| Aniversario
50 del ICAIC
La herejía todavía es
posible
Cinco décadas de vida cumple una de las instituciones
insignias de la cultura cubana. Dos recientes estrenos del
séptimo arte insular dan fe de sus conquistas tras
múltiples años de difícil bregar. En
el siglo XXI la imagen en movimiento continúa siendo
una realidad posible en la isla mayor de las Antillas, y el
espíritu irreverente e iconoclasta de los fundadores
del cine revolucionario se resiste a dar sus cantos de sirena.
Por Pavel
López

En “El cuerno de la abundancia”
se mezclan inteligentemente la tragedia, la reflexión
y la risa.
(Tomada de www.cenit.cult.cu) |
En la cinta cubana “El cuerno de la
abundancia”, de Juan
Carlos Tabío, un personaje femenino convoca toda su sagacidad
para seducir al codiciado objeto de su deseo durante una función
cinematográfica.
El perverso montaje se aventura a alternar
el “criollo” ritual de la seducción con
algunos de los fotogramas que desfilan por la pantalla grande.
Se trata de una secuencia de “Lucía”,
específicamente el cuento que se desarrolla en 1895.
En dichas imágenes la mujer decimonónica se
resiste teatralmente a entregar su cuerpo al amante español.
El patetismo de su rostro contrasta significativamente
con la determinación de la joven, que en la actualidad,
trata de meterle a su acompañante una cubanísima
“cañona” en plena sala de proyección,
mientras este se resiste pudoroso.
De un extremo a otro se describe un arco
que nos habla de la transformación moral de una sociedad.
Simultáneamente, se perpetúa el diálogo
con un legado estético hasta ayer homenajeado de manera
ciega, pero al cual se le convoca hoy con mucha más
irreverencia.
En otro sentido, el siempre sorprendente
Pavel Giroud se apresta en “Omerta” a rescatar
aquellos personajes incapacitados para integrarse al discurso
revolucionario, fósiles vivientes que no encuentran
espacio dentro de la naciente sociedad, empeñados como
están en conservar intactos sus afectos con el pasado
que los vio “florecer”.
Su ex guardaespaldas de un mafioso insertado
en La Habana de los años 60 de la pasada centuria,
mantiene cierta afinidad con “Los sobrevivientes”,
de Titón, o el Hipólito de “Las
doce sillas”, aunque la mirada del director sobre su
protagonista tendrá otros matices. La operatoria estética
de Giroud establecerá, asimismo, una marcada distancia
de nuestro glorioso legado cinematográfico.
De esta forma, el pretérito y el
presente de nuestro cine continúan marchando de la
mano, aunque sin traicionar el espíritu de búsqueda
y ruptura con lo anquilosado, que ha caracterizado siempre
a sus principales artífices.
Las figuras consagradas del séptimo
arte insular, junto a los talentos que llegan, no parecen
olvidar las enseñanzas del intelectual Alfredo Guevara,
quien en aquellos años en los cuales comenzó
a consolidarse el Instituto Cubano de Arte e Industria
Cinematográficos, sentenció:
“No hay vida adulta sin herejía
sistemática, sin el compromiso de correr todos los
riesgos. Y es por eso que esa actitud ante la vida, ante el
mundo, supone una aventura, y la posibilidad del fracaso.
Pero es también la única verdadera oportunidad
de acercarse a la verdad en cualquiera de sus aristas”.
Comprometidos con esa búsqueda incesante
de la verdad desde las más radicales posturas expresivas,
sin importar las piedras en el camino que representan las
coyunturales crisis económicas, ni el sedentarismo
creativo e ideológico al cual sucumben muchos de los
experimentados y jóvenes artistas, la imagen en movimiento
gestada en la Cuba revolucionaria todavía se aferra
a la ilusión y la necesidad de seguir siendo ”hereje”.

El actor Manuel Porto interpreta
magistralmente al guardaespaldas mafioso en “Omerta”.
(Tomada de www.lajiribilla.co.cu) |
“Omerta”:
honorable caducidad
Uno de los personajes secundarios de “Omerta”,
la más reciente incursión de Pavel Giroud en
el largometraje de ficción, expresa a su adversario
en pleno duelo ajedrecístico, algo así como”«Para
ganar la partida casi siempre es necesario sacrificar una
ficha”. En esta frase parece resumirse toda la ideología
de la película.
El protagonista de la historia, un ex miembro de la secreta
cofradía de la mafia que habitó gustosa las
penumbras de la Isla durante la primera mitad del siglo XX,
viene a ser como ese eslabón “perdido”,
incapacitado para integrarse a una nueva sociedad, cuyo diseño
lo niega por completo.
La estrategia política amparada en
la necesidad de cambio y ruptura con el pasado, articulada
con el triunfo de la Revolución cubana, tiene en este
guardaespaldas de gangster, entrado en años y de profusa
barriga, su absoluta negación o, si se quiere, a su
agente más pasivo.
En tal sentido, dicho personaje, interpretado
magistralmente por el actor Manuel Porto, establece puntos
de contacto con otros imprescindibles del cine cubano, como
el Sergio de “Memorias del subdesarrollo”, o el
Hipólito Garrigó de “Las doce sillas”,
(filme, no por gusto, citado explícitamente en “Omerta”),
ambos residuos de un contexto arcaico dinamitado por el empuje
de la Revolución.
