| El
vuelo de la mariposa
Por Pedro Norat
“Hay sol bueno y mar de espuma
/ Y arena fina, y Pilar/ Quiere salir a estrenar/ Su sombrerito
de pluma”.
Así comienza “Los zapaticos
de rosa”, cuento en versos incluido en la tercera entrega
de la revista para niños La
Edad de Oro y uno de los textos más conocidos de
José Martí.
A más de 110 años de creada
y de su amplia popularidad, la obra permite relecturas e reinterpretaciones.
En esa capacidad de aceptar nuevas recepciones, radica una
de las razones de su actualidad y vigencia.
Los intérpretes de hoy y de mañana
tienen, entre los compromisos más urgentes, la tarea
de dilucidar por qué el Maestro puso un broche mágico
a unos versos cargados de realismo. ¿Qué papel
representa la mariposa parlante en esta historia? ¿Hay
en ello algún símbolo todavía no descifrado?
La explicación menos peleadora deja
todo en manos del recurso literario: la imagen constituye
un modo de mitigar el impacto del trágico desenlace.
La niña enferma muere y por eso la mariposa puede ver
guardados en una urna de cristal los zapatos color de rosa.
La mente, inquieta y polémica sin
embargo, busca más allá de las apariencias.
La presencia de un insecto volador con capacidad de hablar,
tal vez quiera decir algo más y esté asociado
con el propio simbolismo de las “alas” en el discurso
martiano.
En las escrituras y la oratoria de Martí, las alas
y las alturas sugieren acometimiento, saber, inteligencia
e imaginación. Estamos por tanto, en presencia de un
signo ideoestético. Para el más universal de
los escritores del ochocientos cubanos “la libertad
pone alas”. El filósofo es “como águila
que salta”; el escritor “un ave presa” y
la faena de escribir es “como uncir cóndor a
un carro”.
“El espíritu agitado –nos
dice– vuela a lo alto. Alas quiere que la encumbren”.
En esa misma cuerda, nos habla de “la rebelde mariposa
libre”, que escapa del “águila presa (…)
como desafiándonos a seguirle y encadenarnos a su revuelto
vuelo”.
Esta puede ser la clave para descifrar el
acertijo. La mariposa, desde su rosa, informa, pero a la vez
invita a seguirle en su vuelo, es decir, a reflexionar sobre
la historia, su causalidad y fatal desenlace, actitudes circunstanciales
y propuestas para remediar los males y grado de satisfacción
(o insatisfacción) alcanzados.
En esta empresa de seguimiento y búsqueda
de nuevas alturas, que es decir de pensamiento libre de ataduras,
resulta conveniente recordar que a pesar del relativo fácil
molde estrófico (redondilla octosílaba) empleado
por Martí, los versos constituyen una admirable pintura
de la cruda realidad social de los Estados Unidos. Todo lo
que ve este cubano universal en “el Norte revuelto y
brutal que nos desprecia” es recreado en hermosas cuartetas:
la segregación clasista, la fatuidad burguesa, la miseria
de los pobres , el desamparo social, aparecen en esta obra
dibujadas con colores claros y tiernos.
En sintonía con el destinatario –niñas
y niños de América– el poeta acude al
frescor en el decir, pero que no implica falta de hondura.
De este modo, el hombre de La Edad de Oro, le dice al público
infanto-juvenil del subcontinente latinoamericano, lo mismo
que expone a los adultos en las crónicas epistolares
que escribe para varios diarios del área.
Si observas esta tabla,
coincidirás con nosotros cómo se presentan algunos
ejemplos de esa intertextualidad.
Muy cerca
El eje argumental de la narración puede simplificarse
del siguiente modo: Pilar va a la playa y encuentra allí
a una niña enferma, descalza. Conmovida, le regala
sus zapatos nuevos.
Las dos niñas simbolizan los extremos
de la sociedad norteamericana: riqueza-pobreza. Pilar va “de
todo juego (…) con aro, balde y paleta”. Lleva
sombrero emplumado y estrena zapatos color de rosa y para
el regreso del paseo “Manda luego el padre el coche”.
Pilar “viene y va / muy oronda”. Es locuaz, hace
muchas preguntas. La enferma, por el contrario, esta mal vestida,
descalza. Duerme o esta desfallecida. No se le escucha en
toda la historia. El contraste resulta evidente
En la playa, los grupos sociales están
segregados. De un lado, “sentadas con los señores,
/ las señoras, como flores”; del otro “la
barranca de todos (…) Donde se sientan los pobres”.
Imposible olvidar lo que escribe Martí
para El Partido Liberal el 15 octubre de 1886 (publicado el
4 de noviembre siguiente), refiriéndose a los Estados
Unidos: “se agrupan sus habitantes en castas endurecidas
(…) se amontonan de un lado los balcones de oro, con
sus áureas mujeres y sus caballeros mofletudos y ahítos,
y ruedan en el albañal, como las sanguijuelas en su
greda pegajosa, los hijos enclenques y deformes de los trabajadores”.
