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Quizá en alguna que otra ocasión has escuchado
hablar de Fernando Ortiz, un hombre empeñado en descubrir
a Cuba a través de lo cubano.
La esencia de lo que somos
Por B.M. Calleja

El intelectual Fernando Ortiz.
(Foto: Archivo) |
Fernando Ortiz, Don Ortiz, el señor
Fernando… muchas eran las formas de llamarle quienes
lo conocieron, como mucha fue la mezcla que persiguió
intentando dar caza a eso que define a una nación:
su idiosincrasia, su gente, su esencia. A eso que llamamos
cubanía.
Por su investigación certera, por
los espacios que dejó abiertos y que hoy enriquecen
su obra -pues no la condenó al estatismo ni a la mera
definición académica-, n es que cada vez que
se menciona nuestra cultura mestiza, uno piensa en él;
en esa frase tan rica que dice que “Cuba… Cuba
es un gran ajiaco”. El intelectual Fernando Ortiz.
El patrimonio de la Isla se
enriqueció con éste, uno de sus más ilustres
hijos. Fernando Ortiz, que vivió su infancia en España,
en las islas Baleares, y cursó en la «madre patria»
sus estudios hasta el bachillerato, no pudo aislarse del olor
de la Isla que le atraía; tampoco de la verdad que
obviaba el mestizaje como la fuerza principal que motivaba
la conformación de una identidad tan peculiar, tan
lejana al estiramiento ibérico de la época,
tan cercano, tan cubano.
Y ese fue el primer y estruendoso paso de Don Fernando, cuando
tomó a las censuradas y marginadas expresiones populares
y dejó claro que el mestizaje es lo nuestro, es lo
que más se acerca a lo que fue, era y somos nosotros:
lo cubano.
Infancia española,
vida cubana
Aunque nacido en esta isla del Caribe el 16 de julio de 1881,
con apenas dos años fue enviado a Menorca, España,
donde cursó la mayor parte de sus estudios, tan solo
interrumpidos por un breve retorno a Cuba, cuando comenzó
a estudiar en la Universidad de La Habana.
Pero por motivo de la guerra de independencia, regresó
a la península Ibérica, para graduarse en Leyes.
Pronto volvió a su patria amada, imbuido por el deseo
de adentrarse en sus más profundas hechuras. Nada de
galicismos ni dones de cuellos almidonados; sus primeras investigaciones
dejaron de lado la distancia que se imponían los catedráticos
de la clase popular.
A pesar del asombro de sus más encopetados
contemporáneos, Fernando Ortiz marchó directamente
al rescate las fuentes vivas de esta nación, las que
pululaban en las calles, las que venían tanto de Europa
como de África, Asia o la propia América; a
aquella cultura mestiza surgida (marginada por cualquier estudioso
anterior) y que conformaba la nacionalidad cubana.
| En su larga y fructífera
vida, que dedicó no solo a la etnología,
sino que abarcó también las ramas de la
sociología, lingüística, musicología,
jurisprudencia y crítica, publicó más
de cien títulos; entre los que podemos citar: “Apuntes
para un estudio criminal: Los negros brujos” (1906);
“Los mambises italianos” (1909); “Entre
cubanos” (1914); “Los negros esclavos”
(1916), “Los cabildos afrocubanos “(1921);
“Historia de la arqueología indocubana”
(1922); “Glosario de afronegrismos” (1924);
“Alejandro de Humboldt y Cuba” (1930); “Contrapunteo
cubano del tabaco y el azúcar” (1940); “Martí
y las razas” (1942); “Las cuatro culturas
indias de Cuba2 (1943); “El engaño de las
razas” (1946); “El huracán, su mitología
y sus símbolos” (1947); 2Los bailes y el
teatro de los negros en el folklore de Cuba” (1951);
“Los instrumentos de la música afrocubana”
[cinco volúmenes] (1952) e “Historia de una
pelea cubana contra los demonios” (1959).
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La transculturación
y la honestidad
Fue él quien acuñó el de término
de transculturación. En su empeño por explicar
y defender la mezcla que ya nos definía, habló
del entrelazamiento de culturas reconocidas (española,
africana, asiática…) para conformar una nueva:
la cubana.
Fue él uno de los que plantó
más fuertemente las ideas revolucionarias y transformadoras
en el campo del pensamiento nacional; elevó desde el
apartado rincón en que querían ignorar a la
cultura negra, proveniente del injusto trasiego esclavista,
al plano del evidente y relevante protagonismo que jugaba
en todas las manifestaciones de lo cubano: desde la música,
la danza y la religiosidad, hasta la cultura en general.
Fue su perspectiva abarcadora una luz para
muchos otros que, desde su óptica y sus horizontes
creativos, lograron evidenciar la riqueza de una parte que
no quería tenerse en cuenta por segregada. Junto a
él se reunió el pensamiento más progresista
de su tiempo en honor a una verdad, en la búsqueda
del santo grial de lo que somos: allí estaban, entre
otros, figuras del calibre de Alejo
Carpentier,
Alejandro García Caturla y Lydia Cabrera.
Y su empeño fue más allá de las ideas,
Don Fernando encabezaría con otro reconocido intelectual
don José María Chacón y Calvo, en 1924,
la Sociedad del Folklore Cubano; fundaría la revista
Archivos del Folklore Cubano, que dirigió durante los
cinco años de su publicación, y en 1926 fundó
también una de las más importantes fundaciones
de su época: la Institución Hispano-cubana de
Cultura.

(Foto: Archivo) |
Se sumó a la vanguardia artística
y literaria que luchó por derrocar al tirano Machado
y al oprobio que representaba para todo aquel que llevara
sangre cubana en sus venas. Por ese motivo, a pesar de apenas
contar con tiempo debido a sus constantes estudios etnológicos,
se integró a las filas del Grupo
Minorista, encabezado por un joven poeta revolucionario
llamado Rubén
Martínez Villena.
Desde su sitio aportó lo suyo para
derrocar al “Asno con Garras”. Fernando Ortiz
no era hombre de medias tintas, ni en el campo de las ideas,
ni en el de las acciones… ni en el de la verdad.
En el campo de lo
cubano
Reconocido en su autoridad científica y moral, don
Fernando es referente obligado para comprender y asimilar
el legado intelectual cubano del pasado siglo XX. Legado que,
muchas veces por ignorancia, desconocimiento y también
prejuicios, se suele olvidar.
Fernando Ortiz lo dejó claro: la
cultura es un proceso acumulativo y el presente no puede desvincularse
del pasado sin negarse a sí mismo. Por eso, este sabio
nuestro, en su vasta producción literaria y científica,
constituye uno de los exponentes claves de esa verdad histórica
a la que no debemos renunciar, porque en su quehacer están
las semillas de nuestro patrimonio, el campo donde nace, crece
y germina lo cubano. Una lectura, un aprendizaje obligado,
para entendernos hoy desde una mirada del ayer.
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