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Oscar 2009

Política y glamour, cerdos y diamantes

Por Pavel López

Cartel del filme ”Slumdog millionaire”, ganador uno de los premios Oscar 2009.
”Slumdog millionaire”, la gran triunfadora de los Oscar 2009. Adaptación de una novela India, inspirada en varios filmes indios, con un elenco de actores indios, rodada en la India y hablada en un gran porcentaje en indio. ¿La mejor película norteamericana del año?
(Tomada de www.independent.typepad.com)

La industria del cine en los Estados Unidos cerró el pasado febrero por todo lo alto, como era de esperar. Durante la temporada, en casi todos los medios de prensa el acontecimiento fue solo uno: el Oscar, que llegó esta vez a su 81ma. edición.

La alfombra roja se desplegó en la ciudad de Los Ángeles y por ella desfilaron los actores “del momento”, cargando con las miradas de millones de espectadores de todo el planeta, o lo que es igual, las secretas ilusiones y la incontenible curiosidad de un público multiforme cultural e ideológicamente, pero incondicional con la siempre “despampanante” entrega de los premios de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Hollywood.

La ceremonia, todo fluyó de la manera esperada. El oropel y la lentejuela hicieron lo suyo, garantizando el adormecimiento de una audiencia adiestrada tras varias décadas de consumo “obediente” de dichos espectáculos y de las producciones del séptimo arte anglosajón que los sustentan.

El panorama es fácil de describir. Podría ser el mismo de hace 20 años atrás: una pantalla escupiendo imágenes de películas clásicas (por supuesto, casi todas norteamericanas), excelentes para alimentar el fetichismo nostálgico del cinéfilo más exigente; una sofisticada decoración en oro o plata, en sutil alusión a una estética art decó; actores de renombre enfundados en confecciones de Giorgio Armani, Oscar de la Renta, o cualquier exponente de la “alta costura”.

En pocas palabras: el glamour más estridente, apuntalando unas horas “privilegiadas”, en las cuales el aire se saturó de rostros divinos, sonrisas luminosas, muecas inteligentes a la cámara, la atmósfera de “triunfo” consustancial a un mundo sencillamente “perfecto”.

O al menos, un modelo de mundo que nos quieren vender a través de una ceremonia tan planificada y artificiosa como el más inverosímil argumento de un filme de ficción, donde no existen el caos, la guerra, la intolerancia, las crisis económicas y las desigualdades sociales; tan sólo el éxito y el oropel.

Una vez más, los Oscar devinieron el reflejo en el cual una buena parte del planeta quiere reconocerse, y más importante aún, la imagen que Norteamérica percibe y propone de sí misma. Conservadurismo en estado puro, auténtico narcisismo made in USA.

La actriz española Penélope Cruz.
Tras la entrega de los Oscar, Penélope Cruz se jactó ante a la prensa de que ahora sí los directores iban a reparar en ella y otorgarle papeles a tono con su personalidad. La deslumbrante chica Almodóvar parece olvidar que la gloria del Oscar es bastante efímera y garantía de nada.
(Tomada de www.cubahora.cu)

Otra noche de espejismos
La lista de galardonados este año parece contradecir los planteamientos anteriores: La gran triunfadora de la edición, al acaparar las más importantes estatuillas, entre ellas Mejor Película del Año y Mejor Director, resultó “Slumdog millionaire”, cinta de un director británico, hablada en inglés e indio, protagonizada por actores de la India y rodada íntegramente en ese país.

Asimismo, Penélope Cruz se convirtió en la primera actriz española en recibir un Oscar en el acápite de Mejor Actriz Secundaria, por la más reciente creación de Woody Allen, “Vicky Cristina Barcelona”

Otros latinos ostentaron importantes nominaciones, entre ellos el chileno Claudio Miranda, por la fotografía de “El curioso caso de Benjamin Button”, y el mexicano Mike Elizalde, por el maquillaje de “Hellboy II”, de su compatriota Guillermo del Toro.

A esto sumemos las postulaciones en las principales categorías, de filmes altamente críticos con la historia y la realidad estadounidenses a la altura de” Milk” (la cual se llevó finalmente los premios de Mejor Actor Protagónico y Mejor Guión Original), sobre la vida del activista por los derechos de los homosexuales Harvey Milk; o “Frost / Nixon”, última entrega de Ron Howard (“Una mente brillante”), que se adentra en los entresijos de la política norteamericana del pasado siglo.

Argumentos “tercermundistas”, actores y técnicos iberoamericanos, miradas nada complacientes sobre los Estados Unidos. ¡Sin dudas, las cosas han cambiado desde que se entregaran los codiciados trofeos por primera vez en 1929!

Aunque, quizá el presente panorama, más que mensajero de inevitables aperturas, devenga artimaña para insuflarle vida a algo que parece no tener salvación. La máxima de turno de los miembros de la “sagrada” Academia ?o lo que es igual, los magnates de la industria cinematográfica del “país de las oportunidades”? ha de ser ahora mismo aquella que lanzara un connotado pensador: Debemos cambiarlo todo, para que todo siga igual (1).

