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De mi Cuba te cuento


Justo Rómulo Rumbaut


Comunicador

Justo Rómulo Rumbaut.
Justo Rómulo Rumbaut.
(Foto: Cortesía de la familia)

Corría 1965 y ya había caminado bastante en el giro: hasta inicios del 59 trabajaba como radio-telegrafista en el Ministerio de las Comunicaciones y tras el triunfo del Primero de Enero me incorporo a las Milicias Nacionales Revolucionarias; participo en la creación de la Compañía de Transmisiones; organizo escuelas, entrenamientos, círculos de trabajo y en las comunicaciones por alambre desde Lawton, donde radicaba la sede de las Milicias, hasta la base aérea de San Antonio de los Baños.

Aquí se me nombra jefe de la Sección de Comunicaciones de la Aviación y, más tarde, con la incorporación a la artillería antiaérea y los radares, se funda la DAAFAR y paso a dirigir la Sección de Comunicaciones de su Estado Mayor, hasta que en el 63 me bajan a segundo jefe. La decisión no me gustó para nada, pues me dije: “Si eres el uno y de pronto te demueven, significa el inicio del deterioro”.

Por aquella época se desarrollaba una enorme propaganda a favor de la Veterinaria y las fuentes fundamentales de alimento: carne, leche y huevo. Pensé que no era mala opción para alejarme de la DAAFAR, aunque siempre tuve el presentimiento que no me iban a dejar terminar la carrera. ¡Y estaba claro!

Resulta que un día me llama Guelmes, el jefe de Comunicaciones del Estado Mayor General, y me pregunta:

— ¿Qué tú crees de una misión internacionalista?

Yo, que no las tenía muy buenas con él, rumiaba por dentro: "A este seguro le están pidiendo un comunicador y, como no quiere quitarse un cuadro de su tablero, habrá dicho: ´Vamos a soltarle a este negro y me lo quito de arriba´”.

—Mira, Guelmes —le contesté—, el día que a un miembro de las FAR haya que preguntarle su opinión acerca de una misión de esta naturaleza, pienso que hasta ese momento fue oficial de las Fuerzas Armadas.

—No esperaba menos de ti —agregó—. Me alegra eso.

Y comienza a explicarme que se preparaba una expedición en la cual hacía falta un jefe de Comunicaciones; que era de extremo cuidado y nadie podía llevar diarios, pues ya se habían dado casos de cubanos muertos, cuyos cadáveres habían caído en manos enemigas con informaciones confidenciales. También me hizo firmar un documento que aseguraba mi participación voluntaria en la empresa y que liberaba a las FAR de toda responsabilidad.

Luego me mandaron a la casa E-1 (Especial No.1), donde habían tres muchachos de entre 16 y 18 años, negros como yo, quienes ya tenían casi concluida su preparación primaria y habían recibido entrenamiento inicial guerrillero en el campamento Petí-1, del municipio pinareño de Candelaria: Gonzalo Sanabria, Gustavo Caballero y Florentino Nogas.

Se nos designó establecer comunicación con otra pequeña casa-estación a una distancia de cuatro millas aproximadamente de la anterior, a la cual se le denominó E-2. En eso consistía nuestra práctica diaria, por lo cual suponíamos que íbamos lejos, a un lugar en el cual tendríamos que ejercer nuestro trabajo con eficiencia, discreción y donde uniríamos dos puntos que estuvieran más o menos a ese trecho.

Si bien no sabíamos nuestro destino, un instructor político con el cual hablaba casi todos los días me dice que la misión tenía algo de espionaje. Le respondo rápido:

—Óigame, compay, no se me ponga bravo, pero nunca he visto en Cuba a un espía negro. Hasta ahora, de todos los que he oído hablar han sido blancos.

Aquello despertó mi curiosidad. Sabía que se trataba de una misión internacionalista por mi conversación con Guelmes. Me dediqué a indagar. Busqué las “Síntesis del Cable”, que publicaba el periódico Hoy. Las noticias más sistemáticas en aquel momento estaban relacionadas con el movimiento insurreccional en el Congo. Comprobé en un mapa de la zona. Hice cálculos y pude establecer la distancia entre Luluaburg, en el Congo Leopolville, y Kigoba en Tanzania. El hecho de que todos fuéramos negros decía mucho. ¡Ya tenía la respuesta!

Al saber que nuestra empresa duraría alrededor de cinco años, considero necesario incorporar un técnico de radio que se hiciera cargo de posibles roturas. Me asignan a Tomás Escandón, quien había estudiado en la URSS y procedía del Ejército Central. Con él quedaba completado nuestro equipo.

