| Condón
versus compromiso
Por Andrés
García del Toro
Actualmente, el condón es considerado por la mayoría
de las personas como “la varita mágica”
contra el VIH y otros males que golpean nuestro mundo. Está
entronizado en las escuelas, centros de trabajo, policlínicos
y lugares públicos. La mayoría de los jóvenes
llevan un condón en su billetera, esperando recibir
de este la protección necesaria si se les presenta
alguna oportunidad.
Nadie quiere sufrir las consecuencias de
un descuido. Pero sería bueno reflexionar si es en
verdad el preservativo lo más eficaz para preservar
a los jóvenes que no solo peligran por el SIDA, sino
también ante múltiples enfermedades venéreas.
Y esto es sin mencionar los complicados
embarazos no deseados, causantes de un alto número
de madres adolescentes con criaturas a las que ni siquiera
saben cuidar ni educar; o abortos que pueden afectar la salud
psicológica y física de la madre, así
como su futura capacidad de engendrar. Vale la pena analizar
si hay alguna verdad que hemos ignorado y supere al condón
en sus efectos.
Las generaciones más cercanas a nuestros días
han agudizado un fenómeno que ha existido siempre:
“miedo al compromiso”. Un compromiso implica responsabilidades,
limitaciones y obligaciones. Todos hemos
sentido este miedo. La mentalidad actual es: “Disfruta
de los beneficios pero no te comprometas; tómalo, úsalo
y luego déjalo. No asumas la responsabilidad”.
Esta misma forma de pensar lleva a las personas a tener relaciones
sexuales mal llamadas libres.
Hoy con esta, mañana con aquella,
pasado vendrá otra (esto en el caso de los hombres,
aunque las mujeres no quedan fuera). Aun aquellos que viven
juntos no quieren comprometerse, para poder huir el día
que quieran o de vez en cuando “sacar un pie fuera de
la casa”. Las consecuencias de ello no solo pueden observarse
en el área sexual, sino también en la esfera
laboral, la estudiantil y la social. No dedicaré este
comentario a estas áreas, pero será fácil
para ti identificar los efectos de la falta de compromiso
en el caminar día a día.
Todos saben, lógicamente, que sin
compromiso no se alcanza ningún logro duradero. Es
natural para las personas aplicar este concepto en otras facetas
de la vida. Lo pueden decir los médicos que consagran
seis años a lograr su sueño, o el descubridor
de la electricidad, o los científicos que completaron
el mapa del genoma humano.
Pero cuando se trata de relaciones interpersonales
es difícil, para la mayoría de nosotros, vincular
su efectividad con el compromiso. Tal parece que intentamos
violar una ley universal: la Ley del Compromiso,
tangible y aplicable a cada persona, más allá
de cualquier religión, sistema político, filosofía
o país. Nadie puede negarla cuando reprueba un año
y le aplican el cartel de que “no es un muchacho estudioso”
para señalarle su falta de responsabilidad. Aun cuando
intentemos ignorarla en las relaciones de pareja, la Ley del
Compromiso sigue esperando que alguien la aplique y vea que
es efectiva en las relaciones humanas. No obstante, nuestro
primer deber es con nosotros mismos, el deber de escoger alguien
con quien valga la pena estar.
Las consecuencias de obviar el compromiso
no son siempre visibles como el VIH, un embarazo no deseado
o cualquier enfermedad de transmisión sexual. En ocasiones
son tan secretas y profundas que solo las conocen aquellos
que llevan la herida. Por eso es normal encontrar jóvenes
sonrientes y hermosas pero que no creen tener valor alguno,
se prostituyen o se entregan a cambio de dos cervezas en un
DiTú.
Otros llevan las marcas de la traición
y acosan a cualquiera que se atreva a interesarse en ellos
con celos constantes. Pero el problema de trasfondo sigue
siendo el mismo: una baja conciencia del valor que poseen
como persona. Hablar también de los jóvenes
acomplejados, que no se atreven a establecer una nueva relación
después de ser catalogados en un primer intento como
“malos en la cama”, debido a que no cumplieron
las expectativas de su pareja.
Todo sexólogo conoce que para complacer
a una persona sexualmente se necesita mucho tiempo, para aprender
sus gustos y preferencias, y saber las maneras en que puede
ser mejor estimulada, únicas en cada individuo. Esta
verdad que apunta a al compromiso profundo también
es ignorada en nuestra sociedad. Los ejemplos de la forma
en que afectan las relaciones sin compromiso entre los jóvenes
de todo el mundo pueden ser innumerables.
Una relación sexual siempre transmite,
de manera inigualable, sentimientos de amor y compromiso;
en una relación sexual siempre se dice, aún
cuando no se quiere: “Te amo, eres importante para mí,
voy a estar siempre a tu lado, estoy comprometido contigo”.
Pero cuando ha terminado todo y se compara entre lo que se
percibió y la realidad, simplemente no se compensa;
y se busca una y otra vez la misma experiencia, para sentirse
amados al menos por poco tiempo, sin saber que en ello se
puede ir la VIHda.
El problema principal está en nosotros.
No es el uso del condón la solución a los temores
de esta generación. Solo una persona comprometida puede
disfrutar de una intimidad y seguridad exclusivas de este
ámbito. Solo una persona comprometida puede disfrutar
de guardarse del VIH y otras enfermedades de transmisión
sexual. Una persona comprometida tiene el privilegio único
de disfrutar de la fidelidad de otra, porque nunca recibiremos
lo que no somos capaces de dar. Solo una persona comprometida
puede ser librada del dolor de las relaciones sexuales sin
compromiso.
Sin embargo, el condón, junto al compromiso, conforma
una combinación poderosa. ¿Qué mejor
para la planificación familiar que el preservativo?
En un ámbito de compromiso, es posible usar el condón
de mutuo acuerdo. Puede tratarse de matrimonios jóvenes
que aún no deseen tener hijos, o mujeres que no desean
“ligarse”. Existen tantas aplicaciones como situaciones
tengan las parejas implicadas. Conozco casos en los que se
le prohibió a la mujer quedar encinta durante cierto
tiempo porque podía traer graves riesgos para su salud
y un probable aborto espontáneo.
Reflexionemos y no ignoremos más el compromiso, que
se levanta como un muro sobre el que podemos caminar o con
el que podemos chocar. Nos espera la oportunidad de construir
relaciones fuertes y duraderas que nos ayuden a lograr cosas
importantes en la vida, que nos proporcionen el sentido de
pertenencia que necesitamos y la oportunidad de experimentar
la realización humana. Junto con estas oportunidades
vienen retos, pues cuando se trata de relaciones interpersonales
no hay psicólogo ni psiquiatra que tenga la última
palabra.
Pero bien vale la pena intentarlo: estamos
en el camino por el que muchos otros han pasado y tenemos
la oportunidad de aprender de ellos.
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