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Enrollados

A punto de cumplirse dos años de existencia de nuestra sección, respondemos varias cartas llegadas a Somos Jóvenes con reflexiones sobre la temática del cine. En este primer acuse de recibo desarrollamos la polémica sobre el anime, uno de los tópicos más discutidos del año.

Por Pavel López
Fotos: Archivo

Rollo de película.

Si a los hermanos Lumière les hubiesen augurado en 1895 la longeva existencia del cinematógrafo, su prematura creación, quizá habrían lanzado por los aires una estentórea carcajada. De dicho artefacto, por entonces un simple “fenómeno de feria”, esperaban, en el mejor de los casos, la ayuda necesaria para multiplicar panes y peces en el entorno hogareño.

Sin embargo, contra todo pronóstico, aquella práctica inusual de proyectar sobre un lienzo imágenes en movimiento arribaría a los 115 años establecida en el honorable sitial de las artes, siendo bautizada solemnemente como la séptima de ellas.

La sección Rollo Joven no aspira a la trascendencia de la obra de aquellos revolucionarios franceses, pese a que ambos proyectos confluyen en su condición de “aventura” capaz de sobrepasar con el tiempo cualquier expectativa.

Así lo atestiguan las cartas y correos electrónicos llegados a nuestra redacción.
Mucho nos alegran los comentarios a favor o en contra de cualquiera de los asuntos abordados, pero aun más, haber despertado el espíritu reflexivo frente a una manifestación artística muchas veces devenida píldora para el adormecimiento, o lo que es igual, instrumento de dominación y poder.

Es por ello que seguiremos perseverando en la búsqueda de un lector (y un cinéfilo) devoto de autores y obras paradigmáticas, pero también consciente de las dinámicas de funcionamiento de la cultura bajo los dictámenes de un mundo globalizado.

Tal es la condición para poder mantenernos “enrollados”.

Anime.

“Otakus” contra viento y marea
La fiebre que desató el artículo sobre el anime era de esperar. Más que un hecho cultural, se trata casi de una religión en Cuba y el resto del mundo. No en balde se ha asentado el término “otaku” para designar al individuo que ha hecho del culto a tales productos casi un estilo de vida. Lo cierto es que en cuestiones de fe las militancias rozan a veces los fundamentalismos.

En cambio, las desavenencias con nuestro enfoque muchas veces partieron de lecturas deficientes del texto. Tal es el caso de un e-mail acalorado y anónimo, llegado a nuestra redacción. La dirección electrónica indicaba el nombre de Liané León León, y la procedencia correspondía a un politécnico de Informática, probablemente de Villa Clara, aunque tales señas no tienen por qué pertenecer al autor del mensaje:

De una lectora:
“Anime: ¿arte o mercado?”, es el titulo de uno de los artículos publicados en Somos Jóvenes. Para aquel que no ha tenido la posibilidad de ver alguno, tras leer lo escrito por Pavel López, tiene al anime solo como un producto más para hacer dinero, manipulador y desleal a las tradiciones y cultura japonesas. Error garrafal, pues el “perverso artefacto cultural” está cargado de puros sentimientos (…) y aunque fuese solo para “vender” al menos enseñan algo y ayudan a formar valores (…) En estos animes se ven aristas de la vasta cultura japonesa, sus celebraciones y tradiciones. Aunque los expuestos en el artículo, lamentablemente, son criterios a nivel mundial, es deber de nuestras revistas dejar ver los dos lados de la moneda, los distintos puntos de vista, y que cada cual saque sus propias conclusiones. (…) estos animados hacen algo por nuestra humanidad perdida, y quienes los ven, son tocados por su magia. Un anime es mucho más que simples cuerpos bonitos, ingresos o asuntos sexuales, y es una pena que no sean capaces de ver más allá (…)
Atentamente, Yo

Pues bien estimada “Yo”:
Lo más triste es que concordemos con varias de tus ideas. Cada una de las palabras que te resultaron altisonantes y erradas (“perverso artefacto cultural”, “información inadecuada”), aparecen en nuestro artículo entre comillas. Ello indica que este periodista marca una distancia crítica con respecto a ellas, prueba de que no comparte dichas opiniones y muchas veces, incluso, las cuestiona. En segmentos posteriores del trabajo se argumenta lo relativo de estos planteamientos, algo que no pareces haber percibido.

Nuestro deber es ser imparciales frente a cualquier asunto. Por tal razón no silenciamos ningún criterio, a favor o en contra del anime. De ahí que cuando realizamos el trabajo usamos teorías, muchas veces “encontradas”, procedentes de varias fuentes, para garantizar un acercamiento lúcido y sin “apasionamientos” al tema.

No obstante, tu carta sí que no deja espacio para el análisis “imparcial”, y generalizar casi nunca es bueno. Resulta ingenuo pensar que en una producción animada tan prolífica (dónde hay espacio hasta para la pornografía) todo sea color de rosa.