La mayor dificultad radicaba ahora en el modo de enviar el equipamiento técnico y sus repuestos, pues querían hacerlo por vía marítima, con lo cual yo no estaba de acuerdo. Era del parecer que debían trasladarse junto a los operadores y así se pondrían en marcha una vez llegáramos al teatro de operaciones. Triunfaron mis argumentos, aunque con la variante de que los equipos salieran por vía aérea hacia Moscú en un primer vuelo junto a Escandón que hablaba ruso, de tal suerte que viabilizaría los trámites de inmigración cuando arribáramos los nosotros.

Nosotros deberíamos esperar al 26 de agosto para partir, pero realmente lo hicimos el 27 por razones de seguridad y, luego de 14 días de vuelo y una escala en Murskman, aterrizamos en Moscú. Allí me encuentro que Escandón había contactado a su novia rusa, con la que pensaba casarse y no veía desde hacía dos años. Él me lo cuenta y yo entiendo, pero la disciplina es la disciplina: le exigí despedirse de ella y alejarla lo antes posible. Nuestra misión era demasiado importante para comprometerla de ese modo.

Después de sortear algunas dificultades tomamos rumbo a Egipto, donde me sentí incómodo, quizá por el estereotipo que teníamos sobre los árabes: todo el mundo los califica de peligrosos, medio terroristas, suicidas y esas cosas… ¡tú sabes! Lo cierto es que cuando ocupamos un hotel en El Cairo, les recomendé a mis compañeros que aseguraran bien la puerta y taparan el huequito de la cerradura, porque esa gente era capaz de meternos un dardo envenenado por ahí mismo.

A la mañana siguiente, en la calle nos siguió buen trecho un músico de pandereta que llevaba a un mono bailarín al compás de la melodía. Le dije que nos dejara tranquilos y, al ver que no entendía nuestro idioma, se lo di a entender mediante señas, pero el tipo no se iba. Le dije hasta “alma mía”, pues ya me tenía un poco jodido, hasta que parece haberse dado cuenta de que sobraba o se habrá cansado de tanta monería y desapareció de nuestra vista.

El tiempo apremiaba, así que pronto salimos para Tanzania, donde nos enteramos por unas grabaciones lo que estaba ocurriendo en el Congo. Se mencionaba con mucha frecuencia el nombre de Tatu y supusimos que se trataba de algún caudillo congolés relevante.

A mediados de octubre llegamos a Kigoma, donde me entrevisté con Kabila e intercambiamos criterios, pero no nos pudimos poner de acuerdo en cuanto a unos equipos que estaban en la base de Tabora y procedían de la URSS, China, Bulgaria y Cuba, para apoyar la guerrilla. En caso de ser superiores a los nuestros, yo preveía hacer algunos cambios de manera operativa; sin embargo, aquella gente no quería cooperar. Decidimos continuar la travesía con lo que traíamos y ver cómo resolver sobre la marcha.

Cruzamos el lago Tangañica e instalamos la planta de radio en la base de Luluaburg, ubicada en una montaña muy alta. Pronto establecimos contacto con Kigoma que comunicaba con Dar-es-Salam. Poco a poco fuimos corrigiendo las dificultades.

Ya sabíamos que Tatu era nuestro Che. Cuando llegamos andaba en una de sus operaciones, pero al volver y ver aquello, quedó maravillado.

—A mi regreso, esto es lo mejor que me he encontrado –confesó en su diario.
Ya nuestro máximo líder tenía comunicación en el Congo. Monitoreábamos las estaciones de radio del país e, incluso, de mostrarse las condiciones favorables, sintonizábamos Radio Habana Cuba y, a través de una línea telefónica enviábamos la señal a la barraca de Tatu. Así todos los compañeros estuvieron informados y unidos, porque los congoleses nos eran casi ajenos.

Por suerte nuestro trabajo exigía poca participación de ellos, teníamos una disciplina férrea que excluía al personal ajeno, aunque fuera cubano. Se estableció un mando único, con Tatu a la cabeza y sus principales sustitutos: Oscar Fernández Mell, Víctor Dreke y Emilio Aragonés, miembros de su Estado Mayor.

Yo me encargaba de cifrar la transmisión que entregaba a Florentino Nogas, quien recibía los mensajes y me los pasaba para descifrarlos. Florentino era nuestro radiotelegrafista en la base de Luluaburg, Gonzalo Sanabria en Kigoma, Gustavo Caballero en Dar-es-Salam, y Tomás Escandón nuestro técnico de radio. Hicimos buena “química”. Nos entendíamos de lo mejor, aún cuando yo era el más viejo, con 34 años, los demás, unos críos de 17, 16, 18 y 22, respectivamente, un grupo indiscutiblemente joven.

