| Un
danés con malas intenciones
Por Pavel López
Sus radicales posturas ideológicas
y estéticas siguen despertando la controversia. Lars
von Trier lo mismo gesta esa obra de unánime veneración,
“Bailarina en la oscuridad” (2000), que trae al
mundo “Anticristo”, filme recientemente vilipendiado
en el Festival de Cannes por el jurado ecuménico, el
cual catalogó la cinta como “el alegato más
misógino de toda la historia del cine”.

La visión inquietante del
mundo en Lars von Trier no resulta gratuita.
(Tomada de http://www.cineol.net) |
Hacerlo aparecer en medio de una multitud
de amantes del séptimo arte podría resultar
peligroso: unos correrían a poner velas ante sus pies;
otros, cartuchos de pólvora. Lo cierto es que cualquiera
de los bandos tendría sobradas razones para justificar
sus criterios.
El fenómeno Lars von Trier constituye
una píldora de difícil digestión: ególatra,
contestatario, violento, oscuro, perfeccionista hasta niveles
patológicos, o como él mismo diría «endemoniadamente
ambicioso». No por gusto la cantante islandesa Björk
renunció a trabajar en cualquier otra película,
tras el suplicio padecido junto al danés durante el
rodaje de “Bailarina en la oscuridad”.
Sin embargo, el grueso de los especialistas cataloga el debut
de Von Trier en la pasada centuria como uno de los eventos
más oxigenadores y estimulantes para el cine contemporáneo.
Se declara en cada entrevista el mejor director
del mundo, a la vez que confiesa no haber hecho nunca una
cinta pensando en el público, pues siempre filma para
satisfacerse a sí mismo. Los que bien lo conocen saben
que tamaña provocación representa apenas una
de las tantas del autor para agredir a la sociedad moderna,
a la cual desprecia profundamente.
Admiradores y detractores le han llovido
a través de los años, gracias a una obra para
nada complaciente, en la cual se reiteran peculiares signos,
entre ellos, la visión trágica y desesperanzadora
del mundo; la abierta ofensiva contra las instituciones eclesiásticas,
políticas o judiciales y, más que todo, los
martirios que les impone a las protagonistas de sus relatos,
rasgo este último que le ha valido el calificativo
de “sádico con pedigrí”.
No obstante, el sello distintivo del director,
por el cual aparecerá en cualquier texto futuro sobre
Historia del cine, es su condición de ideólogo
del manifiesto estético Dogma, que firmara en Copenhague
hacia 1995 junto a sus compatriotas Thomas Vinterberg y Soren
Kragh-Jacobsen.
Se trató de un insólito conjunto
de reglas, que irrumpió en el panorama artístico
con el propósito de revolucionar el proceso de creación
cinematográfica. Los daneses abogaban por mayor grado
de improvisación durante los rodajes y una manipulación
mínima del material filmado, despojando a las obras
de cualquier indicio de «artificialidad», tan
común en el cine comercial.
Aquellas leyes serían traicionadas
con los años, incluso por los propios gestores del
Dogma, pero aun así se cumplieron los objetivos iniciales
del movimiento, en especial, provocar el escándalo,
sin obviar que ayudó a colocar la cinematografía
danesa, hasta ese instante olvidada, en el punto de mira a
nivel internacional.
Obras nacidas de aquel furor iconoclasta
como “La celebración” (Thomas Vinterberg,
1998), “Los idiotas” (Lars von Trier, 1998) o
”Mifune” (Soren Kragh?Jacobsen, 1999), pronto
arrasarían en las principales plazas competitivas del
séptimo arte mundial, en especial, Cannes y Berlín.
¿Sadismo cinematográfico
o terrorismo sentimental?
Cualquiera que haya degustado un filme de Von Trier en una
sala de proyección seguramente calificará la
experiencia de «estremecimiento telúrico».
Y es que cada una de sus obras está pensada para agredir
las más férreas concepciones estéticas
y morales del público.
Al danés lo subyugan las historias
perturbadoras, efectivas a la hora de generar la «incomodidad»
aun en una desprejuiciada audiencia. Pensemos en dos de sus
obras maestras:
En “Rompiendo las olas” (1996),
el esposo de la protagonista queda paralítico tras
un accidente laboral. Temeroso de que la joven no pudiera
experimentar otra vez el amor en su total plenitud, la convence
de que salga a la calle y se entregue a todo tipo de experiencias
sexuales, que luego deberá relatarle en la intimidad
del hospital.
