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Estudiar o no estudiar: he ahí el problema

Por María Elena Álvarez, Servicio Especial de la AIN.

Estudiar, estudiar cada día, mucho, y no para aprobar, sino para aprender.

Más que exhortación o pedido, es una exigencia a niños, adolescentes y jóvenes, a esos que están hoy en las aulas en cualquier nivel y tipo de enseñanza y serán los obreros, técnicos, profesionales, los trabajadores cubanos de mañana.

Válido para cualquier época y circunstancia, el reclamo se torna perentorio en esta era del conocimiento, en la cual ciencia y técnica avanzan tanto y tan rápido, que quien se para, pierde el compás.

Hoy ya no basta con saber leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir.
Por longevos que seamos, la vida no alcanza para acceder a tanto conocimiento y, sin embargo, resulta esencial saber más y más, cuanto sea posible, porque dominar es vencer, y para enfrentar los colosales desafíos del presente y el futuro y conquistar para Cuba ese desarrollo real, sostenible, con igualdad, libertad y justicia plenas, hay que prepararse, llenar de información el “disco duro”.

Claro que tamaña empresa exige corazón, además de mente; talento, conocimientos, pero igual conciencia, valores, sentimientos, principios, vocación de servicio, que han de sumarse y cultivarse en el ser humano en ese largo aprendizaje que es la vida.

Estudiar será siempre el primer y gran deber del estudiante, pero en la educación intervienen también la familia y la escuela.

Es una madeja de interacciones, un proceso que trasciende el aula para alcanzar a la sociedad toda y cada uno de sus miembros, sin olvidar el mundo en que vivimos y su influencia.

Responsabilidad tiene el educando y ha de exigírsele, porque, admitámoslo, incluso los que se queman las pestañas pueden y deben estudiar más y mejor. Pocos alumnos van más allá de las notas de clase o, a lo sumo, del libro de texto; con frecuencia los conocimientos parecen sujetos con alfileres. El estudio está lejos todavía de constituir hábito, necesidad y placer, y es para muchos obligación que asumen con desgano.

Pero, admitámoslo también, en esta historia hay más de un culpable.
Lo es, por ejemplo, el maestro que no se prepara bien, el que imparte la clase cual si fuera un aburrido sermón, el que solo orienta estudiar lo que va a examen o el que acepta como bueno y hasta califica de excelente un trabajo impreso a máquina y salido de Encarta, de Google, de cualquier parte menos del alumno.

Culpables son, por supuesto, esos padres que, para terminar rápido o para que el pobrecito niño no pase trabajo en pensar, buscar información, redactar, consultar una palabra en el diccionario y ejercitar la caligrafía, le hacen la tarea…

Lo son además los que intentan asegurarle al chico una buena nota con un obsequio al maestro; los que a fin de curso premian, incluso, un suspenso, porque, total, ya el regalo está comprado; los que exigen la mejor educación para su hijo, pero a él le dicen: “¿Maestro, tú? ¡Ni que estuvieras loco! Eres demasiado bueno para pasarte la vida en un aula”.

Y culpables somos todos por tolerar el formalismo, el fraude, la deshonestidad; por no preocuparnos lo mismo de llenar el alma que el estómago y hasta por ese mal pensamiento, muchas veces dicho en voz alta, de que para qué estudiar si “fulano”, que a duras penas alcanzó noveno grado y ni se sabe si trabaja, vive infinitamente mejor que yo con un título universitario y que sigo superándome.

Estudiar, aprender jamás serán inútiles. Podrían llenarse cuartillas y cuartillas sobre este tema, crucial, porque sin educación no habrá futuro.

El curso escolar 2009-2010 puede ser un “borrón y cuenta nueva”. Transformaciones, adecuaciones y precisiones apuntan a un mayor rigor y calidad. Acompañemos este esfuerzo. Conquistemos entre todos para Cuba una educación de excelencia.

 

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