y no me arrepiento, esta ha sido una experiencia
maravillosa. Aquí, como en La
Habana, cada vez que me paro frente a un aula o comparto
con mis chicos, comprendo verdaderamente por qué fue
necesario que apareciéramos en la docencia cubana y
por qué nunca me arrepiento de la decisión que
tomé hace casi siete años”, señala
Hailier, quien ahora es jefe de grado.
Todos coinciden en ello: ya no imaginan sus días de
otra forma, el magisterio les ha atrapado por completo. “Es
bonito estar frente a un aula, sobre todo cuando descubres
en tantos ojos fijos en ti el deseo de aprender. Y cuando
se logra una interacción constante con los muchachos,
la relación se vuelve más especial todavía,
porque te das cuenta de que de veras puedes ayudarlos a salir
adelante, o al menos intentarlo con todas tus fuerzas”,
expresa Ernesto, el único de estos cuatro muchachos
que cada día se rodea de sus chicos en un aula y los
descubre junto a él, creciendo por la vida.
Es que son jóvenes aún, pero preparados y entusiastas,
merecedores de cariño, admiración y respeto.
Y aunque otros como ellos también transitan el sendero
de los Profesores Generales Integrales de Secundaria Básica;
el contingente de jóvenes “Valientes” formado
a inicios de la primera década del 2000, será
siempre algo así como una insignia de perseverancia
y disposición, para aquellos que día a día
y a pesar de su juventud, se enfrentan a la responsabilidad
de educar y comprender a nuestros adolescentes en cualquier
rincón del archipiélago cubano.
(Tomado de http://www.periodico26.cu)
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