La inconmensurabilidad del amor de la muchacha
la impulsa a cumplir con el encargo. Sus encuentros eróticos
irán cada vez más lejos, a fin de satisfacer
esa, la única forma de felicidad posible para su cónyuge.
Entretanto, la hostilidad de la puritana comunidad rural donde
vive no se hará esperar. Su calvario sexual pronto
la conducirá a la muerte.
En “Bailarina
en la oscuridad” (2000), Selma está a punto
de perder la visión y quiere salvar a su hijo del mismo
padecimiento. Los ahorros que le permitirán pagar la
operación del pequeño le son robados por un
inescrupuloso policía. Con el fin de recuperar el dinero
y llevar a cabo su misión, esta mujer deberá
recurrir al crimen, y en consecuencia, enfrentará un
sistema judicial que pedirá para ella el más
severo castigo.
Las protagonistas de Von Trier se sitúan
en ambas anécdotas frente a complejos dilemas éticos.
Pese a su inmensidad humana, dichos personajes se ven impelidos
a quebrantar normativas de toda índole, como única
vía para alcanzar sus elevados propósitos.
Tal situación alegoriza, quizá,
la obsolescencia de las leyes que rigen el orden y la moral
en la sociedad contemporánea, para garantizar la felicidad
plena del individuo que la habita.
Asimismo, varias de estas mujeres manifiestan
un alto déficit intelectual,
inversamente proporcional a su entereza de sentimientos. Dicho
rasgo, lejos de poner en evidencia una mirada peyorativa hacia
el género femenino, deja sentada la crítica
de Von Trier a la racionalidad sobre la cual se levantan la
civilización y el estado modernos.
No en balde el cineasta realizará
un filme titulado “Los idiotas”, cáustica
fábula sobre unos burgueses que deciden comportarse
en el espacio público y familiar cual discapacitados
con retardo en el aprendizaje. Las rígidas convenciones
sociales que aplazan la realización del atípico
grupo y lastran su libertad, son lanzadas rápidamente
al baúl con ese inusual juego. Tal es su forma de dar
la espalda a un entorno hipócrita, contaminado por
el culto a las apariencias, la competencia despiadada y la
ausencia de valores.
El carácter transgresor del cineasta
es un hecho, aunque no por ello su obra debe calificarse de
carnavalesca irreverencia. Los conflictos nacidos de la pugna
entre los individuos y su contexto, son fuente de auténtico
dolor para los primeros.
El sufrimiento en la poética de Von
Trier, al igual que en la obra del escritor ruso Fiodor M.
Dostoievski, se convierte en única credencial de sus
protagonistas para purificar el espíritu y trascender
las mezquindades del mundo.
Por esta y otras razones, el tormento que
infringe el realizador a sus mujeres no constituye, en absoluto,
un acto de misógina raíz. El autor ha expresado
que es en esa angustia de sus heroínas que se ve representado,
por lo cual sus argumentos podrían ser leídos,
en el peor de los casos, como un ejercicio de autoflagelación.
En cambio, su más reciente propuesta
“Anticristo” (2009), parece haber llevado tales
presupuestos demasiado lejos.
El filme narra la historia de un matrimonio
que ante la pérdida del hijo decide huir de la civilización
y adentrarse en la selva. Allí sucumbirá paulatinamente
a una actitud irracional, poniendo en práctica todo
tipo de transgresiones en materia de sexualidad y escarnio
físico, peligroso juego en el cual la peor parte se
la llevará (a qué no adivinan) la esposa.
Por el momento la leyenda sobre el nuevo
filme-provocación de Lars von Trier ha echado a andar.
En el pasado Festival de Cannes el jurado ecuménico
casi envía a la hoguera al creador, a quien le otorgó
un inédito antipremio. Mientras, la prensa del espectáculo,
tan «elocuente» como de costumbre, se limitó
a catalogar la cinta de “violenta y bonita”.
De este lado del mundo habrá que
esperar un poco para ponderar el material, pero de antemano
reconocemos que sería absurdo condenar a Von Trier.
A fin de cuentas, si la literatura los tuvo, el cine también
tiene derecho a esos poetas malditos, cronistas certeros de
la parte menos luminosa, y por ello más verosímil,
de la existencia.
Abrirnos los ojos ante la inquietante naturaleza
humana continuará siendo su carta de presentación.
Por lo visto el artista no pretende abandonar, duélale
a quien le duela, sus malsanas intenciones.
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