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El amor en los tiempos del fascismo

Se acerca el final de 2009 y es momento propicio para los escrutinios sobre lo más sobresaliente, en materia de cine, estrenado durante el año. Somos Jóvenes aborda un hito del período: “El lector” (“The reader”), del inglés Stephen Daldry.

Por Pavel López

 

Kate Winslet en "El lector".
Excelente caracterización la de Kate Winslet en este interesante filme inglés.
(Foto: Archivo)

Inquietante, perturbadora, provocativa. De cualquiera de estas maneras podría calificarse la película de marras.

Atenta al devenir de la Europa del siglo XX, específicamente al tema del holocausto y sus secuelas, la propuesta trasciende, más que todo, por no contentarse con el mero “registro histórico”. En cambio, nos ofrece personajes reconocibles en su perfectibilidad.

Incómodos con los moldes estrictos que les imponen sus respectivas militancias (tan definitorias en contextos de guerra o posteriores), se mueven por los torbellinos del deseo, el miedo, la culpa, los solapados sentimientos que hacen contradictorio e impredecible al ser humano.

Los gestores de la cinta, inspirada en una importante pieza literaria del escritor Bernhard Schlink, bien conocen los peligros de abordar la Historia desde la articulación de antagonismos primarios —la clásica fábula de buenos contra malos—, modelo que tuviera un antecedente significativo en el realismo socialista.

En este último, la obsesión por expresar la magnitud de los grandes eventos sociales iría en detrimento de la representación compleja y diversa de sus protagonistas. Los individuos aparecían circunscritos, dentro de dicha estética, al esquema del héroe inmaculado o el enemigo irracional, de los cuales saldría vencedor el primero, como metáfora de un mundo donde el futuro glorioso, más que sospecha, constituía decreto inviolable (llámese a esto triunfalismo, “porverinismo” gratuito o mera propaganda).

Pero el arte, lógicamente, sobrevuela los esquemas de esta última, y así lo atestigua la película que nos ocupa, la cual ha despertado, entretanto, el fantasma de la sospecha.

El espectador bisoño se mostrará dudoso ante la Hanna Schmitz de “El lector”: una mujer alemana que se inscribe voluntariamente en las SS durante la Segunda Guerra Mundial y llega a estar implicada de manera indirecta en el exterminio de un grupo de judíos; pero una vez finalizada la contienda, no duda en echarse a la espalda los errores propios y ajenos.

Hanna no se escuda en la negación de sus culpas al igual que tantos. Más bien se somete a una severa condena que excede sus faltas: inmolación no exenta de heroísmo, especie de purga por el oscuro pasado. Esto sin echar a un lado el amor por un joven estudiante de Derecho, sentimiento al cual decide aferrarse durante su estancia en la cárcel, aunque el tiempo, los prejuicios y temores del muchacho conspiren en su contra.

¿Qué podría esgrimir la audiencia frente a tal personaje?
¿Cuestionable emplazamiento ético del director de la cinta?¿Paños tibios con la pesadilla del fascismo y sus principales responsables?
Lo cierto es que los realizadores no acometen la apología de Hanna, sino que la muestran en todas sus contradicciones.

La lectura: aguda metáfora dentro de la película, sirve de marco propicio a esta fábula sobre la enriquecedora travesía que implica el aprendizaje. No en balde la “Odisea”, de Homero, se cita reiteradamente en el filme, texto con el cual “El lector” comparte ese interés por el viaje, el descubrimiento y el eterno tema de la perdurabilidad del amor, sin olvidar que ambas obras se aventuran a la interpretación de la “Historia”, sin descuidar los matices que pueda otorgarle la subjetividad humana.

Se trata de una mujer dura, parca, violenta, exponente de un recio analfabetismo, aunque la prisión le servirá de marco para el crecimiento intelectual y moral.

En las postrimerías de la cinta, justo cuando ya ha cumplido con la sanción social impuesta, es convocada por el estudiante a exteriorizar su arrepentimiento, última comprobación acerca de la integridad de su interlocutora; fórmula, quizá, para espantar de una vez y por todas el estigma de continuar enamorado de una genuina “criminal”.

No obstante, ella se niega. Así de radical es. ¿Qué virtud puede haber en sentir remordimiento cuando no tienes otra salida? Hanna lo sabe y opta por esquivar la vista de aquellos años terribles. No le interesan el perdón ni los juicios de los demás.

La actitud del muchacho no es menos contradictoria y expresa otro asunto de interés para los artífices de “El lector”: Al no recibir la respuesta esperada e incapaz de exorcizar sus miedos, el joven sigue optando por la represión de sus sentimientos, respuesta igual de cuestionable, pero en la cual se intentó cifrar la posición de los alemanes de la posguerra frente al pasado nazi.

El propio director, Stephen Daldry, ha expresado que la cinta constituye una meditación sobre las consecuencias del fascismo en una generación del pueblo alemán que nació sintiéndose culpable por estos horrores.

“La historia refleja el secretismo que asoló al país tras el conflicto bélico. Pasaron 17 años antes de que la sociedad empezara a preguntarse qué sucedió, e incluso entonces quiso creerse que los procesados eran monstruos, sádicos, dementes. Pero entre ellos había madres, padres, sacerdotes y maestros. Si no se comprende que eran seres humanos, se pierde la idea de una cultura de la deshumanización”.

Disquisiciones políticas pertinentes, aunque “El lector” trasciende, asimismo, en tanto fábula sobre el paso del tiempo, la durabilidad de los sentimientos, lo efímero y escurridizo de la felicidad y, por sobre todas las cosas, del poder redentor del amor como fuente del crecimiento y la salvación humanas.

Esas íntimas lecturas compartidas por los dos protagonistas durante cerca de 20 años, devendrán metáfora del conocimiento como viaje posible, travesía dadora de la única y auténtica libertad, aquella amparada en la naturaleza subversiva del pensamiento y la imaginación.

 


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