La revista digital de los jóvenes cubanos.
Botón sección.

Logo del XI Congreso de la FEEM.

Jornada internacional por la liberación de los Cinco
Minisitio sobre la Jornada Internacional por la liberación de los cinco héroes cubanos presos en Estados Unidos por su labor antiterrorista.

45... ¡Y van más!
Logotipo del aniversario 45 de la UJC.


Aniversario 50 del ICAIC

La herejía todavía es posible

Cinco décadas de vida cumple una de las instituciones insignias de la cultura cubana. Dos recientes estrenos del séptimo arte insular dan fe de sus conquistas tras múltiples años de difícil bregar. En el siglo XXI la imagen en movimiento continúa siendo una realidad posible en la isla mayor de las Antillas, y el espíritu irreverente e iconoclasta de los fundadores del cine revolucionario se resiste a dar sus cantos de sirena.

Por Pavel López

Afiche del filme cubano “El cuerno de la abundancia”, de Juan Carlos Tabío.
En “El cuerno de la abundancia” se mezclan inteligentemente la tragedia, la reflexión y la risa.
(Tomada de www.cenit.cult.cu)

En la cinta cubana “El cuerno de la abundancia”, de Juan Carlos Tabío, un personaje femenino convoca toda su sagacidad para seducir al codiciado objeto de su deseo durante una función cinematográfica.

El perverso montaje se aventura a alternar el “criollo” ritual de la seducción con algunos de los fotogramas que desfilan por la pantalla grande. Se trata de una secuencia de “Lucía”, específicamente el cuento que se desarrolla en 1895. En dichas imágenes la mujer decimonónica se resiste teatralmente a entregar su cuerpo al amante español.

El patetismo de su rostro contrasta significativamente con la determinación de la joven, que en la actualidad, trata de meterle a su acompañante una cubanísima “cañona” en plena sala de proyección, mientras este se resiste pudoroso.

De un extremo a otro se describe un arco que nos habla de la transformación moral de una sociedad. Simultáneamente, se perpetúa el diálogo con un legado estético hasta ayer homenajeado de manera ciega, pero al cual se le convoca hoy con mucha más irreverencia.

En otro sentido, el siempre sorprendente Pavel Giroud se apresta en “Omerta” a rescatar aquellos personajes incapacitados para integrarse al discurso revolucionario, fósiles vivientes que no encuentran espacio dentro de la naciente sociedad, empeñados como están en conservar intactos sus afectos con el pasado que los vio “florecer”.

Su ex guardaespaldas de un mafioso insertado en La Habana de los años 60 de la pasada centuria, mantiene cierta afinidad con “Los sobrevivientes”, de Titón, o el Hipólito de “Las doce sillas”, aunque la mirada del director sobre su protagonista tendrá otros matices. La operatoria estética de Giroud establecerá, asimismo, una marcada distancia de nuestro glorioso legado cinematográfico.

De esta forma, el pretérito y el presente de nuestro cine continúan marchando de la mano, aunque sin traicionar el espíritu de búsqueda y ruptura con lo anquilosado, que ha caracterizado siempre a sus principales artífices.

Las figuras consagradas del séptimo arte insular, junto a los talentos que llegan, no parecen olvidar las enseñanzas del intelectual Alfredo Guevara, quien en aquellos años en los cuales comenzó a consolidarse el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos, sentenció:

“No hay vida adulta sin herejía sistemática, sin el compromiso de correr todos los riesgos. Y es por eso que esa actitud ante la vida, ante el mundo, supone una aventura, y la posibilidad del fracaso. Pero es también la única verdadera oportunidad de acercarse a la verdad en cualquiera de sus aristas”.

Comprometidos con esa búsqueda incesante de la verdad desde las más radicales posturas expresivas, sin importar las piedras en el camino que representan las coyunturales crisis económicas, ni el sedentarismo creativo e ideológico al cual sucumben muchos de los experimentados y jóvenes artistas, la imagen en movimiento gestada en la Cuba revolucionaria todavía se aferra a la ilusión y la necesidad de seguir siendo ”hereje”.

Fotograma del filme cubano “Omerta”, de Pavel Giroud.
El actor Manuel Porto interpreta magistralmente al guardaespaldas mafioso en “Omerta”.
(Tomada de www.lajiribilla.co.cu)

“Omerta”: honorable caducidad
Uno de los personajes secundarios de “Omerta”, la más reciente incursión de Pavel Giroud en el largometraje de ficción, expresa a su adversario en pleno duelo ajedrecístico, algo así como”«Para ganar la partida casi siempre es necesario sacrificar una ficha”. En esta frase parece resumirse toda la ideología de la película.

El protagonista de la historia, un ex miembro de la secreta cofradía de la mafia que habitó gustosa las penumbras de la Isla durante la primera mitad del siglo XX, viene a ser como ese eslabón “perdido”, incapacitado para integrarse a una nueva sociedad, cuyo diseño lo niega por completo.

La estrategia política amparada en la necesidad de cambio y ruptura con el pasado, articulada con el triunfo de la Revolución cubana, tiene en este guardaespaldas de gangster, entrado en años y de profusa barriga, su absoluta negación o, si se quiere, a su agente más pasivo.

En tal sentido, dicho personaje, interpretado magistralmente por el actor Manuel Porto, establece puntos de contacto con otros imprescindibles del cine cubano, como el Sergio de “Memorias del subdesarrollo”, o el Hipólito Garrigó de “Las doce sillas”, (filme, no por gusto, citado explícitamente en “Omerta”), ambos residuos de un contexto arcaico dinamitado por el empuje de la Revolución.