El gesto de Pilar es hermoso, altruista,
humano. Más, no debe ser idealizado en extremo. La
niña del sombrero de plumas da lo que le sobra (“
¡Oh, toma, toma los míos: / Yo tengo más
en mi casa!”), lo cual es meritorio, pero no tanto como
compartir lo poco que se tiene, que es donde Martí
encuentra el mérito mayor. Por otra parte, el Apóstol
no ve con buenos ojos esa dádiva entregada en público.
En otra crónica para El Partido Liberal (28/09./1890)
apunta: “como si dar limosna en público no fuera
siempre feo”.
Agréguese a lo anterior que el gesto
de Pilar y su madre es espontáneo, emocional, sanguíneo.
Ellas no van en busca de la miseria, se encuentran con ella
por azar, Actúan por impulso, bajo el efecto del gran
impacto que le causó el cuadro de la niña enferma
y la madre desesperada. Quieren acallar el dolor, porque en
verdad, no desean percibirlo (“¡No quiere saber
que llora / de pobreza una mujer!”) .
La niña enferma muere. Es el desenlace
lógico de la historia. Es el destino irreversible de
cientos de niños que fallecen devorados por enfermedades
como el cólera infantil. En una crónica epistolar
para La Nación, de Buenos Aires, con fecha 21 de octubre
de 1883, Martí informa: “Como los ogros a los
niños de los cuentos, así el cholera infantum
les chupa la vida”.
El fallecimiento de la enferma echa por
tierra el mito de los zapatos. No es el talismán de
la buena fortuna como en otros clásicos de la literatura
infantil. Si en La Cenicienta, por ejemplo, una zapatilla
de cristal convierte a la criada en princesa; aquí
sirve de cobija temporal, le protegen los pies a la desvalida,
los calienta, pero no pueden evitar la tragedia.
Al derrumbarse el fetiche zapatos-felicidad,
el gesto de Pilar cae por su propio peso, se revela inútil.
La solución al drama social no está en acciones
individuales. La misericordia, la caridad, no obstante sus
costados benéficos, resultan paliativos para suavizar
la aridez del problema, pero no son la solución definitiva.
Para erradicar este flagelo se impone un accionar colectivo,
consciente, racionalmente dirigido. Y corresponde al Estado
realizarlo. En otra de sus misivas periodísticas a
La Nación afirma: “El deber de remediar la miseria
innecesaria es un deber del Estado”.
Hacia estos rumbos nos conduce finalmente
el vuelo de la mariposa. El mensaje no está en sobredimensionar
el donativo de Pilar y beatificar a la niña por ello,
sino en la insuficiencia del acto, ya que el mal tiene una
causa social que hay que eliminar.
En La Edad de Oro están bien
delimitados los cuentos de magia con los llamados realistas.
Los primeros son adaptaciones, los segundos, escritos
por el propio José Martí
Cuentos de magia Realistas
Meñique Bebé y el señor don Pomposo
El camarón encantado Nené Traviesa
Los dos ruiseñores La muñeca negra
En el caso de “Los zapaticos
de rosa”, la historia está narrada con
gran realismo y el detalle mágico aparece en
la cuarteta final.
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La muerte es un tema
sensible, difícil de tratar con los niños.
Aún así es recurrente en La Edad de Oro.
Su iteración es susceptible de una agrupación
u ordenamiento de acuerdo a las causas que la producen.
Por ejemplo:
- La heroica: Premio a una vida consagrada a una causa
justa, como la de Hidalgo, Bolívar o San Martín
en el relato “Tres Héroes”, y la
del caballero Colin Maillard, en “Un juego nuevo
y otros viejos”.
- La vengativa o merecida: Consecuencia
del empobrecimiento moral, como la del envidioso Pablo,
quien fue devorado una noche por los osos (“Meñique”)
o la de Masicas , fulminada por su avaricia incontrolable
(“El camarón encantado”).
- La sorpresiva o traidora: Sobreviene
inesperadamente, por enfermedad o accidente. Tiene un
efecto socializador, porque en ella no escapan hijos
de reyes ni de pastores (“Los dos príncipes”).
A veces aparece para subrayar las penurias de un hogar,
como en ¨ “Nené Traviesa”.
- La polarizada: Es la más
abominable de todas, pues cobra sus víctimas
en un segmento poblacional, se ceba con las clases pobres.
Su injusticia radica, ante todo, en ser fruto del desajuste
estructural de una sociedad caracterizada por la desigual
distribución de las fortunas y, consiguientemente,
la estratificación clasista. Este es el caso
de “Los zapaticos de rosa”.
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