| “Bertillón
166”: Un largo camino del papel al celuloide
Comentarios diversos ha provocado
la adaptación al séptimo arte de la novela “Bertillón
166”, que bajo el título “Ciudad en rojo”
llegó a los cines de Cuba en marzo pasado. Muchos asumieron
objetivamente la nueva propuesta, ponderando sus aciertos
y descalabros, inherentes a cualquier opera prima. Otros,
más radicales, alegaron que la cinta, sencillamente,
“se quedó corta” a la hora de teñir
de rojo la ciudad.
Por Pavel
López

(Tomada de www.habanaradio.cu) |
“Ciudad en rojo”, debut en el
largometraje de ficción de la realizadora Rebeca Chávez,
debió enfrentar durante su estreno en las pantallas
de cine las avivadas expectativas del público de la
Isla.
Sobraban las razones para alimentar el mito. El filme se aventuraba
a trasladar al lenguaje audiovisual uno de los estandartes
de las letras revolucionarias, “Bertillón 166”,
de José
Soler Puig, obra de reconocido prestigio, ganadora del
Premio de Novela del primer concurso Casa de las
Américas, monumento literario sobre el cual ningún
cineasta había puesto las manos en casi cinco décadas.
Asimismo, la cinta retomaba para el séptimo
arte insular una temática siempre atractiva y con satisfactorios
resultados en anteriores abordajes: la lucha urbana contra
la dictadura de Fulgencio
Batista en los años 50 del pasado siglo, motivo
argumental de gran tradición en nuestro cine. Así
lo demuestra su presencia en el primer largo producido por
el ICAIC,
“Historias de la Revisitaciones”; Enrique
Pineda Barnet con “Aquella larga noche “(1979),
sobre la vida de las combatientes Lidia
Doce y Clodomira Acosta, o la hasta ahora insuperable
“Clandestinos” (1987), de Fernando Pérez,
otra opera prima que apresó con inusitado rigor la
dimensión épica y humana del asunto.
En el imaginario del cubano pesaba, de igual forma, la plasmación
del conflicto en seriales televisivos a la altura de aquel
inolvidable “De tu sueño a mi sueño”,
el cual “paralizó” la nación en
la década del 90 de la anterior centuria.
Con tamaños precedentes al hombro entraron los espectadores
a la sala de proyección, aunque a la salida no fueron
pocos los que experimentaron un inexplicable desencanto.
Mejor o peor justificada, la decepción de la audiencia
no debería extrañarnos.
En un principio, la novela de Soler Puig sobre la cual se
articula el guión, contiene elementos de ruptura con
los cánones narrativos clásicos que, si bien
le otorgan un sello de originalidad a la obra, dificultan
la identificación del lector ortodoxo con su propuesta
estética: la ausencia de un protagonista definido;
la estructura argumental fraccionada; el desvelo, más
que por los hechos, por los estados emocionales de los personajes
y las atmósferas; la concentración del tiempo
del discurso, expreso en el argumento que se desarrolla en
un solo día; un final abierto, desprovisto de cualquier
subrayado triunfalista, entre otros elementos, convierten
la anécdota de “Bertillón…”
en un “cubo de agua fría” para aquellos
que esperan la acción trepidante y la grandilocuencia
del género épico-histórico.
Los responsables de la versión cinematográfica
de la novela parecen haberse planteado la fidelidad, casi
absoluta, al original literario, aunque en algunas ocasiones
la película no logra emular las conquistas expresivas
del libro, por causas que parecen tener su raíz en
la, a veces deficiente, adecuación del lenguaje escrito
a las exigencias del discurso audiovisual. De esta forma,
ciertos elementos que en el papel eran virtud, en la pantalla
grande resultan lastre.
Repárese, por ejemplo, en la obsesión de Puig
por apresar la esencia de la ciudad de Santiago
de Cuba, sus palpitaciones internas, el estado anímico
de su gente común, su estatus cultural, su extraña
vocación para la rebeldía, al punto de que ese
contexto ha sido asumido por la crítica especializada1
como el verdadero protagonista de la historia de “Bertillón...”
