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Corrían los últimos meses de 1958 y la lucha revolucionaria en Cuba se acercaba al triunfo, cuando en una pequeña finca, una muchacha se encontró de cara a la historia.

Conocimiento del héroe

Por Dulce María Bencomo

Era un joven, alto, delgado con una espesa barba negra que le abrigaba el pecho y una copiosa melena de igual color que le acariciaba los hombros. A pesar de su juventud, las penurias, vicisitudes y sacrificios que la guerra de liberación le había impuesto le hacían lucir algo mayor de lo que en realidad era. Un sombrero de alas anchas, de un paño beige claro le cubría la cabeza y vestía el uniforme verde olivo en cuyas hombreras podía apreciarse la estrella de Comandante. Era Camilo Cienfuegos.

Vivía yo con mis padres en la finca Caimito. Era muy pequeña y estaba dedicada al cultivo de viandas, arroz, así como árboles frutales.

Por aquellos tempestuosos días no se escuchaba hablar más que de los revolucionarios. Conocíamos que actuaban cerca de la zona en la cual residíamos, y que hacían incursiones nocturnas para realizar diferentes operaciones y a su vez transitaban por la carretera aledaña a nuestra casa.

Los rebeldes, como los llamaba todos, habían liberado el poblado de Yaguajay, como preludio a la toma de Santa Clara. Al frente de las tropas venía Camilo.

¿Cómo lo llegamos a conocer?

Es algo que jamás podré olvidar. Recuerdo que lo presentaron a los vecinos locales, y mas tarde comenzó a inspeccionar personalmente todas las medidas que se habían tomado y las postas que se habían situado en las fincas. Su objetivo principal era derribar un puente que atravesaba la finca de mi padre, para cortarles el paso a las tropas enemigas.

Además de las puertas de entrada, mi casa tenía otra que daba acceso a una hacienda vecina, y en ambos lugares colocaron postas de vigilancia como medio de seguridad. Una vez concluida esta tarea, Camilo entró en nuestra casa, tomó café, se tiró varias fotos con nosotros y comenzó a hablar con todos los que le rodeábamos.

Bajo su dirección se inició el proceso de destrucción del puente, con taladros eléctricos que utilizaron para perforar las vigas de hierro de la estructura. Así se desprendió una sección que paralizaba el tránsito de vehículos a través del río y los Rebeldes cortaron la comunicación con el pueblo, impidiendo a los soldados llegar a las posiciones tomadas.

Antes de retirarse, Camilo dio la orden de guardar unos tablones que permitían restablecer la comunicación en caso de ser necesario. Mi responsabilidad era guardar los tablones en un rancho de los llamados varaentierra, y cuando los revolucionarios los precisaban venían siempre de noche y daban la contraseña. Entonces eran conducidos al lugar y una vez terminada la operación, yo los volvía a ocultar.

Fue en estas tareas que me sorprendió el 1ro de enero de 1959, y con su llegada, el triunfo revolucionario.

Hoy, transcurrido más de medio siglo, revivo en mi mente los recuerdos de aquellos inolvidables días, en los cuales tuve la gran dicha de conocer a un verdadero héroe.

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