No obstante, a diferencia del primero, divorciado de manera
frontal tanto con su ascendencia burguesa, como con las exigencias
de la naciente sociedad, el personaje de Porto mantiene intacta
su fidelidad a ese mundo de antaño. De Hipólito
Garrigó también marca una sustancial distancia,
en tanto aquel ES ridiculizado todo el tiempo por el punto
de vista autoral, mientras que el protagonista de “Omerta”
corre otra suerte.
Pavel se las agencia para extraer de la
imperfección, torpeza y evidente propensión
al fracaso de su antihéroe, la humanidad que el público
espera. De su ”disfuncionalidad” nace su drama,
y de este último se desprende su indiscutible atractivo.
Como ya es común en el cine de este
joven director, “Omerta” ostenta una impecable
factura. Fotografía, dirección de arte, banda
sonora y demás elementos expresivos dan fe de una planificada
(y no por ello menos inspirada) puesta en escena, con lo cual
se distancia del grosso de la producción
cinematográfica del patio, casi siempre proclive a
la chapucería técnica.
Algún espectador ha comentado a la
salida del cine: ”Parece una película europea”.
Coincidimos con el planteamiento, no solo por los aspectos
antes mencionados, sino también por el tono, el ritmo
del discurso, en total desencuentro con la carcajada de la
comedia costumbrista tópica, que ha invadido tradicionalmente
nuestras pantallas.
Vistos así, tema y estrategia discursiva se vinculan
para hablarnos de la legitimidad de la diferencia, o más
bien su costo y su saldo. “Omerta” deviene fábula
de un hombre empeñado en no traicionar sus afectos,
sean de la naturaleza que sean.
Al igual que aquellos poetas franceses embelesados
con la parte menos “luminosa” de la existencia
humana, Giroud se deleita observando, y mostrándonos
después, lo singular de aquello que se descompone,
lo obsoleto y añejo; en fin, la rara e insondable caducidad.
El cuerno de la esperanza
El final de la más reciente entrega del director cubano
Juan Carlos Tabío, “El cuerno de la abundancia”,
alcanza para ubicar la película entre las realizaciones
más sobresalientes de su director.
La avalancha de frustración y desconsuelo
que experimentan los pobladores del imaginario Yaragüey,
una vez que advierten la imposibilidad de cobrar la anhelada
herencia de los Castiñeiras, anuncia el desenlace trágico.
Momento de incertidumbre. Apenas unos segundos tienen Tabío
y el guionista Arturo Arango para esclarecernos “de
qué va” su película: ¿Presenciamos
un canto a la candidez e ingenuidad del cubano, o la crónica
de un fracaso sistemático?
Interrogante crucial, tratándose
de un realizador que ha sabido tomar el pulso a nuestra identidad
como pocos. El público ha vibrado con las peripecias
de los personajes y junto a ellos ha levantado su fe en el
futuro promisorio. La audiencia se sobrecoge, justo cuando
la anécdota abre una puerta a la luz.
Surge una nueva pista sobre la consabida
herencia y las lágrimas ceden paso a la euforia colectiva.
La congoja se borra instantáneamente de la mente de
los pobladores, como si nunca hubiese existido. El plano se
abre y la cámara se eleva. Dios, sin dudas, envía
otra señal salvadora.
De esta forma los realizadores despiden
el conflicto. En el cine, como en la vida, nada se resuelve,
solo queda la evidencia de una esperanza que se regenera.
Y es en esa incesante búsqueda de la felicidad que
los autores definen la identidad de un pueblo y una nación.
Su suerte no radica en el hallazgo de fortunas milagrosas,
sino en su capacidad para renovar su confianza y rediseñar
perennemente su futuro.
La sabiduría de Tabío es abrumadora,
mucho más cuando nos arroja tan cruciales reflexiones
en medio de un maremoto de risas. Ahí radica una de
sus virtudes. El autor sabe endosar en la carcajada desenfrenada
la máxima filosófica, estrategia que lo continúa
acercando al Titón de “La muerte de un burócrata”
o” Las doce sillas”. No por gusto, el también
artífice de Memorias del subdesarrollo, lo acogió
en sus últimos años de vida para levantar un
proyecto crucial en la carrera de ambos, la cinta Fresa
y chocolate.
El Tabío del siglo XXI prueba abiertamente
su fidelidad a esta manera de hacer cine. A “El cuerno
…” solo cabe señalarle cierto descuido
en la factura, algo ya presente en la anterior obra del dueto
Tabío—Arango (“Lista de espera”),
consecuencia, quizá, de una fe ciega en un cine de
tesis, que privilegia la reflexión por encima de cualquier
refinamiento expresivo.
Asimismo, se perpetúan varios signos
del sello de su autor: los continuos extrañamientos
del discurso (personajes que se dirigen al público,
actores que citan irreverentemente otros filmes de Tabío),
la efectividad a la hora de expresar “lo cubano”,
la sabia manera de mezclar la tragedia y la risa, o mejor
dicho, de saber arrancarnos una sonrisa, aun hablando de nuestros
más arraigados dolores, rasgo este último que
lo pone en sintonía con la mejor tradición del
teatro insular, de Virgilio Piñera
a Héctor Quintero.
El cuerno de Tabío termina desbordando,
como esperaba su público, abundante talento y probado
oficio cinematográfico.
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