Puig se detenía a describir el comportamiento de los
transeúntes, buscaba metáforas que personalizaran
ese entorno, pero en el cine no se concretan a plenitud dichos
propósitos.
En “Ciudad en rojo”, ese gesto,
resulta, en el mejor de los casos, postizo e improductivo.
Faltan recursos que alcancen a tipificar, dotar de identidad
propia, de singularidad, esa Santiago de Cuba de los 50 y,
más importante aún, que justifiquen su presencia
protagónica en el marco de la narración. Algunos
críticos le impugnan a la película el exceso
de planos de «ambiente», sin entender que justamente
ese protagonismo del contexto, en la novela funcionaba a la
perfección.
Otro tanto pudiera decirse de segmentos
de la obra, como aquel, en el cual la madre de una de las
jóvenes combatientes, emprende la búsqueda de
su esposo por toda la ciudad. Analistas señalan estos
pasajes como los más importantes de la novela, momentos
privilegiados en que se disecciona el desasosiego de los personajes
en medio del entorno asfixiante, donde el registro de las
atmósferas deviene objetivo primordial.
Puig se coloca tras los ojos de los protagonistas,
y a través de sus miradas, nos devela el horror, la
violencia latente que se respira por todos lados. Justamente
esta situación aparece en “Ciudad en rojo”
resuelta de una manera que convence a medias, pese a la expresividad
de la fotografía, en la cual Ángel Alderete
da pruebas de innegable oficio. La actriz que encarna a la
madre manifiesta apenas la angustia contenida del personaje.
El espacio que dicha mujer recorre, el caos y la podredumbre
que contaminan el lugar, no llegan al espectador con la fuerza
que deberían.
En otro sentido, “Ciudad en rojo”
parece olvidar que cada obra es resultado de un momento y
un espacio específicos. Bertillón 166 estremeció
el panorama literario postrevolucionario, al ser una de las
pioneras en reflejar el fenómeno nacional de la lucha
clandestina urbana con una visión amplia y representativa,
además de hacerlo desde presupuestos estéticos
transgresores para su época.
En el siglo XXI, el conflicto ya ha sido abordado sistemáticamente
en todos los medios, por lo cual la versión cinematográfica
ameritaba, quizá, una postura estética más
agresiva, menos convencional. Esperábamos ver el mismo
asunto en un nuevo empaque, o al menos, en un recipiente estético
igual de transgresor que el de la novela en el año
de su publicación.
La música de X Alfonso puede ser
una de las estrategias de los gestores de la propuesta fílmica
para otorgarle aires de contemporaneidad. Sin embargo, en
un filme donde casi todos los elementos del discurso funcionan
a la manera tradicional, donde se advierte una búsqueda
de la corrección técnica y el buen oficio; un
segmento de créditos como el del final de “Ciudad
en rojo”, se nos antoja distanciador e injustificado.
A pesar de los pesares, cabe reconocer el desempeño
de los más jóvenes, en especial los noveles
Carlos Enrique Almirante, Yoraisy
Gómez y Rafael Hernández. Sus rostros expresando
incertidumbre, rebeldía, determinación, sufrimiento
contenido, son indiscutibles aciertos de la cinta.
Consagrados como Mario Guerra, Patricio
Wood y Fernando Hechavarría también le imprimen
credibilidad a sus roles, pese a diálogos que pecan
por momentos de cierta retórica, una deficiencia que
ya estaba en algunas zonas del libro. Asimismo, la dirección
de arte resulta acertada.
Tuvo ”Ciudad en rojo”,
en fin, venturas y desventuras a la altura de cualquier opera
prima. Quedará, no obstante, como una incitación
a revisitar el texto en el cual se inspira y un homenaje,
siempre merecido, a aquellos que pusieron en jaque su vida,
en favor del derrocamiento de un régimen de injusticia
y terror.
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