| Cerebrina
Implicación de dos
Por Mongui
Hablando en plata, los hombres no
tienen la menor idea de las capacidades sexuales de la mujer.
Gracias a los últimos descubrimientos científicos
ya no pueden discutir mucho, pero todavía se atreven
a considerarse supermachotes incansables, sin imaginar siquiera
que cuando la maquinaria femenina echa a andar, hay que ponerse
en “tercera” para –al menos– emparejar,
porque jamás superarían la capacidad multiorgásmica
de una mujer en el caso de varios rounds
“cuerpo a cuerpo”.
Sin embargo, la sexualidad femenina sufrió el menoscabo
del varón durante siglos. El propio Sigmund
Freud, padre del psicoanálisis, reflejaba la superioridad
masculina al considerar al clítoris “un órgano
rudimentario, un pene en miniatura cuya excitación
solo conducía a un placer degradado, sucedáneo
del orgasmo de los hombres”.
Se equivocaba Freud de parte a parte.
No tan distintos
Lo que observamos a simple vista entre los labios menores
de la vagina ,no es más que un gorrito que se asoma
tímidamente como para anunciar que dentro hay algo
mucho mayor, pues el clítoris mide ¡casi 10 centímetros!
Está compuesto por un conjunto de tejidos, comprometidos
–junto a otros– en el placer femenino. Las “bolsas”
o cuerpos cavernosos también se parecen bastante a
las del sexo masculino en cuanto a forma. Estas presionan
la vagina y hacen que aumente la sensibilidad durante la penetración.
Dicho en otras palabras: el clítoris no es tan minúsculo
como parece, sino que el pequeño glande sale al exterior,
mientras más al fondo se perfilan una estructura y
función muy similares a las del pene. Tanto uno como
el otro contienen un tejido muscular blando que se llena de
sangre durante la excitación sexual y envía
señales directo al cerebro.
Hace casi 50 años, el equipo de Masters y Johnson descubrió
en su laboratorio de San Luis que el clítoris es un
órgano tan complejo como su homólogo peneano,
con las mismas características y funciones: cuerpos
cavernosos y esponjosos, inervación, vascularización
y reacción a tentaciones eróticas. De hecho,
el “aparatico” está considerado uno de
los principales responsables del placer femenino.
Punto máximo
Estamos seguros de que sabes de qué hablamos, pues
seguro te viene a la mente el programa televisivo con ese
nombre y, aunque no hayas experimentado su poder, te aseguramos
que el punto G está ahí, dentro de la vagina,
y puede producir a las mujeres una sensación que las
lleve al cielo.
Dicen los científicos que parece un frijol de entre
dos y cinco centímetros, situado en la parte superior
de la pared de la vagina. Si bien el clítoris posee
su carta acreditativa, algunas mujeres aseguran haber pasado
por prácticas todavía más interesantes
al topar con el punto G. Según estas, el terremoto
interior resulta indescriptible y es muy fácil llegar
a varios orgasmos por esta vía, incluso superiores
a la estimulación clitoriana.
Como el clítoris, también el punto G tiene su
equivalente masculino. La mayoría de los especialistas
le llaman “próstata femenina” por la función
química análoga que producen sus tejidos.
En cambio, no nos engañemos. Los misterios del sexo
en la mujer son mucho más complejos y dependen de muchos
factores que superan el imperio clitoriano o del punto G.
Hay que buscar la respuesta en un órgano sexual fundamental:
el cerebro.
¿Máquina sexual o del
pensamiento?
La práctica es mucho más rica que cualquier
suposición. ¡Y que lo digan las mujeres! La ciencia,
de cualquier modo, lo corrobora: se puede llegar al orgasmo
solo a través del pensamiento.
Antes únicamente creían esto quienes atravesaban
la experiencia, pero aun lo ocultaban por pudor. Todavía
hoy existen dudas de que una “señorita”
tenga orgasmos. Pero lo han demostrado las pruebas de resonancia
magnética, cuyas maquinarias captan mensajes genitales
al cerebro y, ¡curioso!: con la mente o a través
de la estimulación se reciben las mismas informaciones
en el momento climático. Tampoco quiero decir que esto
ocurra a menudo, pero de que ha sucedido…, ha sucedido.
Lo anterior se explica porque el sexo femenino es harto complicado,
tanto en el plano biológico como en el neuro-psicológico.
Las hormonas que regulan el deseo y el ciclo sexual femenino
descansan en un sistema que tiene sus momentos exactos —
ni un antes ni un después—, y cualquier anomalía
o desajuste puede traer consecuencias desastrosas en no importa
qué etapa de la respuesta sexual.
El gran desafío de su contraparte radica, entonces,
en satisfacer tales exigencias, interactuar adecuada y equilibradamente
en cada fase y con cada parte del cuerpo, a través
de caricias, besos, mimos, susurros que estimulen el flujo
sanguíneo durante la excitación, a la vez que
el sistema simpático las lleve al orgasmo. Sin lugar
a duda, constituye una implicación de dos, sobre todo,
muy “cerebral”.
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