En efecto, los más agudos críticos del séptimo arte no cesan de vaticinar el ocaso del cine yanqui o al menos el declive de Hollywood tal y como lo conocíamos hasta este momento. Uno de ellos, el artista y filósofo francés Hervé Fischer, asevera en su texto “La decadencia del imperio hollywoodense”, de reciente publicación:

“Ese momento estratégico de sacudida puede sobrevenir muy rápido y tener un efecto de arrastre (…) Habrá goletas que puedan hacer a tiempo un viraje (…) Pero el “Titanic”, pese a toda su arrogancia altanera, su lujo y su éxito, naufragó. Una hermosa película se anuncia como un remake muy posible: el “Titanic 2”, en el cual Hollywood no pensaba, pero que será el filme de su final”.

El actor australiano Heath Ledger como el Joker.
La interpretación del personaje del jocker en ”Batman Dark Knight”, por el actor australiano Heath Ledger, fue favorecida con el Oscar póstumo de actuación secundaria. Con hechos como este el Oscar busca resarcir los errores cometidos en el pasado. Al actor se le había negado la estatuilla años atrás por su portentoso trabajo en “Brokeback Mountain”.
(Tomada de www.cubahora.cu)

Las causas de la hecatombe son múltiples, pero sobresalen las transformaciones en las dinámicas de producción y distribución, impuestas por el avance tecnológico y el abaratamiento de los medios de realización. Dichas dinámicas han facilitado el desarrollo de las cinematografías de otras naciones más atrasadas económicamente y, al centro de los propios Estados Unidos, del llamado “cine independiente”, este último con fórmulas estéticas y temas mucho menos conservadores.

A esto sumemos la crisis creativa del “cine industrial”, que siempre ha existido, pero que en el presente siglo se pone en vergonzosa evidencia frente a las propuestas fílmicas gestadas fuera de los grandes estudios, cada vez más aceptadas por el público pese a realizarse con presupuestos excesivamente modestos.

Frente a tales circunstancias, el imperio tiene una sola carta de salvación: el dinero. El anzuelo monetario deviene eslabón fundamental para el indiscriminado robo de talentos en cualquier región del planeta. Las consecuencias de dicha estratagema se perciben en el carácter multicultural de la lista de los nominados al premio y el espacio que se les reserva cada año a producciones “baratas”, aunque mucho más incisivas a la hora de abordar la realidad contemporánea.

De esta forma, la industria del cine norteamericano se mantiene a flote, y más importante aún, consigue perpetuar el simulacro de democracia y libertad que tanto la beneficia.

El espectador “cándido” seguirá asumiendo el actual panorama de los Oscar (incluidos los chistes “picantes” de contenido político y social que el presentador de la ceremonia recita cada año, y los trofeos entregados ocasionalmente a algún actor negro), como prueba rotunda de las bondades de un sistema, que no excluye culturas ni formas de pensar, por “diferentes” que estas sean.

Ni por un segundo reparará en el deterioro y la fatiga de la industria y la ideología que sustentan tan “inmaculado” espectáculo.

Brad Pitt caracterizado como Benjamin Button.
“El curioso caso de Benjamin Button” fue la gran perdedora de la noche, pese a sus más de 10 nominaciones. El último David Fincher debió contentarse con cuatro Oscar en las categorías menos “apetitosas”: Efectos Visuales, Dirección de Arte, Edición de Sonido, y Maquillaje.
(Tomada de www.victoria.co.cu)

La hoguera de las vanidades
Controversias a un lado, nadie discute el magnetismo que provocan los Oscar a “pesar de los pesares”. Un amigo cercano me preguntaba recientemente por los festivales cinematográficos más importantes del mundo y, antes de escuchar mi respuesta, él mismo comenzó a enumerar algunos:

—Cannes, Venecia, los Oscar…

En ese preciso instante lo interrumpí:

—Ojo, el Oscar no es un festival.

Por ese camino, uno de los directivos de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood (Academy of Motion Picture Arts and Sciences), de visita en Cuba hace algunos años, comentaba a la prensa que no entendía las críticas constantes al Oscar por premiar solo películas de habla inglesa, cuando, en efecto, ese era su objetivo esencial, exceptuando la categoría de Mejor Película Extranjera.

Claro que el especialista gringo se hizo el de “la vista gorda”. Ciertamente debió reflexionar sobre los sofisticados mecanismos de publicidad y bombardeo mediático, que garantizan década tras década el embeleso de muchos por estos rituales de reconocimiento facturados en USA, los cuales son asumidos casi siempre como termómetros infalibles a la hora de establecer jerarquías con respecto a la producción cinematográfica mundial, pese a evaluar tan solo una ínfima parte de lo que se realiza en materia de cine en todo el orbe.

Mas, ¿de qué vale escandalizarse? El próximo febrero la mayoría de los cinéfilos volverán a hacer cualquier cosa por saber quién se lleva la estatuilla dorada a casa. A su favor tendrán infinidad de argumentos, entre ellos, la pasmosa excelencia técnica de la mayoría de los filmes galardonados.

Otros quizá se resistan y vean como una absoluta aberración la opulencia de la ceremonia de los Oscar en medio de un planeta signado por pobreza, injusticia y locura. Una imagen igual de turbadora que la de cerdos revolcándose en un perfecto promontorio de diamantes.

¿Por qué nos sigue subyugando el Oscar?

Ya el escritor Milán Kundera nos alertó sobre la insoportable levedad del ser. Shakespeare fue más categórico. En su obra” Much ado about nothing” (“Mucho ruido y pocas nueces”) puso en boca de uno de sus personajes la siguiente sentencia
:
“El hombre es un ser frívolo. Esa es mi única conclusión”.

(1) Paradoja expuesta en la novela “El gatopardo”, del escritor italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957).

 

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