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Amalia, la portadora de una belleza singular
Por María Delys Cruz Palenzuela
(...) quien también sabe
conmover al que lo escucha, arrancará siempre esos
aplausos entusiastas que salen del corazón y hacen
sentir tan noble orgullo a sus compatriotas (...)

“Mi esposo no peleó
para dejarme una pensión, sino por la libertad
de Cuba”.
(Foto: Archivo) |
Así escribió le escribió
Amalia Simoni a José
Martí cuando lo escuchó pronunciar su discurso
por el vigésimo aniversario del estallido de la Guerra
de los Diez Años, con lo que confirmaba su admiración
por el Héroe Nacional cubano.
Este 23 de enero se cumple otro aniversario de la muerte de
la esposa de Ignacio
Agramonte, El Mayor, de las guerras de independencia,
ocurrida en La Habana, luego de haber dedicado toda su vida
a enaltecer el digno recuerdo de su compañero.
(...) pronto espero estrecharte contra mi corazón,
a ti y a nuestros hijos queridos ... pero si sucediera lo
que yo no espero a todos los buenos cubanos recomiendo a mi
ejemplar compañera y a mis hijos (...) escribiría
Ignacio Agramonte, quien dejó para la historia un hermoso
epistolario dirigido a su esposa, que ha trascendido en la
historia como una prueba de amor, fidelidad, patriotismo y
entrega.
Amalia Simoni, hija de una de las familias más prestigiosas
y acomodadas del Puerto Príncipe de la primera mitad
del siglo XIX, había logrado una educación y
una cultura avalada por estudios en Europa. Estados Unidos
y Canadá, portadora de una belleza singular que a decir
de nuestra escritora Aurelia Castillo, amiga suya y de Ignacio,
parecía que había sido creada para llevar sobre
sus hombros un manto real.
Familia de ideales patrióticos, como la mayoría
de los que amaban la independencia en el Camagüey,
se unieron a la causa de Carlos
Manuel de Céspedes, y fueron los Simoni a la manigua redentora
dejando lujos, comodidades y bienestar por la Patria.
En la manigua nació el primer hijo de Ignacio y Amalia,
de la manigua fueron separados la mujer y el hijo del amado
para no verse nunca más, llevando ella en su vientre
a la niña que nunca conoció al padre.
Amalia fue ejemplar durante la Guerra y cuando ya Cuba dejó
de ser colonia española para convertirse en neocolonia
yanqui; Mérida, Estados Unidos, fueron tierras que
cobijaron las lágrimas y el dolor de la idolatrada
de El Mayor, hasta que decide regresar a la Patria y establecer
su residencia en La Habana, sin que nadie pudiera hacerla
asistir a acto público y mucho menos aceptaría
una pensión por ser la viuda de Ignacio Agramonte,
alegando que mi esposo no peleó para dejarme una pensión,
sino por la libertad de Cuba.
En el testamento suscrito por Amalia en Nueva York y luego
ratificado durante su visita a Camagüey con motivo de
ser develada la estatua ecuestre de El Mayor del céntrico
parque de la ciudad que lleva su nombre, la destacada mujer
expresó que como su última voluntad que (...)
si mi fallecimiento ocurre en la isla de Cuba, mi cadáver
sea enterrado junto con mi padre(...). Deseo que fue cumplido,
por lo que sus restos descansan en la necrópolis de
Camagüey desde el 1ro. de diciembre de 1991.
(Tomado de Adelante digital)
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