No obstante, a diferencia del primero, divorciado de manera frontal tanto con su ascendencia burguesa, como con las exigencias de la naciente sociedad, el personaje de Porto mantiene intacta su fidelidad a ese mundo de antaño. De Hipólito Garrigó también marca una sustancial distancia, en tanto aquel ES ridiculizado todo el tiempo por el punto de vista autoral, mientras que el protagonista de “Omerta” corre otra suerte.

Pavel se las agencia para extraer de la imperfección, torpeza y evidente propensión al fracaso de su antihéroe, la humanidad que el público espera. De su ”disfuncionalidad” nace su drama, y de este último se desprende su indiscutible atractivo.

Como ya es común en el cine de este joven director, “Omerta” ostenta una impecable factura. Fotografía, dirección de arte, banda sonora y demás elementos expresivos dan fe de una planificada (y no por ello menos inspirada) puesta en escena, con lo cual se distancia del grosso de la producción cinematográfica del patio, casi siempre proclive a la chapucería técnica.

Algún espectador ha comentado a la salida del cine: ”Parece una película europea”. Coincidimos con el planteamiento, no solo por los aspectos antes mencionados, sino también por el tono, el ritmo del discurso, en total desencuentro con la carcajada de la comedia costumbrista tópica, que ha invadido tradicionalmente nuestras pantallas.

Vistos así, tema y estrategia discursiva se vinculan para hablarnos de la legitimidad de la diferencia, o más bien su costo y su saldo. “Omerta” deviene fábula de un hombre empeñado en no traicionar sus afectos, sean de la naturaleza que sean.

Al igual que aquellos poetas franceses embelesados con la parte menos “luminosa” de la existencia humana, Giroud se deleita observando, y mostrándonos después, lo singular de aquello que se descompone, lo obsoleto y añejo; en fin, la rara e insondable caducidad.

El cuerno de la esperanza
El final de la más reciente entrega del director cubano Juan Carlos Tabío, “El cuerno de la abundancia”, alcanza para ubicar la película entre las realizaciones más sobresalientes de su director.

La avalancha de frustración y desconsuelo que experimentan los pobladores del imaginario Yaragüey, una vez que advierten la imposibilidad de cobrar la anhelada herencia de los Castiñeiras, anuncia el desenlace trágico.

Momento de incertidumbre. Apenas unos segundos tienen Tabío y el guionista Arturo Arango para esclarecernos “de qué va” su película: ¿Presenciamos un canto a la candidez e ingenuidad del cubano, o la crónica de un fracaso sistemático?

Interrogante crucial, tratándose de un realizador que ha sabido tomar el pulso a nuestra identidad como pocos. El público ha vibrado con las peripecias de los personajes y junto a ellos ha levantado su fe en el futuro promisorio. La audiencia se sobrecoge, justo cuando la anécdota abre una puerta a la luz.

Surge una nueva pista sobre la consabida herencia y las lágrimas ceden paso a la euforia colectiva. La congoja se borra instantáneamente de la mente de los pobladores, como si nunca hubiese existido. El plano se abre y la cámara se eleva. Dios, sin dudas, envía otra señal salvadora.

De esta forma los realizadores despiden el conflicto. En el cine, como en la vida, nada se resuelve, solo queda la evidencia de una esperanza que se regenera. Y es en esa incesante búsqueda de la felicidad que los autores definen la identidad de un pueblo y una nación. Su suerte no radica en el hallazgo de fortunas milagrosas, sino en su capacidad para renovar su confianza y rediseñar perennemente su futuro.

La sabiduría de Tabío es abrumadora, mucho más cuando nos arroja tan cruciales reflexiones en medio de un maremoto de risas. Ahí radica una de sus virtudes. El autor sabe endosar en la carcajada desenfrenada la máxima filosófica, estrategia que lo continúa acercando al Titón de “La muerte de un burócrata” o” Las doce sillas”. No por gusto, el también artífice de Memorias del subdesarrollo, lo acogió en sus últimos años de vida para levantar un proyecto crucial en la carrera de ambos, la cinta Fresa y chocolate.

El Tabío del siglo XXI prueba abiertamente su fidelidad a esta manera de hacer cine. A “El cuerno …” solo cabe señalarle cierto descuido en la factura, algo ya presente en la anterior obra del dueto Tabío—Arango (“Lista de espera”), consecuencia, quizá, de una fe ciega en un cine de tesis, que privilegia la reflexión por encima de cualquier refinamiento expresivo.

Asimismo, se perpetúan varios signos del sello de su autor: los continuos extrañamientos del discurso (personajes que se dirigen al público, actores que citan irreverentemente otros filmes de Tabío), la efectividad a la hora de expresar “lo cubano”, la sabia manera de mezclar la tragedia y la risa, o mejor dicho, de saber arrancarnos una sonrisa, aun hablando de nuestros más arraigados dolores, rasgo este último que lo pone en sintonía con la mejor tradición del teatro insular, de Virgilio Piñera a Héctor Quintero.

El cuerno de Tabío termina desbordando, como esperaba su público, abundante talento y probado oficio cinematográfico.

 

Subir
Somos Jóvenes Digital
Directora: Marietta Manso Martín, Editora: Alicia Centelles,
Diseño Web y Programación: Carlos Javier Solis, Webmaster: Letty Fernández Chirino,
Casa Editora Abril, 2008
Fecha actualización.
 
Portada de la edición impresa de la revista Somos Jóvenes de  julio/2009.
Edición de papel
Relación de otros sitios pertenecientes a publicaciones de la Casa Editora Abril.