Esto es bueno tenerlo en cuenta, porque lo mismo sucedía con la mayoría de los compañeros de nuestra tropa. De ahí que muchos no comprendían la situación real del Congo, con su cultura y sus problemas. Por ejemplo, se mostraban reacios a continuar la lucha después que cayó el gobierno del asesino de Lumumba, Tshombe, despuesto por Mobuto tras un golpe de Estado.

Nuestros hombres se preguntaban: “¿Cómo vamos a pelear contra aquél que derrocó al criminal?”. Pero Mobuto había sido cómplice de la maldad y, además, estaba apoyado por los adversarios del pueblo. Mucho menos asimilaban por qué tenían que continuar luchando, si los propios congoleses se mantenían como quien dice “de brazos cruzados”. Por eso, cuando el enemigo inició su ofensiva, no encontró prácticamente resistencia.

Le sugerimos a Tatu que, en caso de abandonar la base, convenía destruir la estación, pero él no quiso, pensando que, de reiniciarse la guerrilla, podrían utilizarse los equipos.

El último día de transmisión comenzamos más temprano que de costumbre, pero cerca de dos de la tarde Gustavo sugería “cortar” porque, decía, estaba muy caliente la planta. Tatu, sin embargo, ordenó textualmente: “Dígale que se mantenga en el aire hasta que se reviente la planta”. Fue una decisión sabia, pues solo así podíamos informar y estar informados sobre la evacuación en un intercambio que duró hasta las cuatro y media de la tarde. Al final no “explotó” el equipo y pudimos salir sin problema.

Abandonamos la loma sobre la una de la madrugada, pero íbamos cargados con un FAL, su correspondiente parque y el equipo transmisiones. Según Tau, solo necesitábamos 10 minutos para bajar y, aunque un refrán dice que “para abajo todos los santos ayudan”, se hizo difícil el descenso. Florentino y yo teníamos previsto abordar una lancha en un punto del lago, mas Changa, que debía recogernos, no apareció, y tuvimos que seguir andando con los demás. Viendo la situación, le dije al muchacho:

—Sálvate tú y déjame a mí; aún eres muy joven.

Y respondió él:

—Yo me quedo con usted, pase lo que pase.

A las tres hicimos contacto con Kigoma, donde estaba Changa. Le dimos nuestra ubicación, no sin antes advertirle que Masengo, uno de los líderes congoleses, decidió abandonar la lucha y que lo mejor para nosotros era salir cuanto antes. Tampoco fueron a recogernos. Al otro día, lo mismo. Le mandamos a decir que éramos menos de 200 hombres a evacuar y que cada día que pasaba se nos hacía más difícil. Recibimos el siguiente mensaje:

—“Tatu, esta noche se decide el cruce. Ayer el comisionado no nos dejó cruzar.Changa”.

Fue nuestra última transmisión en la guerrilla.

En la madrugada, Florentino, Tomás y yo viajábamos en la misma lancha que ocupó Tatu. Hasta el último momento cumplimos nuestro trabajo. De otra manera, la salida del Congo hubiese sido diferente, quizás con pérdidas que no tuvimos que lamentar.

Che siempre tuvo en cuenta la importancia de las comunicaciones en la guerrilla. Jamás subvaloró el papel de nuestro equipo. Por el contrario, en su diario sobre la guerra revolucionaria en el Congo patentizó la total dedicación de los comunicadores y la efectividad con que asumimos el trabajo.

Che sabía que el gran salto, luego de incorporarnos nosotros, era evidente. Sin ser comunicador tuvo muy en cuenta las medidas de seguridad a la hora de transmitir para que no nos descubrieran. No sabía que había tropas cubanas en África y debíamos cuidar eso; nada de códigos que nos delataran y nada del cubaneo tan típico en nosotros. Antes de nuestra llegada, los enlaces eran a través de mensajeros desde Dar es Salaam hasta Kigoma y de aquí a la guerrilla. Con nuestra entrada en la escena, cambió radicalmente la situación informativa.

Che reconoció que gracias a nosotros pudo mantener contacto con Fidel y saber de los principales problemas de Cuba y, en algún momento, confesó que nuestro trabajo lo ayudó a no sentirse aislado.

Pero, sobre todo, Che era un ejemplo, no solo para nosotros, sino para los propios congoleses que cuando no querían combatir, lo único que los compulsaba a hacerlo era la propia actitud de Tatu, quien se transformaba, de instructor en combatiente. Fueron, sin dudas, enseñanzas inolvidables.


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