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Un diamante con alma de beso
Por
Matilde
Salas

“…tenía la única
elocuencia estimable, que es la que arranca de la limpieza
del corazón”, dijo de él el Apóstol.
(Foto: Archivo) |
La legendaria ciudad de Santa Maria del
Puerto del Príncipe, hoy Camagüey,
fue la cuna del Mayor General Ignacio Agramante y Loynaz,
aquel ser especial que al decir de José Martí,
“era como si por donde los hombres tienen corazón
tuviera el estrella”.
Nacido el 23 de diciembre de 1841 en un
ambiente familiar de costumbres sociales muy rígidas,
realizó sus primeros estudios en su ciudad natal. Gracias
a la elevada posición económica de los suyos,
desde 1855 los continuó en el habanero colegio El Salvador,
de José de la Luz y Caballero, por un breve
período, y luego marchó a Barcelona, donde se
hizo bachiller.
Al regresar a Cuba cursó Leyes en
la Universidad de La Habana, hasta graduarse
en Derecho Civil y Canónico en febrero de 1866. Al
concluir sus estudios tuvo a su cargo el discurso de graduación,
que fue considerado de notable.
En esa ocasión, expresó la
opinión de que el ser humano vive en sociedad “por
ser ese su estado natural, no a virtud de un pacto social”.
Luego añadió que “la vida en sociedad
es indispensable al hombre para el desarrollo de sus facultades
físicas, intelectuales y morales”.
Ignacio Agramonte estuvo entre los jóvenes
de su generación, nacidos en cuna rica, que estuvieron
influenciados por las llamadas corrientes del pensamiento
liberal, el romanticismo y el irredentismo.
En ese ambiente habanero vivió y
se formó, y cuando estalló la revolución
encabezada por Carlos
Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868 en la finca
Demajagua, el abogado tenía una formación radical
en sus ideas político-sociales, a pesar de no haber
cumplido los 27 años.
Por aquellos días, Ignacio era novio
de una bella camagüeyana, Amalia
Simoni. José Martí comentó sobre
esa tierna relación amorosa cuando dijo: “Ama
a su Amalia locamente; pero no la invita a levantar casa sino
cuando vuelve de sus triunfos de estudiante en La Habana”.
El Apóstol describe al camagüeyano
y dice: “Por su modestia parecía orgulloso: la
frente, en que el cabello encajaba como un casco, era de seda,
blanca y tersa, como para que la besase la gloria; oía
más que hablaba, aunque tenía la única
elocuencia estimable, que es la que arranca de la limpieza
del corazón; se sonrojaba cuando le ponderaban su mérito;
se le humedecían los ojos cuando pensaba en el heroísmo,
o cuando sabía de una desventura, o cuando el amor
le besaba la mano: “¡Le tengo miedo a tanta felicidad!”
Leía despacio obras serias. Era un ángel para
defender, y un niño para acariciar. De cuerpo era delgado,
y más fino que recio, aunque de mucha esbeltez”.
Ignacio Agramante llegó a ser el
primer ideólogo y líder militar de la provincia
de Camagüey durante la Guerra
de los Diez Años, y defendió con fuerza la unidad
revolucionaria de los participantes en la contienda, que se
definió en la llamada Asamblea de Guáimaro.
Después de obtener resonantes victorias
y reunir las fuerzas patrióticas en los campos de batalla
de Camaguey, el Bayardo cayó luchando en un potrero
en la zona de Jimaguayú, el 11 de mayo de 1873.
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