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Juan Abrantes, soldado de la unidad revolucionaria
Por Matilde
Salas Servando

(Foto: Archivo de la autora) |
A principios de la cuarta década
del siglo XX un grupo de niños asistía las clases
de una escuela del antiguo central Hershey, al norte de La
Habana, donde conocieron las primeras letras.
Uno de ellos, a quien sus compañeritos
llamaban Cocó, se preparaba para ingresar en el Instituto
número uno de La Habana y, aunque finalmente llegó
a graduarse, con 17 años lo habían expulsado
del plantel por su destacada actividad política contra
la dictadura de Fulgencio
Batista.
Solo le permitieron concurrir a los exámenes
sin asistir a clases, porque lo consideraban un mal ejemplo
para los demás estudiantes, por su valentía
y enfrentamiento a la tiranía.
Su título de Bachiller en Ciencias
y Letras se expidió a nombre de Juan Abrantes Fernández,
aquel joven que nació en un humilde hogar habanero,
el 9 de julio de 1935. En el curso escolar 1956-57 inició
estudios de Ingeniería Eléctrica en la Universidad
de La Habana, donde además de participar en diversas
actividades desde las filas del Directorio Revolucionario,
practicaba con éxito varios deportes como gimnasia,
atletismo y rugby, en el estadio que hoy lleva su nombre en
la casa de altos estudios.
En 1956 era visita asidua en la casa de
la familia Díaz-Argüelles, donde se reunían
algunos jóvenes que conspiraban abiertamente contra
el régimen batistiano. En un testimonio ofrecido años
después, Marina García, madre del combatiente
revolucionario José Agustín Díaz-Argüelles
(Titín), contaba sobre esa época:
“Aunque ellos aún no eran muy
maduros, tenían una idea que no los abandonaba: derrocar
a la tiranía. A cada momento arreciaba la persecución
policial y cada vez más, se reducían las posibilidades
de movimiento en el país, especialmente en la capital,
por lo que El Mexicano, como llamábamos cariñosamente
a Juan, partió en 1957 hacia el exilio en Estados Unidos,
de donde volvió de modo clandestino en enero del año
siguiente.
“Volvió a la lucha clandestina y, sin dejar de
ser aquel joven alegre que conocía, su forma había
cambiado. Se volvió más serio, retraído,
aunque siguió afable, optimista y expresivo.
“Como era su costumbre, un día llegó muy
tempranito a casa y se sentó en la cama de mi hijo,
su amigo inseparable, que estaba levantándose. Yo me
preparaba para salir pronto y él preguntó el
motivo. Entonces le expliqué que viajaría con
Tintín para que se uniera a la lucha en el Escambray.
Se levantó de prisa y me dijo:‹De ninguna manera.
Ustedes no se van
sin mí›.
“La única solución fue
llevármelo también y, ahora, en vez de un hijo
tenía dos.
Salimos de La Habana, nos detuvimos en Placetas y desde ahí,
con algunos contactos, llegamos al Escambray. Por su formalidad,
al poco tiempo lo designaron jefe de un grupo y luego formó
su propio comando, al que denominó Mario Reguera”.
El arrojo de Abrantes quedó demostrado en los combates
de Charco Azul, Río Negro, Fomento y Condado. En la
campaña de Las Villas estuvo a las órdenes del
Comandante Ernesto Guevara
como segundo jefe de operaciones, y por su actitud valerosa
y capacidad de mando fue ascendido a Comandante.
En 1959, a pocos días del triunfo
de la Revolución, Che nombró al Juan Abrantes
segundo jefe de la fortaleza
de La Cabaña, en La Habana, y más
tarde estuvo a cargo de la jefatura de las Fuerzas Tácticas
del Escambray, en el centro del país, responsabilidad
que desempeñaba cuando murió en un trágico
accidente de aviación ocurrido hace medio siglo, el
23 de septiembre de 1959, en la entonces provincia de Las
Villas.

(Foto: Archivo de la autora)
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Su cadáver fue expuesto en el Aula
Magna de la Universidad de La Habana, junto al de su compañero
de viaje, el piloto Jorge M. Villa Yanes. En su despedida
expresó el Guerrillero Heroico:
“En nombre de las Fuerzas Armadas
Rebeldes, cumplo este penoso deber de despedir al comandante
Juan Abrantes, jefe del Tercio Táctico de Las Villas,
y al teniente Jorge Villa, del mismo destacamento, muertos
en el cumplimiento del deber.
“Todavía es duro el camino del pueblo. Y cada
una de estas muertes, por hondo que cale, tiene que ser ejemplo,
para seguir adelante con el pueblo (…) Son muertes más
injustas que las de la tiranía. Hoy, sobre los restos
queridos, tenemos que hacer el juramento de ser firmes, juramento
trazado hacia una Cuba mejor, donde el futuro es del pueblo.
“Mi último saludo para Jorge
Villa, que antes de ser un técnico tuvo que volar y
para Juan Abrantes, soldado de la unidad revolucionaria que
nos tendió la mano desde el primer día en Las
Villas, para que llegaran nuestras fuerzas(...) Con ellos
nuestro pueblo seguirá el camino. Su epitafio de héroes
será la victoria del pueblo”.
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