Establecer jerarquías dentro del anime no es un capricho, sino el instrumento necesario que permite diferenciar los animados japoneses que parten de una visión profunda de la vida y la naturaleza humanas, desde códigos artísticos innovadores y revolucionarios; de aquellos que se asientan en la repetición de fórmulas probadas, convirtiéndose en copia de otros precedentes. Esto último no puede tener otro fin que la consolidación de hábitos de consumo pasivo, y el empobrecimiento del gusto y la sensibilidad estética del público.

En cuanto al tópico de las tradiciones que, según planteas, defienden este tipo de animados, también es relativo. Muchas son las obras que así lo hacen, lo cual aplaudimos, pero otras no. De hecho, múltiples voces autorizadas, entre ellas la del especialista nipón Sato Kenji, han llegado a aseverar que el auge del fenómeno anime constituye resultante directa “de la tendencia del Japón moderno a promover la modernización y occidentalización, renunciando a su Historia y tradiciones”, complejísimo proceso que conoció un especial auge en la etapa posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Por desgracia, como casi siempre, no tenemos suficiente espacio para desarrollar esta idea, pero encontrarás más detalles en el texto de la revista Cine Cubano, citado en las notas del trabajo de Somos Jóvenes.

Anime.

En otra cuerda se mueven las reflexiones de Marcel Pérez Perdomo, presidente del Club de seguidores del anime y manga de Cuba. Este lector agradece la atención dispensada en nuestras páginas al género, además de manifestar su concordancia con casi todo lo expuesto en el trabajo. Simplemente discrepa del tono del pie de foto sobre la teleserie Naruto, según él, una de las más populares en la isla mayor de las Antillas:

(…) El anime y el manga se han convertido en una cultura que ya llega al nivel mundial y, por supuesto a Cuba. Una de las series punteras es Naruto (…) En Japón esto ha penetrado tanto en la idiosincrasia de la gente, que ya forma parte de la cultura y se ha convertido en una industria. Por lo tanto, es un negocio y deja a sus creadores, dinero. Es un negocio limpio, o sea, no explota a los que disfrutan de este gusto y tampoco muestra prepotencia sobre los demás países del mundo. Así que tampoco los reta u ofende. Nada comparado al comic americano que sí es un negocio un poco más complicado, pues el comic es lo contrario al manga: muestra poder por encima de los demás y las políticas comunes de los Estados Unidos, que son el injerencismo y otras más.
Por ende, el manga y el anime (lo que distribuye y defiende nuestra organización Konoha no Fanclub) es enteramente saludable (…)

Ciertamente, en el pie de foto sobre Naruto, usamos la ironía, algo quizá errado, pues para gustos se han hecho los colores y no es nuestra intención condenar las preferencias de nadie.

Nuestro interés es y seguirá siendo cultivar el espíritu crítico frente a cualquier hecho artístico, para después disfrutarlo con verdadera libertad. Las jerarquías, como expliqué anteriormente, son importantes, sobre todo en un país que produce 10 horas de dibujos animados al día (algo así como cinco películas diarias).

Si Hayao Miyasaki, Katsuhiro Otomo y similares, gestan un anime de alto valor estético, otros se acomodan a la repetición de fórmulas “fáciles” para satisfacer la demanda del público, operatoria que constituye la antítesis del verdadero arte. Uno de los índices de ese audiovisual complaciente, tan típico en una televisión movida por intereses mercantiles, es la extensión de las series, que se desprende no de la necesidad dramatúrgica de los argumentos, sino del interés por mantener al aire un producto creado para “complacer” y hacer dinero.

Esto último es importante. El hecho de que una obra reporte ganancias a sus realizadores, no condiciona, por sí solo, su devaluación en términos estéticos. Ahora, cuando ese interés por obtener dividendos resulta lo principal, casi siempre la calidad del producto artístico se ve agredida.

El respeto a las culturas foráneas es un valor del animado japonés que no tiene gran parte de su equivalente norteamericano, con su carga de xenofobia y su manipulación ideológica.

No por ello el comic anglosajón carece de valores formales y artísticos, cabe señalar, ni por tal razón la producción total del anime está libre de pecado, sobre todo si algunas de sus obras insisten en presentarnos un mundo que es pura evasión, desconexión de los problemas y los retos de hoy, en otras palabras, adormecimiento para garantizar que nada se mueva ni progrese en este planeta injusto y caótico que habitamos.

Claro que las expresiones maduras del género, comprometidas con un discurso crítico reflexivo sobre el mundo (sea a través del realismo o de la fantasía creadora) seguirán siendo reverenciadas en nuestras páginas. Por tal motivo, aplaudimos la existencia de una organización como la suya, y desde ya les abrimos las puertas para el intercambio, prometiéndoles a todos profundizar más en aquellas películas y autores del anime japonés que han ayudado a elevar la manifestación a la categoría de obra de arte, digna de culto en cualquier región del universo.

 

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Portada de la edición impresa de la revista Somos Jóvenes de  noviembre/2009.
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